“EEUU vive sueldo a sueldo mientras gasta miles de millones en guerras”: el rival inesperado de Trump

Bernie Sanders

Bernie Sanders ha vuelto a su terreno natural: el mitin como parte de guerra contra el sistema. Esta vez, con Irán como ariete y la oligarquía como culpable universal. “Se nos mintió en Vietnam”, recuerda citando 59.000 muertos. “Se nos mintió en Irak”, añade, evocando funerales de jóvenes soldados. Y remata: “se nos está mintiendo también sobre Irán”, una guerra que atribuye a Donald Trump y a Netanyahu, “inconstitucional” y contraria al derecho internacional. En paralelo, coloca el contador económico encima de la mesa: 25.000 millones ya gastados —según cifras circuladas en Washington— en un país que sigue sin sanidad universal.

Sanders no intenta ser neutral: intenta ser útil. Su tesis es que el ruido permanente de Trump sirve para ocultar la transferencia de poder hacia los mismos de siempre. Y que la única salida no es indignarse: es organizarse.

Los funerales como argumento político

Sanders utiliza una herramienta vieja y efectiva: el recuerdo personal de la guerra para desmontar la épica. Vietnam e Irak aparecen como advertencia histórica, no como nostalgia. La lógica es clara: si hubo mentiras entonces, puede haber mentiras ahora. Y si entonces el coste se midió en ataúdes y presupuestos, hoy se repite el patrón con un nuevo escenario: Irán, Líbano, Israel, el Golfo.

El punto central no es si la guerra “merece” o no. Es quién decide y con qué control. Sanders insiste en la inconstitucionalidad: el presidente no debería llevar al país a una escalada sin supervisión real del Congreso. Esa denuncia conecta con el malestar de una sociedad fatigada de conflictos interminables y con una economía que vive, como él repite, “sueldo a sueldo”. Su mensaje está diseñado para una conclusión: la guerra no solo mata fuera; empobrece dentro.

Israel y el giro demócrata que presume

En un segundo movimiento, Sanders introduce lo que llama “buenas noticias”: el intento de frenar la ayuda militar a Israel empieza a dejar huella dentro del Partido Demócrata. En su relato, han pasado de 11 votos a 27 y ahora a 40 demócratas dispuestos a votar contra esa ayuda. La cifra se convierte en termómetro: no es mayoría, pero ya no es marginal.

El contraste es demoledor con lo que fue el consenso tradicional en Washington, donde la crítica a Israel se pagaba cara en primarias. Sanders lo presenta como ruptura cultural: un espacio que se abre por presión de base y por el coste reputacional de una guerra prolongada. No es un giro ideológico puro; es una adaptación al clima. Pero en política estadounidense, incluso una adaptación es un hecho histórico cuando toca el tabú central del dinero, los lobbies y la disciplina de partido.

La técnica del demagogo: dividir para gobernar

Sanders no se limita a la política exterior. Señala el método: “los demagogos ganan si nos dividen”. Enumera enemigos cambiantes —migrantes, personas trans, China, Irán, Canadá, México— para describir una estrategia de distracción diaria. Su tesis es que el odio es una herramienta de gestión: si la gente se pelea entre sí, deja de mirar arriba.

Y aquí introduce su antídoto: unidad alrededor de una agenda “no radical” que, según él, apoya la mayoría: sanidad universal, jubilación digna, salario mínimo de 20 dólares la hora y recorte del gasto militar. La consecuencia es clara: Sanders intenta reencuadrar el “radicalismo”. Lo radical no sería pedir derechos básicos, sino normalizar un país con guerras caras y servicios públicos frágiles. Es un giro narrativo muy calculado: transformar el sentido común en programa.

1% contra 93%: la cifra como martillo

Sanders vuelve a su estadística fetiche: el 1% más rico posee más riqueza que el 93% inferior. Añade otra provocación: un solo multimillonario —menciona a Musk y habla de casi 800.000 millones— tendría más que la mitad de los hogares. La precisión de esas cifras se debate, pero el efecto retórico es innegable: convertir desigualdad en imagen mental.

El mensaje que busca fijar es más importante que el decimal: la concentración ha superado el umbral de lo tolerable y ya afecta a democracia, medios y competencia económica. En su discurso, los CEO ganan 350 veces más que el trabajador medio y en 50 años se habría transferido una montaña de riqueza hacia arriba. Es una acusación de sistema: no hay “fallo”, hay diseño. Y si el diseño es político, la solución también lo es.

Oligopolios, medios y elecciones compradas

La parte más corrosiva llega cuando Sanders conecta riqueza con control: pocos conglomerados dominan sectores enteros y, además, dominan el relato. Habla de “seis grandes conglomerados” controlando el 90% de lo que se ve y se oye, y de la decisión Citizens United como puerta abierta para que multimillonarios financien Super PACs y “compren elecciones”.

Ahí su objetivo es evidente: deslegitimar el sistema de financiación privada como estructura de captura. Propone financiación pública de campañas y una ruptura interna en el Partido Demócrata contra sus propios donantes. No es solo un ataque a Trump: es un ataque a la arquitectura que hace posible a Trump. Sanders lo dice sin rodeos: la respuesta final vendrá de organizar 100.000 voluntarios, no de competir en cheques. Ese es el núcleo de su gira: sustituir dinero por músculo social.

El cierre: contraatacar sin caer en desesperación

Sanders cierra con un mandato emocional: no rendirse al cansancio. Trump es ruido, sí, pero el problema es más antiguo y más profundo. La “buena noticia” que ofrece no es un acuerdo, es un método: campañas de base, candidatos fuera del molde y votantes que dejan de pedir permiso al establishment. Habla de una ola de organizadores, sindicalistas y médicos entrando en política como respuesta a la sensación de estafa.

En su visión, el país vive un punto de inflexión: inteligencia artificial y robótica deben beneficiar a los trabajadores, no a los dueños del algoritmo. Y la guerra —Irán hoy, otra mañana— no puede seguir siendo el cajón donde se queman miles de millones mientras la gente se arruina por enfermar. Sanders no promete paz; promete pelea. Su apuesta es que la oligarquía no se derrota con indignación, sino con una coalición capaz de mirar al mismo enemigo aunque cambien los titulares.