El aviso más incómodo para Washington: 41,7 billones en rojo y un iceberg de 88,4

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Un artículo en Fortune sostiene que el Tesoro ya ha puesto por escrito la insolvencia contable federal: 6,06 billones en activos frente a 47,78 en pasivos, con otro agujero fuera de balance ligado a Medicare y Seguridad Social.

La atención está en Irán, en el crudo y en el riesgo de un nuevo shock energético. Sin embargo, en Washington ha estallado otra bomba —silenciosa, técnica y, precisamente por eso, más peligrosa—.
El exinterventor general de EEUU David M. Walker asegura en Fortune que el Tesoro ha dejado una confesión a la vista de todos en sus estados financieros consolidados de 2025: Estados Unidos es insolvente en términos contables.
Los números, fríos y demoledores: 6,06 billones de dólares en activos frente a 47,78 billones en pasivos a 30 de septiembre de 2025.
Lo más grave no es solo el balance: es lo que queda fuera. Y el gancho es inevitable: mientras el foco mediático está en la guerra, el emperador no está desnudo; está endeudado hasta el hueso.

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Un balance que pasó de puntillas por el gran ruido de la guerra

Walker no afirma que el Tesoro haya anunciado una “quiebra” formal. Lo que sostiene —y aquí está el matiz que lo cambia todo— es que la propia contabilidad consolidada del Gobierno federal dibuja una posición neta negativa incompatible con cualquier estándar corporativo. En el documento del ejercicio fiscal 2025, el Estado presenta 6,06 billones en activos y 47,78 billones en pasivos. La diferencia no es un desajuste: es un abismo.

El deterioro, además, se aceleró. Según ese mismo análisis, la posición del balance consolidado (sin incluir obligaciones actuariales de seguros sociales) empeoró en torno a 2,07 billones entre 2024 y 2025, hasta un neto de –41,72 billones. En otras palabras: los pasivos ya rozan ocho veces el valor de los activos.

El diagnóstico de Walker es incómodo porque llega en el peor momento político: la agenda pública monopolizada por Irán, el petróleo y la seguridad. Y, sin embargo, la contabilidad hace algo que la propaganda no puede: deja rastro.

“Insolvente” no es “en default”: el truco semántico que protege a Washington

La palabra “insolvente” enciende alarmas porque se asocia al impago. Walker la utiliza en un sentido contable: el Estado, consolidado como una entidad, muestra un patrimonio neto profundamente negativo. Eso no implica que mañana vaya a dejar de pagar cupones del Tesoro, porque su capacidad para recaudar impuestos y emitir deuda (y, en última instancia, operar en la moneda de reserva) introduce una elasticidad que ninguna empresa tiene.

Pero esa elasticidad no es infinita. La diferencia entre “puede pagar” y “puede pagar sin consecuencias” es el corazón del problema. Cuando el balance está tan deteriorado, cada nuevo episodio —subidas de tipos, repunte del crudo, desaceleración— se convierte en un multiplicador del coste financiero.

Walker subraya el contraste: el debate público gira alrededor del techo de deuda o del déficit anual, mientras el documento contable consolida un mensaje más crudo. “No es hipérbole: es la conclusión que se desprende directamente de las cuentas del Tesoro”, viene a advertir. Y el mercado entiende lo esencial: la factura de los intereses ya no es un apunte, es un motor.

Los dos pasivos que explican casi todo: deuda e intereses y prestaciones devengadas

El salto del agujero no viene de un único capítulo. Según el desglose citado por Walker, el mayor empuje procede de dos grandes partidas. La primera, la más visible: un incremento cercano a 2 billones en deuda federal e intereses a pagar, elevando esa rúbrica a 30,33 billones. La segunda, menos discutida, pero igual de corrosiva: un aumento de 438.800 millones en beneficios a empleados federales y veteranos, hasta 15,47 billones.

Aquí aparece el vínculo con la guerra y el petróleo. Si el crudo se tensiona, la inflación se resiste y los tipos permanecen más altos durante más tiempo. En ese entorno, el servicio de la deuda se vuelve una línea presupuestaria expansiva: crece por inercia, aunque no se apruebe “nuevo gasto” en el Congreso.

La consecuencia es clara: el margen fiscal se estrecha y la política se vuelve más reactiva. Se parchea el año corriente, mientras el balance acumulado se degrada. Y esa degradación, a partir de cierto umbral, deja de ser un problema de tecnócratas para convertirse en un problema de poder.

El iceberg fuera de balance: 88,4 billones que no caben en el titular

El punto más explosivo del artículo no está en el balance “oficial”, sino en el apartado que el propio Tesoro presenta por separado: la Statement of Social Insurance (SOSI), donde se revelan obligaciones no financiadas de programas como Seguridad Social y Medicare. Walker cifra el salto anual en 10,1 billones, desde 78,3 en 2024 hasta 88,4 billones en 2025, empujado sobre todo por Medicare Part B (+6,9 billones) y por Seguridad Social (+2,5 billones).

El Tesoro, además, reconoce un ensanchamiento del “gap” fiscal a 75 años, desde el 4,3% del PIB al 4,7%. No es un detalle estadístico: es la formalización de que el sistema promete más de lo que, con las reglas actuales, puede financiar.

Si se sumaran esas obligaciones a los pasivos del balance, Walker eleva la cifra total por encima de 136,2 billones, aproximadamente cinco veces el PIB anual de EEUU. Y ahí el debate deja de ser ideológico: pasa a ser matemático.

29 años sin auditoría “limpia”: el Pentágono como agujero negro contable

El segundo dato que, por sí solo, debería haber abierto informativos es institucional. Walker recuerda que la Government Accountability Office (GAO) emitió de nuevo una “disclaimer of opinion” sobre los estados financieros federales: el año 2025 sería el 29º consecutivo en el que el auditor público no puede concluir si las cuentas están correctamente presentadas.

La razón principal —según ese diagnóstico— vuelve a señalar a los mismos sospechosos habituales: problemas persistentes de gestión financiera en el Departamento de Defensa y debilidades al contabilizar transacciones entre agencias. Este hecho revela una paradoja inquietante: el país que emite el activo “sin riesgo” global convive con un sistema contable incapaz de producir certidumbre plena sobre su propia consolidación.

No es que el mercado vaya a huir mañana del dólar por una nota de auditoría. Pero sí alimenta una erosión lenta: más prima por incertidumbre, más presión política, más tentación de maquillaje fiscal. Y, con guerra de fondo, el incentivo a mirar hacia otro lado se multiplica.

La metáfora del salón: cuando el Estado parece un hogar en caída libre

Walker introduce una traducción deliberadamente pedagógica: dividir todas las cifras por 100 millones para convertir el presupuesto federal en un “hogar” comprensible. En esa escala, el hogar ingresa 52.446 dólares y gasta 73.378, con un déficit anual de 20.932. Sus pasivos y promesas sin financiar sumarían 1.361.788, frente a 60.554 en activos. Resultado: un agujero de 1,3 millones.

La metáfora es eficaz porque elimina el anestésico del “trillón”: de pronto, el problema tiene forma cotidiana. La consecuencia es clara: no hace falta ser economista para entender que esa trayectoria no se arregla con retórica.

Lo más grave, sin embargo, es el mensaje político que se desprende: si el ciudadano medio no ve el balance, no exige ajustes; y si no exige ajustes, el Congreso puede seguir posponiendo decisiones. En tiempos de tensión geopolítica, el aplazamiento se vende como prudencia. En contabilidad, se llama acumulación de riesgo.