Pekín eleva el tono tras un video en mandarín dirigido a militares chinos y advierte de “medidas necesarias” en plena guerra fría tecnológica con Estados Unidos

China responde enérgicamente al último intento de la CIA para reclutar espías

China responde enérgicamente al último intento de la CIA para reclutar espías

La publicación de un nuevo video de la CIA en mandarín, diseñado para reclutar espías dentro del Ejército Popular de Liberación, ha vuelto a encender una mecha que nunca llegó a apagarse. Pekín ha respondido con una dureza inusual incluso para sus estándares: el Ministerio ha prometido “medidas firmes” contra cualquier intento de infiltración y sabotaje. La secuencia es ya conocida, pero cada vez más peligrosa: Washington presume de músculo de inteligencia, China denuncia una agresión directa a su soberanía y la relación bilateral vuelve a tensarse justo cuando la economía global depende de un delicado equilibrio entre ambos. El trasfondo es una red de fracasos, redes desmanteladas y purgas internas que dejaron a la agencia estadounidense casi ciega en territorio chino hace poco más de una década.

Un video que reabre la guerra silenciosa

El último clip de la agencia estadounidense, de unos 90 segundos, recurre a un recurso cada vez más habitual: un oficial chino ficticio, de rango medio, desencantado por la corrupción y las purgas internas, que decide contactar con la inteligencia norteamericana para “salvar el futuro” de su familia y de su país. La pieza, difundida en redes occidentales, está pensada para circular a través de VPN y canales alternativos, esquivando la censura del Gran Cortafuegos. Es, según fuentes de inteligencia, al menos el quinto video en mandarín dirigido a audiencias chinas desde 2024, lo que confirma que no se trata de un experimento aislado, sino de una estrategia sostenida.

El mensaje es tan emocional como político: muestra a un militar atrapado entre la lealtad al Partido y el temor a ser barrido por las luchas internas. Esa narrativa llega en pleno ciclo de depuraciones dentro de la cúpula de defensa china y busca, precisamente, a esos cuadros que se sienten prescindibles. Lo más significativo no es el formato, sino el objetivo: abrir grietas en un ejército que el liderazgo de Pekín necesita cohesionado en un momento de máxima presión externa e interna.

La respuesta de Pekín: infiltración cero

La reacción de Pekín fue inmediata. En la rueda de prensa diaria, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Lin Jian, denunció a las “fuerzas anti-China” y advirtió que el país tomará “todas las medidas necesarias” para combatir las actividades de infiltración y sabotaje. La formulación no es retórica: en el lenguaje diplomático chino, esa expresión habilita desde una intensificación de la vigilancia interna hasta represalias diplomáticas o restricciones adicionales a organizaciones y empresas occidentales.

En palabras del propio portavoz, “los intentos de estas fuerzas hostiles no tendrán éxito”. Detrás de esa frase late un doble mensaje. Hacia dentro, Pekín proyecta control en un momento en el que la estabilidad del aparato militar y de seguridad se ha convertido en prioridad absoluta. Hacia fuera, envía una señal clara a Estados Unidos: cualquier esfuerzo por reconstruir redes humanas de inteligencia en territorio chino tendrá un coste creciente. El diagnóstico es inequívoco: la contrainteligencia se consolida como una de las principales herramientas de política exterior de China, al mismo nivel que los aranceles o las restricciones tecnológicas.

Un pasado de redes desmanteladas y ejecuciones

Para entender la dureza del mensaje hay que regresar a un episodio traumático para la comunidad de inteligencia estadounidense. Entre 2010 y 2012, las autoridades chinas desmantelaron una red vinculada a la CIA que operaba en el país. Diversas investigaciones apuntan a que entre 18 y 20 informantes fueron ejecutados o condenados a largas penas de prisión, en uno de los golpes más severos sufridos por la agencia en el siglo XXI.

Desde entonces, Pekín ha reforzado su arquitectura legal y tecnológica contra el espionaje. El Ministerio de Seguridad del Estado ha multiplicado su presencia en plataformas como WeChat, publicando listas de conductas sospechosas y llamamientos a denunciar cualquier contacto “anómalo” con extranjeros. Al mismo tiempo, la expansión de sistemas de vigilancia masiva y el uso de inteligencia artificial han elevado el coste de cualquier operación de campo. Para Washington, aquella debacle obligó a pasar de una presencia física intensa a una estrategia más basada en contactos a distancia, canales cifrados y campañas públicas como la actual. Lo más grave para la relación bilateral es que, más de una década después, el recuerdo de aquellas ejecuciones sigue condicionando cada movimiento de ambas partes.

Purgas internas y oportunidad para el espionaje

El momento elegido para la difusión del video no es casual. En los últimos años, el liderazgo de Xi Jinping ha impulsado una ola de purgas en el sector de defensa que ha alcanzado a altos mandos del Ejército y a ejecutivos de la industria militar. Diversas fuentes cifran en más de 60 los altos cargos militares y empresariales investigados o destituidos desde 2023, un terremoto que ha alimentado rumores de desconfianza interna y luchas por el control de presupuestos multimillonarios.

Es precisamente esa mezcla de temor y resentimiento la que la campaña estadounidense trata de explotar. El personaje del video —un oficial que ve cómo compañeros leales desaparecen del organigrama— encarna un perfil que los servicios de inteligencia consideran especialmente vulnerable: profesionales formados, con acceso a información sensible y convencidos de haber quedado atrapados en un sistema que ya no les garantiza ni seguridad ni carrera. La consecuencia es clara: la fragilidad interna del aparato militar chino se convierte en una variable más del tablero geopolítico, y no sólo en un asunto doméstico de Pekín.

Redes sociales, cifrado y la nueva frontera del espionaje

La gran novedad de esta operación no es el objetivo, sino el canal. Las campañas recientes han utilizado YouTube, X, Instagram y otras plataformas occidentales para difundir mensajes íntegramente en mandarín, acompañados de instrucciones detalladas sobre cómo contactar con la agencia a través de la red Tor y otros canales cifrados. En algunos de los videos previos, la propia CIA ha reconocido que estos contenidos han alcanzado a millones de usuarios y “animado a nuevas fuentes” a presentarse, un resultado que explica la decisión de seguir produciendo materiales similares.

Mientras tanto, las autoridades chinas han convertido sus propias redes sociales en un instrumento de contraespionaje. Campañas del Ministerio de Seguridad del Estado en WeChat y otras plataformas advierten de los “diez comportamientos sospechosos” que pueden llevar a una “taza de té” con los agentes de seguridad, desde reenviar documentos oficiales hasta reunirse con diplomáticos sin autorización. El contraste es revelador: las mismas herramientas que conectan a miles de millones de personas se han transformado en un campo de batalla silencioso entre algoritmos, propaganda y vigilancia preventiva.

El coste potencial para la economía global

El pulso no se libra sólo en el terreno de la inteligencia. La frontera entre seguridad y economía es cada vez más difusa. En 2024, el comercio de bienes y servicios entre Estados Unidos y China superó los 660.000 millones de dólares, consolidando a ambos países como socios comerciales esenciales pese a la retórica de “desacople”. En paralelo, el intercambio de bienes entre la Unión Europea y Pekín alcanzó los 732.000 millones de euros, lo que convierte a China en un socio crítico para las cadenas de suministro europeas.

Cada nuevo episodio de tensión —ya sea un arancel, un veto tecnológico o un choque de espionaje— añade riesgo regulatorio y operativo para las multinacionales. Sectores como la automoción eléctrica, los semiconductores, las telecomunicaciones o las materias primas estratégicas dependen de flujos comerciales y de inversión extremadamente sensibles al clima político. El diagnóstico es inequívoco: si la rivalidad en inteligencia se traduce en una espiral de represalias económicas, el coste para empresas y consumidores será medible en margen, empleo y crecimiento perdido.