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La Casa Blanca de Trump lanza una "lista negra" en la web de influencers "infractores"

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El dato no es un meme ni un pantallazo mal recortado: en un dominio oficial del Gobierno de Estados Unidos aparece una sección titulada “Leftist Influencers”, integrada en un portal más amplio al que la propia Casa Blanca llama “Media Offenders” (medios infractores). Ahí se enumeran nombres, publicaciones y supuestos “delitos” de creadores independientes que, sencillamente, hacen periodismo político desde YouTube. Entre los señalados figuran David Pakman (3,6 millones de suscriptores) y Brian Tyler Cohen (5 millones), presentados como “marginales” pese a sumar audiencias masivas.

Lo relevante no es el insulto, sino la arquitectura: un Estado que etiqueta enemigos internos desde su página institucional. Y lo hace con un guion repetido: “el delito”, “la verdad”, “los desquiciados”, “las noticias falsas”. La pregunta, por tanto, no es si la Casa Blanca exagera. La pregunta es para qué.

Una web oficial para señalar y aislar

En el diseño de este portal hay un salto cualitativo: la crítica deja de ser un combate político y pasa a convertirse en un expediente administrativo de reputación. La Casa Blanca no se limita a discrepar; clasifica, enumera y encuadra, con un lenguaje de culpabilidad previa. “Infractores”, “salón de la vergüenza”, “infractores de la semana”: un sistema de escarnio permanente que sugiere consecuencias aunque no las escriba.

La diana no es casual. Un gran medio tiene abogados, accionistas y músculo para resistir. Un creador independiente —o un equipo pequeño— depende de algoritmos, monetización y visibilidad. En otras palabras: basta con una presión indirecta para asfixiar su actividad sin necesidad de prohibirla. Ese es el núcleo del movimiento: no hace falta censura explícita si puedes degradar el alcance.

El mensaje para el resto del ecosistema es aún más útil que el castigo al señalado: “mira lo que te pasa si te sales del carril”.

Del “free speech” al reglamento del silencio

La paradoja es obscena: el mismo movimiento que se presenta como garante de la libertad de expresión usa el poder federal para premiar obediencias y castigar críticas. Los ejemplos se acumulan: presiones sobre licencias, guerras judiciales y acuerdos millonarios con grandes corporaciones mediáticas que “necesitan algo” del Gobierno. No es ideología: es transacción.

“No es solo una lista; es una trayectoria. Un método. Una estrategia de saturación: atacar en tantos frentes que la resistencia se fragmente.”

La clave está en la mezcla: exhibición pública (la lista), presión regulatoria (licencias, fusiones), y un entorno digital donde el castigo puede ser invisible: menos recomendaciones, menos alcance, menos ingresos. Así se construye una autocensura eficaz: no te callan, te vuelven irrelevante.

“Aliens”: la deshumanización como política de Estado

El mismo ecosistema institucional aloja otra pieza igual de reveladora: una página oficial dedicada a inmigrantes indocumentados bajo la estética de “extraterrestres”. El juego semántico (“aliens”) se explota hasta la crueldad: el sitio llega a usar el pronombre “it” —“eso”— para referirse a seres humanos.

Aquí el objetivo ya no es la intimidación del periodista, sino la preparación psicológica del ciudadano: si el otro es “no humano”, la violencia burocrática parece menos violencia. El texto lo formula con claridad: la crueldad necesita justificación previa, y esa justificación se fabrica con lenguaje.

No es un detalle menor que esta ofensiva coincida con la eliminación de la web oficial en español en un país con más de 50 millones de hispanohablantes. La secuencia es coherente: primero invisibilizas; después caricaturizas; por último, normalizas la excepcionalidad.

El precedente Nixon y el salto tecnológico

La Casa Blanca de Nixon tuvo “listas de enemigos”, pero las guardaba en despachos. La diferencia ahora es el escaparate: la lista se publica en un dominio oficial, con vocación disciplinaria y efecto contagio.

Lo más grave es lo que habilita el contexto tecnológico: hoy el poder no necesita perseguir físicamente para condicionar. Puede bastar con influir —directa o indirectamente— en las plataformas donde vive el debate público. Si el Gobierno identifica “infractores” y el ecosistema digital les retira oxígeno, el castigo es inmediato y difícil de auditar.

En términos de control social, la etiqueta pública cumple una función doble: amenaza al señalado y educa al espectador. El objetivo final no es el nombre en la lista, sino la obediencia del resto.

Presión a plataformas y miedo preventivo

Si la trayectoria no se corrige, el siguiente escalón es lógico: monetización, visibilidad, licencias, acuerdos. No hace falta anunciarlo. Basta con que la industria lo intuya. El resultado sería un paisaje informativo donde la crítica sobrevive solo si es irrelevante, y donde el periodismo independiente se convierte en un deporte de alto riesgo económico.

El peligro, además, es exportable. Cuando la primera potencia occidental normaliza que el Gobierno clasifique “infractores” y degrade a colectivos como “aliens”, otros ejecutivos aprenden la lección: no se conquista el relato con argumentos, sino con infraestructura.

Y ahí está el giro: lo que parece una batalla cultural es, en realidad, una batalla administrativa por el control del discurso. Con un arma silenciosa y extremadamente moderna: la capacidad de señalar, aislar y empobrecer al disidente sin prohibirle hablar.