Rafael Bardají

Bardají advierte "Se promueve una escalada en Ucrania que choca con la estrategia norteamericana"

Bardají advierte "Se promueve una escalada en Ucrania que choca con la estrategia norteamericana"
Rafael Bardají analiza las tensiones internacionales actuales, cuestiona la efectividad de los compromisos de defensa en Europa y examina la nueva doctrina de la OTAN, además de abordar las implicaciones de la escalada en Ucrania y en Oriente Medio.

La guerra de Ucrania vuelve a revelar una grieta incómoda dentro de Occidente: no todos los aliados persiguen el mismo final ni están dispuestos a pagar el mismo precio. Rafael Bardají, CEO de Worldwide Strategy, sostiene que la escalada promovida en el frente ucraniano choca con la estrategia norteamericana, más centrada en controlar los tiempos, evitar un conflicto abierto con Rusia y concentrar recursos en otros teatros críticos.
El debate llega en plena redefinición de la OTAN bajo Mark Rutte, con la presión de Donald Trump para elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB y con España cuestionando abiertamente esa meta por considerarla “irrazonable”.
El diagnóstico de Bardají es: Europa habla de autonomía estratégica, pero sigue sin músculo industrial, tecnológico ni político para sostenerla.

La tesis central de Bardají es que la escalada en Ucrania ya no puede analizarse sólo como una respuesta militar a Rusia. También es una señal de descoordinación occidental. Washington busca condicionar la ayuda, limitar compromisos indefinidos y evitar que el conflicto absorba recursos que necesita en Oriente Medio y el Indo-Pacífico. Parte del análisis estratégico estadounidense apunta a que el apoyo a Kyiv continúa, pero ya no bajo la lógica de cheque en blanco que marcó etapas anteriores.

Lo más grave es que algunos socios europeos empujan hacia una mayor implicación sin disponer de capacidades suficientes para sostenerla. La voluntad política avanza más rápido que la industria militar. Ese desfase convierte cada anuncio de apoyo en una promesa vulnerable.

España y el coste de la OTAN

El caso español ilustra la tensión. Pedro Sánchez rechazó comprometerse con un objetivo cerrado del 5% del PIB en defensa, una cifra impulsada por la nueva doctrina atlántica y alineada con las exigencias de Trump. Según cálculos publicados en el debate europeo, ese salto obligaría a España a aumentar el gasto militar en decenas de miles de millones anuales.

El contraste resulta demoledor. España defiende su compromiso con la Alianza, pero evita asumir una meta que considera fiscalmente desproporcionada. Para Bardají, esa posición debilita la cohesión. Para Moncloa, refleja realismo presupuestario. En ambos casos, la consecuencia es la misma: la OTAN entra en una fase donde el dinero será tan importante como los batallones.

Europa sin industria suficiente

El problema no es sólo cuánto se gasta, sino cómo se gasta. Europa arrastra décadas de dependencia tecnológica, duplicidades industriales, compras fragmentadas y baja capacidad de producción en munición, defensa aérea, drones y sistemas de mando.

Bardají subraya una idea clave: alcanzar el 5% no resolvería automáticamente la brecha si ese gasto no se traduce en capacidad real. Comprar más no equivale a producir mejor. Y producir mejor exige fábricas, ingeniería, materias primas, cadenas de suministro y planificación a diez años.

La autonomía estratégica europea sigue siendo más discurso que estructura productiva. Mientras EEUU y Rusia han adaptado su industria a escenarios de alta intensidad, Europa todavía discute quién paga, quién fabrica y quién manda.

La OTAN 3.0 de Rutte

Mark Rutte intenta articular una OTAN más exigente, más flexible y menos complaciente con los aliados que incumplen objetivos. Esa arquitectura, bautizada por algunos analistas como OTAN 3.0, busca combinar disuasión frente a Rusia, estabilidad en el flanco sur y respuesta ante amenazas híbridas.

Sin embargo, Bardají advierte de que una nueva doctrina no basta si la Alianza no resuelve su contradicción central: depender de EEUU mientras intenta emanciparse de EEUU. La administración Trump ha convertido la OTAN en una herramienta de presión sobre Europa, reclamando más gasto y menos dependencia del contribuyente estadounidense.

Irán y Líbano complican el tablero

La crisis no se limita a Ucrania. Las negociaciones entre EEUU e Irán se han visto amenazadas por nuevos ataques y acusaciones cruzadas pese al alto el fuego. Washington y Teherán se responsabilizan mutuamente de violar la tregua, mientras Ormuz vuelve a aparecer como una arteria energética vulnerable.

En paralelo, el sur del Líbano sigue siendo un punto crítico. El acuerdo de alto el fuego impulsado por EEUU exige el cese completo del fuego de Hizbulá y la evacuación de sus operativos al sur del Litani, una condición difícil de verificar y políticamente explosiva. Cada frente abierto reduce el margen de Washington para sostener indefinidamente el esfuerzo ucraniano.

El riesgo de una alianza desordenada

El análisis de Bardají apunta a una conclusión incómoda: Occidente no está roto, pero sí desordenado. EEUU prioriza, Europa reclama autonomía sin capacidades suficientes y España intenta cuadrar compromisos atlánticos con restricciones políticas internas. Si la escalada en Ucrania continúa sin una estrategia común, la OTAN puede proyectar firmeza hacia fuera y fragilidad hacia dentro. La disuasión no depende sólo de subir el gasto; depende de que los aliados sepan qué guerra quieren evitar, qué paz están dispuestos a aceptar y cuánto están preparados para pagar por ambas cosas.