Beijing desafía a Trump por Groenlandia y sus aranceles a Europa
Este lunes, el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Guo Jiakun, instó a Estados Unidos a dejar de “exagerar” la supuesta amenaza china en la isla y a no utilizarla como pretexto para perseguir intereses egoístas, apelando a la Carta de Naciones Unidas y al respeto al derecho internacional. El mensaje llega apenas horas después de que el presidente Donald Trump anunciara un arancel adicional del 10% a las importaciones procedentes de ocho países europeos que se oponen a sus planes sobre Groenlandia, un movimiento que amenaza con dinamitar un comercio transatlántico que ronda los 1,7 billones de euros anuales entre bienes y servicios.
La frase de Beijing que enciende las alarmas
En su comparecencia en Pekín, Guo Jiakun fue inusualmente directo. Tras recordar que China ha explicado “en numerosas ocasiones” su postura sobre Groenlandia, subrayó que el orden internacional “se basa en los propósitos y principios de la Carta de la ONU” y “debe ser respetado”, una formulación que Pekín reserva para los casos en los que considera que Washington está cruzando líneas rojas.
La frase clave, sin embargo, fue otra: “Estados Unidos debe dejar de utilizar la llamada ‘amenaza china’ como pretexto para perseguir sus propios intereses”. El mensaje encierra un doble recado. Por un lado, Pekín se presenta como actor prudente, que defiende la legalidad y la soberanía danesa frente a los impulsos expansionistas de Trump. Por otro, intenta desactivar de raíz cualquier intento de Washington de justificar una eventual toma de control de Groenlandia –ya sea comercial o incluso militar– en nombre de la contención de China y Rusia.
En la práctica, el Gobierno chino está marcando terreno en un conflicto donde, hasta ahora, era un invitado implícito: su presencia económica en el Ártico, sus inversiones en infraestructuras polares y su condición de gran potencia en minerales críticos han sido utilizadas por la Casa Blanca como argumento de seguridad nacional. La respuesta de Guo pretende precisamente desmontar esa narrativa y colocar a Estados Unidos en el papel de actor que “instrumentaliza” a terceros países.
Groenlandia, nuevo epicentro de la rivalidad entre grandes potencias
Lo que hace apenas una década parecía una extravagancia –la idea de que un presidente estadounidense pudiera comprar Groenlandia– se ha transformado en una disputa estratégica con consecuencias reales. Trump ha vuelto a situar la isla en el centro de su agenda de seguridad, afirmando que Dinamarca no es capaz de protegerla frente a la influencia rusa o china y que “solo Estados Unidos” puede garantizar su defensa.
El Ártico se calienta cuatro veces más rápido que la media del planeta, abre nuevas rutas marítimas y expone recursos energéticos y minerales que hasta ahora eran inaccesibles. Groenlandia, con su posición entre Norteamérica y Europa y su proximidad a Rusia, es un punto de anclaje clave para radares, misiles y despliegues de la OTAN. Pero también es un símbolo de soberanía: ceder la isla –o percibir que se cede bajo presión– resultaría políticamente tóxico para cualquier Gobierno danés y para una población groenlandesa que mira más hacia una futura independencia que hacia un cambio de bandera.
Que sea precisamente esta pieza la que desencadene una nueva escalada arancelaria revela el grado de deterioro de las relaciones transatlánticas. Si en los años de la guerra fría el Ártico era una frontera militar silenciosa, hoy se ha convertido en un escaparate visible de la competencia a tres bandas entre Estados Unidos, Rusia y China, con Europa atrapada en medio.
El golpe a unas relaciones comerciales de 1,7 billones
Las amenazas arancelarias de Trump no se dirigen a cualquier socio, sino a ocho aliados europeos clave –Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Alemania, Francia, Países Bajos y Reino Unido– que, además, son parte esencial de la arquitectura comercial y de seguridad de Estados Unidos. Solo en bienes, el comercio entre la UE y EEUU alcanzó en 2024 los 867.000 millones de euros, mientras que los servicios sumaron otros 817.000 millones, según datos oficiales europeos.
En conjunto, hablamos de un flujo de alrededor de 1,7 billones de euros, que convierte a la relación transatlántica en una de las más densas del mundo. Para la UE, Estados Unidos absorbe algo más de una quinta parte de sus exportaciones de bienes –unos 531.600 millones de euros de los 2,58 billones exportados en 2024–, lo que deja a Bruselas con un superávit comercial cercano a los 200.000 millones.
Un arancel generalizado del 10% sobre las ventas de estos ocho países no hundiría por sí solo estas cifras, pero sí alteraría las cadenas de valor en sectores sensibles como el automóvil, la maquinaria industrial o los productos químicos. Lo más grave es el precedente: la Casa Blanca ya ha dejado caer que, si no hay acuerdo sobre Groenlandia antes del verano, la tasa podría elevarse al 25%, mientras la UE estudia contraatacar con contramedidas por unos 93.000 millones de euros en exportaciones estadounidenses. El contraste con otras fases de la relación transatlántica resulta demoledor: de socio estratégico a objetivo fiscal en cuestión de meses.
Europa responde unida: de la solidaridad con Dinamarca a las represalias
La respuesta europea ha sido inusualmente rápida y coordinada. Los ocho países afectados han emitido una declaración conjunta advirtiendo de que las amenazas arancelarias “socavan las relaciones transatlánticas y arriesgan una peligrosa espiral descendente”, al tiempo que expresan su “plena solidaridad” con Dinamarca y el pueblo de Groenlandia.
Bruselas, por su parte, ha activado el llamado instrumento antidistorsión –la herramienta contra la coerción económica aprobada en 2023– y estudia un abanico de represalias que van desde aranceles espejo hasta restricciones en compras públicas a empresas estadounidenses. No se trata solo de defender a un Estado miembro; se trata de evitar que la amenaza de castigo comercial se consolide como un mecanismo habitual de presión política dentro de la OTAN.
En paralelo, varios gobiernos han puesto el acento en la dimensión de seguridad. Las tropas desplegadas en Groenlandia en el marco de maniobras de la Alianza –presentadas por la Casa Blanca como prueba de la debilidad europea– son, en realidad, el ejemplo de que los aliados estaban reforzando la defensa ártica junto a Washington antes de que estallara la crisis. El diagnóstico es inequívoco: una nueva guerra arancelaria entre EEUU y Europa, ahora vinculada a la geopolítica del Ártico, podría fracturar la cohesión de la Alianza en el momento en que más se necesita frente a Rusia.
Los recursos estratégicos que explican la pugna por la isla
Más allá del mapa, Groenlandia guarda bajo su hielo una riqueza que ayuda a entender la intensidad del pulso. La isla alberga recursos estimados de 36,1 millones de toneladas de tierras raras, aunque solo 1,5 millones se consideran reservas probadas y económicamente explotables. Estas cifras colocan a Groenlandia en torno al octavo puesto mundial en reservas de estos minerales críticos. Al mismo tiempo, China concentra alrededor de 44 millones de toneladas de tierras raras, casi la mitad de los 91,9 millones estimados a nivel global.
Este hecho revela por qué Washington vincula de forma tan insistente la “amenaza china” a la isla: en un escenario en el que la transición verde y la digitalización multiplican la demanda de imanes, baterías y componentes electrónicos, depender de un solo proveedor –China– es visto como un riesgo inasumible. Que Pekín mostrara interés en financiar infraestructuras mineras o portuarias en Groenlandia bastó en el pasado para que Dinamarca y EEUU bloquearan proyectos concretos.
Sin embargo, los datos desmontan algunas exageraciones que circulan en el debate público, como la idea de que Groenlandia concentraría el 20% de las reservas mundiales: los estudios recientes rebajan esa cuota a apenas el 1,2%, recordando que lo geológicamente existente está muy lejos de ser económicamente extraíble. La paradoja es que, a corto plazo, la isla es más valiosa como comodín geopolítico que como mina de tierras raras efectiva.
La maniobra de China: diplomacia jurídica frente a presión económica
En este contexto, la intervención de Beijing está cuidadosamente calibrada. Al denunciar el uso de la “amenaza china” como pretexto y apelar al respeto de la Carta de la ONU, el Ministerio de Exteriores intenta colocarse en el terreno confortable del multilateralismo y el derecho internacional, justo cuando Washington es acusado por sus propios aliados de practicar la coerción económica.
China no defiende abiertamente a Dinamarca –con la que ha tenido sus propias fricciones–, pero sí defiende el principio de que no se puede forzar una cesión territorial bajo amenaza de aranceles, un mensaje que resuena en muchos países medianos y pequeños que temen ser atrapados en la rivalidad entre grandes potencias. “No se debe utilizar a otros países como excusa para buscar ganancias egoístas”, insistió Guo, en una frase que puede leerse tanto hacia Washington como hacia cualquier actor que pretenda alterar fronteras consolidadas.
Al mismo tiempo, Pekín envía una señal a Europa: si la UE se ve sometida a la presión arancelaria estadounidense, encontrará en China un socio dispuesto a denunciar públicamente esa estrategia. El contraste con la guerra comercial de hace apenas unos años –cuando la UE y EEUU criticaban conjuntamente las prácticas chinas– no puede ser más elocuente.
Lo que está en juego para la OTAN y la seguridad ártica
La disputa por Groenlandia llega en un momento particularmente delicado para la OTAN. La guerra en Ucrania ha reforzado la presencia de la Alianza en el flanco norte y ha revalorizado el papel del Ártico como corredor estratégico entre Norteamérica y Europa. Los ejercicios militares en la isla y en las aguas circundantes, que Trump presenta ahora como insuficientes, forman parte de esa respuesta coordinada.
Si la cuestión groenlandesa se convierte en un contencioso sostenido entre Washington y sus socios europeos, la principal beneficiada será Moscú, que lleva años invirtiendo en bases árticas y rompehielos militares, y también, indirectamente, Pekín, interesado en consolidar su estatus de “Estado cercano al Ártico” sin asumir los costes de la confrontación directa.
Para Dinamarca y las autoridades groenlandesas, el riesgo es doble. Por un lado, ver cómo la isla se militariza aún más, con una carrera por bases, radares y ejercicios. Por otro, quedar atrapadas entre tres agendas –estadounidense, europea y china– que no siempre coinciden con las aspiraciones locales de mayor autonomía e incluso independencia futura. En este tablero, cada movimiento arancelario o cada declaración en Pekín tiene traducción inmediata en términos de seguridad.