El gabinete de Netanyahu prevé una campaña relámpago para derrocar a los ayatolás mientras Berlín intenta desmarcarse del bombardeo coordinado con Washington
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srael ha puesto fecha de caducidad a la República Islámica. En una sesión de seguridad de alto nivel celebrada este sábado, el gabinete de Benjamin Netanyahu ha filtrado que la ofensiva conjunta con los Estados Unidos está diseñada para una duración estimada de apenas siete días. No se trata de un bombardeo de advertencia, sino de una operación de aniquilación operativa cuyo éxito final está supeditado a un objetivo sísmico: la muerte del Líder Supremo, Alí Jameneí, y el colapso total de la autoridad estatal en Teherán. Mientras el estruendo de los misiles sacude el Golfo, la diplomacia europea, liderada por el canciller alemán Friedrich Merz, intenta un equilibrio imposible entre el respaldo a la seguridad de Israel y el distanciamiento táctico de una incursión que amenaza con incendiar el suministro energético global y forzar un cambio de régimen por la vía de los hechos consumados.
El cronómetro de la aniquilación operativa
La denominada «Operación Epic Fury» no ha sido concebida como una guerra de desgaste, sino como un colapso inducido. Según los informes que maneja la inteligencia israelí y que han sido trasladados a los ministros del gabinete, el plan estratégico contempla una ventana de 168 horas para desmantelar el sistema nervioso del régimen persa. Este hecho revela una confianza absoluta en la superioridad tecnológica de la aviación furtiva y en la precisión de los enjambres de drones kamikaze estadounidenses que ya operan sobre el cielo de Isfahán. La consecuencia de este cronograma es nítida: Washington e Israel buscan evitar una «guerra eterna» mediante una saturación de fuego que obligue a la Guardia Revolucionaria a la capitulación inmediata o a la desintegración interna.
El diagnóstico de los analistas militares sugiere que la campaña podría incluso abreviarse si se confirma la neutralización de Alí Jameneí en las primeras oleadas de ataques. Este escenario de «decapitación política» es la piedra angular del plan diseñado por el Pentágono y el Ministerio de Defensa israelí. La lección de conflictos anteriores ha sido asimilada: el objetivo no es la ocupación del territorio, sino la destrucción del 100% de la industria misilística y el fin del mando clerical. El riesgo, no obstante, es que un fallo en la ejecución prolongue las hostilidades más allá de la semana prevista, situando a la región en un laberinto bélico de consecuencias incalculables para los mercados de materias primas.
Araghchi EPA_ERDEM SAHIN
La ruda coreografía del engaño táctico
Uno de los detalles más reveladores de la jornada ha sido la confirmación de que el Jefe del Estado Mayor de las FDI, el teniente general Eyal Zamir, y la cúpula militar israelí permanecieron en sus domicilios particulares durante los momentos iniciales del bombardeo. Este hecho revela una sofisticada maniobra de engaño táctico diseñada para burlar a la inteligencia iraní. Al mantener a sus altos mandos fuera de los búnkeres de mando, Israel logró proyectar una imagen de normalidad que impidió a Teherán prever la inminencia del ataque coordinado. El diagnóstico de la ineficiencia iraní es demoledor: sus servicios de espionaje fueron incapaces de detectar que la orden de ataque ya había sido firmada mientras observaban, a través de sus agentes, la aparente calma en las residencias de los generales.
Esta coreografía del engaño subraya la vulnerabilidad de un régimen que ha invertido miles de millones en sistemas de detección rusos S-300 que, en el momento de la verdad, han demostrado ser porosos ante la infiltración furtiva. La consecuencia es que la cadena de mando persa se encuentra ahora en un estado de paranoia operativa, dudando de la lealtad de sus propias comunicaciones y de la veracidad de los datos que reciben sus radares. Para Washington, este éxito inicial valida la doctrina de la «sorpresa estratégica», permitiendo que la primera fase de la operación haya suprimido con eficacia las defensas antiaéreas de Teherán sin necesidad de un despliegue terrestre previo.
El dilema de Berlín: Merz ante el abismo
En el flanco diplomático, el canciller alemán Friedrich Merz ha tenido que realizar un ejercicio de funambulismo político para preservar la cohesión de su gobierno. Merz ha reafirmado el compromiso inquebrantable de Alemania con la seguridad de Israel, pero ha insistido —en línea con París y Londres— en que su país no ha participado activamente en los bombardeos. Este hecho revela una fractura evidente en la respuesta de la OTAN: mientras los anglosajones y el Estado judío ejecutan la guerra, las potencias continentales europeas se limitan a la gestión de los daños colaterales. El diagnóstico de Merz es incisivo al culpar a Irán de haber rechazado sistemáticamente cualquier solución negociada para su programa nuclear y de misiles.
«Los Estados Unidos han buscado durante mucho tiempo una solución negociada. Irán no ha aceptado un acuerdo fiable para poner fin a su programa nuclear militar ni se ha comprometido a reducir su programa de misiles», escribió el canciller en un mensaje que destila la frustración acumulada de la diplomacia europea. La consecuencia de este desmarque táctico de Berlín es un escenario de irrelevancia para la Unión Europea en la resolución del conflicto. Mientras Trump ignora las advertencias de Bruselas, Merz se ve obligado a instar a Irán a cesar sus ataques en un vacío diplomático que Teherán interpreta como una debilidad. La realidad es que el eje Berlín-París ha perdido cualquier capacidad de mediación, quedando reducido a un espectador pasivo de una guerra que encarecerá de forma drástica sus facturas energéticas.
@realdonaldtrump
El riesgo del vacío de poder en Teherán
La mayor apuesta de la «Guerra de los Siete Días» reside en la esperanza de una insurrección civil masiva. Donald Trump ha instado directamente a los 90 millones de iraníes a «tomar su gobierno» una vez que las infraestructuras militares sean destruidas. Sin embargo, este hecho revela una temeridad estratégica que ignora el arraigo de las estructuras de seguridad de la Guardia Revolucionaria en el tejido social. El diagnóstico de los expertos en Oriente Medio es de una cautela extrema: derrocar a un régimen mediante bombardeos es factible, pero gestionar el vacío resultante en una nación profundamente nacionalista es un reto que Washington nunca ha logrado resolver con éxito.
La consecuencia de un colapso súbito del Estado iraní podría ser la balcanización del territorio, provocando un efecto dominó que desestabilizaría a vecinos como Irak, Afganistán y Pakistán. Lo más grave es que el plan actual no parece contemplar una fuerza de pacificación internacional, fiándolo todo a la supuesta voluntad democrática de un pueblo sometido durante décadas. «El ataque no es una estrategia, es un evento catastrófico que busca una respuesta espontánea de la población», advierten voces críticas en el Congreso de los Estados Unidos. Si la rebelión no se produce según lo previsto por Skydance y el Pentágono, la «Operación de una semana» podría transformarse en un conflicto regional de largo aliento que agote los recursos occidentales.
EPA/ABIR SULTAN
El impacto sísmico en el mercado de la energía
Desde una perspectiva estrictamente económica, la duración de siete días es el factor que determina la viabilidad del sistema financiero internacional. Si el conflicto se mantiene en ese margen, las reservas estratégicas de petróleo (SPR) de Estados Unidos y la AIE podrían contener la escalada de precios. Sin embargo, con el Estrecho de Ormuz ya bajo la sombra del bloqueo y la marina iraní en el punto de mira, el barril de Brent ha comenzado a descontar un escenario de 130 dólares. Este hecho revela la fragilidad de una economía mundial que depende de una arteria vital hoy convertida en zona de combate.
La consecuencia para la Eurozona es un choque de oferta que anulará cualquier previsión de crecimiento del PIB para 2026. España, con una dependencia energética exterior del 73%, se encuentra en una posición de extrema debilidad ante esta «guerra relámpago». El diagnóstico económico es sombrío: la volatilidad ha regresado para quedarse, y la aniquilación de la industria petrolera iraní —aunque marginal en el mercado formal debido a las sanciones— introduce una incertidumbre en los fletes y seguros marítimos que encarecerá toda la cadena de suministros global. La «noble misión» de la que habla Trump se traducirá, en la práctica, en un impuesto masivo sobre el consumo energético en todo el planeta.
La «Guerra de los Siete Días» es el test de estrés definitivo para la hegemonía estadounidense en el siglo XXI. El diagnóstico final es el de una potencia que ha decidido que el riesgo del conflicto es preferible a la incertidumbre nuclear. Mientras Friedrich Merz apela a la paz desde una Alemania desarmada, los F-35 dictan la nueva geografía de Oriente Medio sobre las ruinas de Isfahán. La lección de 2026 es cruda: la diplomacia solo sirve mientras no estorbe la logística de la destrucción, y el tiempo para las palabras se ha agotado definitivamente entre el humo de las explosiones en el Golfo.