Sheinbaum abre un puente aéreo a Cuba y reta a Trump
México se ofrece como nodo de repostaje hacia la isla en plena crisis energética cubana y bajo la amenaza de aranceles de Washington a quienes la auxilien
En plena tormenta energética y geopolítica en el Caribe, Claudia Sheinbaum ha dado un paso que va mucho más allá de la técnica aeroportuaria. La mandataria ha propuesto que México se convierta en puente aéreo estratégico para que aerolíneas internacionales puedan repostar combustible en territorio mexicano antes de volar a Cuba, una isla prácticamente sin turbosina por el bloqueo de suministros. “Si Cuba lo pide, México puede abrir un puente aéreo”, ha afirmado, enlazando la iniciativa con los recientes envíos de barcos cargados con más de 800 toneladas de ayuda humanitaria a La Habana.
La propuesta llega justo cuando Estados Unidos endurece su presión: la Casa Blanca ha autorizado aranceles adicionales contra los países que suministren petróleo a la isla, medida que apunta directamente a la relación energética entre Ciudad de México y La Habana. El resultado es un equilibrio delicado: la presidenta intenta presentarse como aliada humanitaria de Cuba, sin poner en juego un comercio exterior donde más del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino el mercado estadounidense.
El puente aéreo, si se concreta, será mucho más que una ruta de repostaje: puede convertirse en el símbolo de hasta dónde está dispuesta a llegar la nueva Administración mexicana para conjugar solidaridad, soberanía y pragmatismo en el escenario más sensible de la política hemisférica: el triángulo entre Ciudad de México, La Habana y Washington.
Un puente aéreo con mensaje político
Lejos de presentarlo como un desafío frontal, la presidencia ha revestido el plan de un tono casi técnico: aprovechar la ventaja geográfica del país para que aviones comerciales —y eventualmente cargueros humanitarios— hagan escala, reposten y sigan hacia la isla. La idea se apoya en una realidad: muchos vuelos internacionales han dejado de operar hacia Cuba porque no pueden garantizar combustible a la llegada ni al regreso, forzando desvíos o suspensiones.
En ese contexto, la propuesta de que los aparatos carguen turbosina en aeropuertos mexicanos, tanto en rutas directas como trianguladas, pretende ofrecer una solución “neutral”: el combustible se compra y paga en México, la escala se realiza bajo jurisdicción mexicana y el tramo final hacia la isla queda, en teoría, fuera del radar sancionador.
Pero el movimiento es todo menos neutro. Formalizar un “hub” hacia Cuba supone institucionalizar un corredor logístico que hoy funciona de forma fragmentada, y enviar a Washington un mensaje nítido: México no solo seguirá enviando alimentos o petróleo, sino que está dispuesto a poner sus aeropuertos al servicio de la conectividad de la isla. La logística se convierte, así, en política exterior con todas las letras.
Cuba sin turbosina: la urgencia que acelera el plan
La crisis energética cubana ha cruzado ya la línea de lo estructural para convertirse en una amenaza inmediata a la operatividad del país. Con el corte de los envíos desde Venezuela tras la intervención estadounidense y el bloqueo a petroleros que intentan llegar a la isla, los depósitos de combustibles se han vaciado a una velocidad inédita.
El impacto va mucho más allá de los apagones: la falta de turbosina ha obligado a aerolíneas como Air Canada y otros operadores a suspender o recortar vuelos, ahogando una de las pocas fuentes de divisas frescas del régimen: el turismo internacional. Hoteles con ocupaciones menguantes, agencias de viaje cancelando paquetes y aeropuertos que operan al mínimo han encendido todas las alarmas.
La propia ONU ha advertido de un posible “riesgo de colapso humanitario” si el desabasto de combustible sigue paralizando transporte, distribución de alimentos, agua y servicios médicos. Sin combustible no hay camiones refrigerados, ni bombas de agua, ni generadores que sostengan hospitales durante los apagones.
En ese escenario, cualquier mecanismo que permita restablecer un mínimo de conectividad aérea adquiere una dimensión mucho mayor que el simple turismo: es también la puerta de entrada de médicos, personal humanitario y suministros críticos. Que ese rol lo ocupe México —y no otro país— es parte de lo que vuelve tan delicada la decisión.
De los barcos al cielo: continuidad en la apuesta por Cuba
El puente aéreo no surge de la nada, sino como segunda fase de una estrategia que ya ha sacado músculo en el mar. En los últimos días, dos buques de la Armada mexicana, con nombres bien conocidos —Papaloapan e Isla Holbox—, han atracado en La Habana con más de 814 toneladas de ayuda humanitaria: leche en polvo, arroz, frijoles, conservas, aceite y productos de higiene.
Al mismo tiempo, el Gobierno ha reconocido que los envíos de crudo de Pemex hacia la isla se han gestionado por dos vías paralelas: contratos comerciales y “ayuda humanitaria”. En 2024, esas exportaciones llegaron a rondar los 20.000 barriles diarios, por un valor cercano a 600 millones de dólares, a pesar de la delicada situación financiera de la petrolera estatal.
Tras la firma del decreto estadounidense que castiga con tarifas a quienes suministren petróleo a Cuba, la presidenta anunció una pausa táctica en los cargamentos de crudo, mientras mantiene y amplía el envío de alimentos por mar. El puente aéreo encaja exactamente ahí: permite sostener el relato de ayuda y cercanía sin cruzar, al menos de entrada, las líneas rojas energéticas que Washington ha trazado.
“Hay dos vías: los contratos de Pemex y la ayuda humanitaria. En ambas México toma decisiones soberanas”, ha repetido la mandataria. La pregunta es cuánto tiempo podrá mantener esa separación bajo presión.
El filo de la navaja con Washington
El 30 de enero, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que autoriza a su Administración a imponer aranceles “ad valorem” adicionales a los países que vendan o suministren petróleo a Cuba. Sin citar nombres, todos los analistas coincidieron en el objetivo principal: México, convertido en proveedor clave tras el corte de los envíos venezolanos.
El decreto se suma a una guerra comercial previa con Canadá y México y llega en la antesala de la revisión del T-MEC, en un contexto donde el comercio bilateral supera ya los 840.000 millones de dólares anuales y más del 80% de las exportaciones mexicanas se dirigen al vecino del norte. El margen de maniobra económico es, por tanto, estrecho: cualquier represalia arancelaria impactaría de lleno en automoción, manufacturas y agroexportaciones.
Sheinbaum ha respondido con un equilibrio medido: “México no pondrá en riesgo la relación comercial con Estados Unidos”, ha dicho, mientras denuncia que “no se puede ahorcar así a un pueblo, es muy injusto” en referencia al bloqueo energético sobre Cuba.
El puente aéreo se sitúa justo en ese filo: lo bastante visible para hacer valer una política exterior soberana; lo bastante ambiguo como para defender que no viola literalmente el decreto centrado en el petróleo crudo. Washington, sin embargo, puede interpretar la maniobra como un intento de eludir el espíritu de las sanciones.
Riesgos económicos para México si se tensa la cuerda
El cálculo no es menor. Según datos oficiales y de organismos privados, alrededor del 82-84% de las exportaciones mexicanas no petroleras se destinan al mercado estadounidense, que ha convertido al país en su principal socio comercial por delante de China y Canadá. Cualquier respuesta arancelaria ligada a Cuba llegaría en un momento de fuerte dependencia del ciclo industrial y del consumidor estadounidense.
El decreto de Washington no fija aún porcentajes concretos de arancel, pero abre la puerta a penalizaciones selectivas sobre sectores clave: automoción, acero, agroalimentario. En una economía donde los autos, sus componentes y otros bienes manufacturados suponen casi el 90% de las exportaciones, el margen para “encajar el golpe” es limitado.
Además, el país llega a este pulso con una Pemex endeudada y en declive productivo, que ha visto cómo sus envíos totales de crudo caían mientras se incrementaban los volúmenes destinados a la isla por motivos políticos y simbólicos. Si a esa ecuación se suman posibles tarifas estadounidenses, el riesgo de que la factura cubana termine pagándose en empleo y crecimiento internos es evidente.
El diagnóstico es inequívoco: el puente aéreo es barato en términos de infraestructura —basta con usar aeropuertos ya operativos—, pero puede resultar carísimo en capital diplomático y en acceso privilegiado al mercado del norte.
El cálculo interno: Morena, Pemex y la herencia de AMLO
La apuesta por Cuba no nace con Sheinbaum. La relación estrecha con La Habana, la crítica al embargo y el envío de combustibles se remontan a gobiernos anteriores, y se intensificaron durante el sexenio de López Obrador, cuando se reactivaron envíos de crudo a través de filiales como Gasolinas del Bienestar.
En ese marco, la presidenta no solo responde a un impulso personal, sino también a las expectativas de una base de Morena que ve en Cuba un símbolo histórico de resistencia y en la política exterior mexicana un terreno para diferenciarse tanto de la oposición interna como de los vecinos del norte.
Al mismo tiempo, las tensiones con Washington obligan a modular el gesto. De ahí la insistencia en fórmulas intermedias: “ayuda humanitaria” en vez de acuerdos petroleros explícitos, pausa de cargamentos de crudo mientras se mantiene el envío de alimentos y, ahora, un puente aéreo condicionado a que La Habana lo solicite formalmente.
Internamente, la narrativa oficial subraya que los envíos de petróleo representan menos del 1% de la producción mexicana y que el coste presupuestario es asumible frente al valor simbólico de la solidaridad. Pero con una empresa estatal presionada por la deuda y las necesidades de inversión, y un crecimiento que se enfría, no pocos economistas advierten de que la política hacia Cuba se está convirtiendo en un lujo estratégico que México quizá no pueda permitirse indefinidamente.
¿Humanitarismo genuino o desafío geopolítico encubierto?
El Gobierno mexicano insiste en que su prioridad es el pueblo cubano, no el régimen. Las imágenes de buques militares desembarcando sacos de arroz y leche en polvo encajan con ese relato, al igual que la idea de garantizar que los vuelos humanitarios y turísticos no queden varados por falta de turbosina.
Sin embargo, para buena parte de la diplomacia occidental, el paquete completo —petróleo, alimentos, puente aéreo— equivale, en la práctica, a oxígeno político y financiero para La Habana en el peor momento de su crisis desde el “Período Especial” de los años noventa. Que estas medidas se adopten justo cuando el presidente estadounidense intenta provocar una implosión económica acelerando la carestía de combustibles añade un claro componente de desafío.
La propia ONU ha advertido que las sanciones unilaterales de Washington violan el derecho internacional y golpean de forma desproporcionada a los más vulnerables, pero también ha recordado a las autoridades cubanas su obligación de respetar derechos básicos como la libertad de expresión y manifestación. En medio, México intenta ocupar el espacio de “potencia media responsable”: critica el bloqueo, asiste a la población cubana y, a la vez, evita pronunciarse sobre el carácter autoritario del régimen.
La iniciativa del puente aéreo, en ese sentido, es un gesto de alto valor simbólico: un “puente” que salva a la población… y también al sistema político que la gobierna. La frontera entre una cosa y otra es cada vez más difícil de sostener.
Lo único seguro, por ahora, es que el anuncio del puente aéreo ha movido ficha en el tablero más sensible de la geopolítica hemisférica. Y que, una vez más, la política de Cuba se juega tanto en La Habana como en los despachos de Ciudad de México y Washington.