El partido de Tarique Rahman proclama mayoría mientras el recuento sigue abierto

El BNP se adjudica las primeras elecciones en Bangladesh tras la revuelta de 2024

EPA/MONIRUL ALAM

La noche electoral en Bangladesh no ha esperado a los resultados oficiales. Con el recuento aún en marcha, el Bangladesh Nationalist Party (BNP) se ha proclamado vencedor de las primeras elecciones celebradas desde la insurrección estudiantil de 2024 que puso fin a los 15 años de poder de Sheikh Hasina. Según el propio partido, ya ha superado el listón de los 151 escaños necesarios para gobernar en solitario en un Parlamento de 300 asientos. Al frente de ese vuelco político figura Tarique Rahman, de 60 años, que regresó en diciembre tras 17 años de exilio en Londres y se perfila como próximo primer ministro. El mensaje es claro: la generación que tumbó a Hasina quiere ahora poner a prueba en las urnas su propia hoja de ruta. Detrás de la euforia, sin embargo, se dibuja un país con crecimiento debilitado, inflación alta y una industria textil clave castigada por las tensiones geopolíticas.
 

Un vuelco político tras quince años de hegemonía

La elección de este 12 de febrero marca un punto de ruptura con la etapa de Sheikh Hasina. La caída de la ex primera ministra en agosto de 2024, tras las protestas estudiantiles contra el sistema de cuotas en el empleo público, dejó un balance de más de 1.000 muertos y abrió una transición dirigida por un Gobierno interino.

Casi 128 millones de ciudadanos estaban llamados a las urnas en este país de unos 170 millones de habitantes, en la que se considera la primera elección competitiva en casi dos décadas. La participación habría superado el 60%, muy por encima del cuestionado 41% de las legislativas de 2024 celebradas bajo Hasina.

Aunque la Comisión Electoral aún no ha cerrado el escrutinio, medios locales y agencias internacionales apuntan a una ventaja amplia del BNP, con más de 180 escaños y posibilidades de rozar los dos tercios de la Cámara si se confirman los recuentos pendientes. Al otro lado del hemiciclo, la islamista Jamaat-e-Islami se consolida como principal oposición con en torno a 60 asientos.

“Es la primera vez en años que la noche electoral no se decide desde el palacio, sino desde los colegios”, resume un analista en Daca. La consecuencia es clara: la legitimidad del nuevo Ejecutivo será escrutada tanto por una ciudadanía empoderada como por unos socios internacionales fatigados de crisis en el Índico.

La vuelta de Tarique Rahman tras 17 años de exilio

La figura que capitaliza este momento es Tarique Rahman, heredero político de la ex primera ministra Khaleda Zia. Condenado en ausencia en varios casos de corrupción durante el gobierno de Hasina, Rahman se instaló en Londres en 2008 y se convirtió en símbolo de una oposición proscrita.

Su regreso en diciembre, tras ser absuelto de las causas más graves, fue leído como la señal de que el tablero estaba cambiando. El propio Rahman ha prometido una “nueva era de política limpia”, con tolerancia cero frente a la corrupción y un compromiso formal con la independencia judicial y los límites de mandato.

Pero su historial no es neutro. Organizaciones de derechos humanos y parte de la sociedad civil recuerdan que los dos grandes partidos —el BNP y la Liga Awami de Hasina— se han alternado en el poder desde los años 90 con prácticas muy similares: clientelismo, captura de las instituciones y uso selectivo de la Justicia contra el rival.

“La revolución de 2024 no fue para cambiar de rostro, sino de sistema”, repiten los estudiantes que lideraron la revuelta. El contraste con otras transiciones —como la de Pakistán o la de Sri Lanka tras sus propias crisis— resulta demoledor: el riesgo de que la vieja política se limite a reocupar sus espacios es real si las promesas de reforma no se traducen rápidamente en leyes y cambios institucionales.

Un Parlamento fragmentado y el ascenso islamista

El mapa parlamentario que emerge es más complejo que el simple retorno del BNP al poder. Junto al avance de Jamaat-e-Islami, irrumpe con fuerza el partido juvenil National Citizen Party, nacido de las protestas de 2024 y que ha optado por una alianza táctica con los islamistas para maximizar su peso en determinadas circunscripciones urbanas.

Ese pacto inquieta a parte de la generación que encabezó la llamada “revuelta Gen Z”. Muchos jóvenes laicos, mujeres urbanas y minorías temen que el precio de la estabilidad parlamentaria sea una agenda más conservadora en cuestiones clave como los derechos de las mujeres, la libertad de expresión o la regulación de internet.

El diagnóstico es inequívoco: el sistema de partidos sigue polarizado y con escasa cultura de compromiso. El hecho de que la Liga Awami, el partido de Hasina, haya quedado fuera de la contienda tras su propia caída del poder añade incertidumbre sobre el futuro inmediato. Algunos de sus antiguos votantes habrían migrado hacia el BNP, otros hacia Jamaat, y otros —sencillamente— se han quedado en casa.

En este contexto, el papel del nuevo Gobierno será doble. Por un lado, deberá recomponer un paisaje institucional erosionado por años de pleitos cruzados. Por otro, tendrá que gestionar la presión de una oposición islamista fortalecida que ya aspira abiertamente a convertirse en alternativa de gobierno en el próximo ciclo.

Economía en ralentí y una generación sin trabajo

La dimensión económica del cambio político es tan importante como la institucional. Tras una década de crecimientos superiores al 6%, el país encadena tres ejercicios de clara desaceleración: el PIB habría pasado de crecer un 5,8% en 2023 a apenas 3,7% en el ejercicio fiscal 2024-25, lastrado por la crisis política, la caída de la inversión y la inflación persistente.

La revuelta de 2024 fue, en esencia, una protesta por el empleo. Los estudiantes que llenaron las calles denunciaban un sistema de cuotas que reservaba una parte significativa de los puestos públicos a los afines al partido gobernante y al aparato del Estado. Hoy, un tercio de los parados tiene estudios universitarios, y muchos jóvenes del país solo conciben su futuro emigrando.

A ello se suma una inflación que ronda el 9%, con fuertes subidas en alimentos y energía, y que erosiona de forma directa el poder adquisitivo de los hogares urbanos y rurales. La consecuencia es clara: el margen de error del nuevo Ejecutivo es mínimo.

“Derribar un gobierno fue más fácil que encontrar trabajo”, confesaba recientemente un líder estudiantil al Wall Street Journal. El contraste con la narrativa oficial de una “historia de éxito” asiático revela el giro del ciclo: Bangladesh sigue siendo una de las economías más dinámicas de la región, pero su contrato social se ha debilitado y las expectativas de la generación que protagonizó la revuelta son mucho más altas que hace una década.

Presión inflacionaria, reservas ajustadas y la red del FMI

En el frente macroeconómico, el país llega a esta cita electoral agotado. El programa de asistencia de casi 4.700 millones de dólares firmado con el International Monetary Fund en 2023 sigue siendo el ancla principal para evitar una crisis de balanza de pagos. El organismo ha ido liberando tramos —unos 1.330 millones adicionales en 2025— condicionado a ajustes fiscales y reformas en el sistema financiero.

Las reservas internacionales, que llegaron a caer por debajo de los 25.000 millones de dólares en 2024, han repuntado hasta el entorno de los 33.000 millones, equivalentes a algo más de cinco meses de importaciones, según estimaciones recientes del propio banco central y de agencias de análisis. No es una cifra de emergencia, pero tampoco holgada para un país muy dependiente de las compras de energía y materias primas.

En paralelo, las remesas de la diáspora han marcado récord, con 32.800 millones de dólares en 2025, un 8% más que el año anterior, lo que ha aliviado parcialmente la presión sobre la moneda local.

El FMI proyecta que el crecimiento repunte hacia el 4,7%-4,9% en 2026, siempre que el Gobierno mantenga el ajuste y mejore la recaudación tributaria. El dilema político es evidente: cualquier intento de consolidación fiscal —subida de impuestos indirectos, recorte de subsidios— chocará con una sociedad que acaba de demostrar su capacidad de movilización masiva.

El futuro de la industria textil y las cadenas globales

La otra gran variable de la ecuación es la industria de la confección. El textil representa alrededor del 80% de las exportaciones y más del 10% del PIB, y da empleo directo a unos cuatro millones de trabajadores, en su mayoría mujeres. La ola de violencia de 2024 obligó a cerrar fábricas durante semanas, con pérdidas cuantiosas para proveedores y marcas internacionales.

En los últimos meses, el sector ha encadenado seis meses consecutivos de caída de las exportaciones, presionado por la debilidad de la demanda internacional y por una guerra arancelaria con Estados Unidos que elevó los gravámenes hasta el 37% antes de un acuerdo que los ha reducido al 19% y abre la puerta a cupos sin arancel para prendas fabricadas con insumos estadounidenses.

Grandes grupos como H&M, Inditex o Fast Retailing dependen de forma notable de las plantas de Bangladesh, lo que convierte cualquier inestabilidad política en un riesgo directo para las cadenas de suministro europeas y asiáticas.

El nuevo Gobierno llega con promesas de diversificar hacia sectores como el cuero, la farmacéutica o el ‘outsourcing’ de servicios digitales. Sin embargo, el diagnóstico es inequívoco: sin una estrategia clara de mejora de la productividad, simplificación regulatoria y estabilidad energética, el país seguirá expuesto a cada vaivén de la moda global.