Ormuz amenaza con desatar una crisis energética global ante reservas de petróleo en mínimos
El mercado mundial de petróleo afronta una combinación excepcionalmente peligrosa: el Estrecho de Ormuz vuelve a estar prácticamente cerrado mientras las reservas que amortiguaron la primera fase de la guerra comienzan a agotarse.
Los operadores energéticos advierten de que los inventarios disponibles apenas permitirían compensar unas semanas adicionales de interrupciones. El Brent ya ha rozado los 87 dólares por barril, después de encadenar subidas superiores al 10% tras romperse la tregua entre Estados Unidos e Irán.
La consecuencia es clara. El mundo no se enfrenta todavía a una ausencia absoluta de petróleo, pero sí a un mercado sin apenas margen para absorber otro golpe.
El cuello de botella mundial
Ormuz es una franja marítima estrecha, pero sostiene una parte desproporcionada del sistema energético internacional. En 2025 atravesaron sus aguas alrededor de 20 millones de barriles diarios, equivalentes al 25% del petróleo comercializado por vía marítima.
Solo las exportaciones de crudo alcanzaron aproximadamente 15 millones de barriles diarios, cerca del 34% del comercio mundial. A ello se añade el gas natural licuado: el estrecho canaliza el 93% de las ventas exteriores cataríes y el 96% de las procedentes de Emiratos Árabes Unidos, hasta representar el 19% del mercado global de GNL.
No existe una ruta alternativa capaz de sustituir semejante volumen. Arabia Saudí y Emiratos cuentan con oleoductos hacia otros puertos, pero Irak, Kuwait y Catar dependen casi por completo del paso marítimo.
Los amortiguadores se consumen
La primera interrupción fue contenida mediante liberaciones extraordinarias de reservas, cambios de proveedores, reducción del consumo y desvíos logísticos. Aquella respuesta evitó una crisis todavía más profunda, pero gastó buena parte de las defensas disponibles.
La Agencia Internacional de la Energía calificó la clausura casi total de Ormuz como la mayor alteración de suministro registrada en la historia del mercado petrolero. Los inventarios mundiales cayeron a un ritmo estimado de 5,1 millones de barriles diarios durante el segundo trimestre de 2026 y podrían reducirse otros 2,2 millones diarios durante el tercero.
Estados Unidos tampoco llega holgado. Su Reserva Estratégica se sitúa en torno a 316,5 millones de barriles, el nivel más bajo desde 1983 y menos de la mitad de su capacidad autorizada.
Trump endurece el bloqueo
La respuesta de Donald Trump ya no se limita a sanciones financieras o ataques contra instalaciones militares. Fuerzas estadounidenses han inutilizado con misiles un petrolero que se dirigía hacia la isla iraní de Jark, principal centro exportador de crudo del país, después de que la embarcación ignorara varias advertencias.
El episodio pretende demostrar que Washington está dispuesto a imponer físicamente su bloqueo naval. Sin embargo, esta estrategia también eleva el riesgo de represalias contra buques comerciales, terminales petroleras y bases norteamericanas.
Lo más grave es que cada intervención militar reduce las posibilidades de normalizar el tráfico marítimo, incluso aunque ninguna de las partes busque formalmente una guerra total.
Una crisis más allá del petróleo
El impacto no quedaría limitado al precio de la gasolina. El encarecimiento del crudo eleva inmediatamente los costes del transporte, la agricultura, la industria química, la aviación y la distribución de mercancías.
El gas representa otro frente. Las interrupciones en Catar y Emiratos han retirado del mercado más de 300 millones de metros cúbicos diarios, mientras el gas europeo TTF llegó a situarse un 35% por encima de sus niveles anteriores a la guerra.
La presión se trasladaría después a la inflación y a los tipos de interés. Los bancos centrales tendrían más dificultades para flexibilizar su política monetaria, mientras los hogares soportarían facturas energéticas más elevadas.
La tregua que nunca consolidó
Estados Unidos e Irán firmaron el 18 de junio un memorando destinado a detener el conflicto y reabrir Ormuz. El aumento inicial del tráfico permitió prever una recuperación progresiva de la producción, pero el retorno de los ataques ha vuelto a cerrar la principal ruta energética del planeta.
El supuesto compás de espera coincide con la final del Mundial entre España y Argentina, prevista para el domingo 19 de julio en Nueva Jersey.
No existe confirmación de que Washington haya subordinado sus operaciones al calendario deportivo. Sin embargo, la coincidencia ilustra hasta qué punto la atención pública puede apartarse temporalmente de una crisis que continúa desarrollándose en segundo plano.
La vulnerabilidad actual no procede únicamente de Ormuz. Los ataques ucranianos contra refinerías rusas, las restricciones sobre determinados combustibles y la demanda estacional del verano estrechan simultáneamente el mercado de productos refinados, la seguridad energética global depende ahora de que el bloqueo no se prolongue. Las reservas pueden ganar tiempo, pero no reemplazar indefinidamente veinte millones de barriles diarios.
Ormuz vuelve a demostrar que una franja marítima de apenas unos kilómetros puede condicionar el precio de la energía, la inflación y el crecimiento de todo el planeta.