Covadonga Torres

El conflicto de Irán entre Washington, Moscú y Pekín: un tablero geopolítico en plena redefinición

Covadonga Torres analizando la guerra de Irán en el estudio de Negocios TV, con mapas geopolíticos y gráficos en segundo plano.
Covadonga Torres, experta en inteligencia artificial y profesora universitaria, analiza el conflicto en Irán y cómo Rusia, China y Estados Unidos se disputan la influencia global en un escenario de guerra y reconfiguración geopolítica. Europa, atrapada entre contradicciones, juega un papel incierto mientras la guerra busca un vencedor claro.

Con el Estrecho de Ormuz bajo máxima presión —por donde circula el equivalente a 20 millones de barriles diarios y cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos—, el conflicto deja de ser regional para convertirse en palanca económica global.
En Washington, el debate ya no es solo militar: la Cámara de Representantes ha rechazado por 212-219 limitar las hostilidades, consolidando el choque como una cuestión doméstica y de poder.
En paralelo, la presión energética y el pulso diplomático dibujan un escenario sin grises: o Estados Unidos impone un cierre favorable o Rusia y China capitalizan el desgaste.
La consecuencia es clara: el tablero se fragmenta, y cada movimiento tiene coste en inflación, alianzas y credibilidad.
Lo que ocurra en Irán no terminará en Teherán; terminará en Bruselas, en Pekín y en las urnas estadounidenses.

La guerra en Irán se ha convertido en una prueba de autoridad presidencial y de cohesión institucional. No es un matiz menor: cuando el frente exterior se mezcla con el calendario interior, la estrategia se vuelve más rígida y los márgenes para negociar se estrechan. El voto en la Cámara —212-219— que tumbó una resolución para frenar las hostilidades es un síntoma de esa dinámica: el Congreso mira, debate… pero no corta el cable.

En este contexto, la narrativa de “salida ordenada” pierde peso frente a la lógica de la victoria. La Casa Blanca ha elevado el listón retórico hasta hablar de condiciones máximas, como la exigencia de “rendición incondicional” que ha circulado en declaraciones públicas y cobertura internacional.

Lo más grave es que el conflicto añade fricción con aliados tradicionales del Golfo, que se quejan de falta de coordinación y de quedar expuestos a represalias. Ese desgaste lateral no suele aparecer en los mapas de batalla, pero sí en la sostenibilidad del esfuerzo: sin confianza regional, la campaña se encarece y se vuelve más impredecible.

Rusia: la guerra por intermediación como manual de desgaste

Moscú no necesita liderar el conflicto para beneficiarse de él. Le basta con empujar, filtrar, asesorar o sincronizar intereses. La tesis —cada vez más extendida en círculos de seguridad— es que Rusia ve en Irán un multiplicador: un foco que obliga a Washington a dividir atención, recursos y capital político. Y ahí aparece el espejo ucraniano: el conflicto iraní se interpreta como una “segunda pantalla” de una misma competición estratégica.

El método es viejo, pero efectivo: apoyo indirecto, inteligencia, intercambio de tácticas, coordinación de mensajes y, sobre todo, explotación de la incertidumbre. En un mundo donde las guerras se libran también en cadenas logísticas y mercados de energía, Rusia conserva una ventaja estructural: sabe convertir la presión energética en influencia política.

Europa es el ejemplo. Aunque la dependencia rusa se ha reducido desde 2022, la energía sigue siendo un punto de vulnerabilidad psicológica y económica. La estadística lo retrata: Rusia ha bajado peso en el mix europeo, pero aún conserva palancas en segmentos concretos —como el LNG— que pueden tensionar precios y discursos.

El diagnóstico es inequívoco: para Moscú, Irán no es un aliado perfecto; es un instrumento útil.

China: socio silencioso, beneficiario estratégico

Pekín juega a otra velocidad. No suele apostar por la exposición militar directa, pero sí por el beneficio neto: energía, comercio, estabilidad de suministros y construcción de un orden alternativo donde Occidente ya no fija solo las reglas. Y aquí Ormuz vuelve a ser clave: según la Agencia Internacional de la Energía, en 2025 pasaron por el estrecho cerca de 15 millones de barriles diarios de crudo, casi el 34% del comercio mundial de crudo, con la mayoría destinada a Asia.

El dato más revelador es otro: China e India recibieron conjuntamente el 44% de esas exportaciones. Este hecho revela por qué Pekín no necesita bombardear para estar en la partida: le basta con colocar su peso económico como amortiguador o como amenaza. Si el flujo se corta, China sufre; si el flujo continúa bajo tensión, China puede negociar mejor, diversificar proveedores y reforzar su papel como comprador decisivo.

Además, un Washington concentrado en Oriente Medio es un Washington con menos margen para endurecer simultáneamente frentes tecnológicos, comerciales y de estándares. En un mundo de sanciones y chips, la distracción también cotiza.

Europa atrapada entre valores y energía

Europa aparece como actor imprescindible y, a la vez, desorientado. Proclama principios, condena excesos, llama a la desescalada… pero termina alineándose con decisiones que refuerzan un bando u otro por pura aritmética estratégica. El problema es que esa ambigüedad se paga. Y se paga en dos monedas: seguridad y factura energética.

Los datos muestran avances, pero también límites. Eurostat refleja que la cuota rusa en importaciones europeas de LNG ha caído del 21% (2021) al 16% (2025), mientras Estados Unidos sube hasta el 53%. Es una mejora evidente, pero no equivale a inmunidad: el gas y el petróleo se fijan en mercados globales y, cuando hay shock, el precio viaja más rápido que los comunicados.

En petróleo, el giro ha sido aún más abrupto: tras sanciones y embargo, la cuota rusa en algunos productos energéticos importados por la UE llegó a caer al 3,2% en el primer trimestre de 2023. Sin embargo, el contraste con otras regiones resulta demoledor: aunque Europa reciba solo una fracción del crudo de Ormuz, su economía sigue siendo extremadamente sensible al precio marginal del barril.

Ormuz: cuando una ruta vale más que un ejército

El Estrecho de Ormuz no es una línea azul en un mapa; es un mecanismo de transmisión de crisis. La Administración de Información Energética de EE UU estima que en 2024 el flujo medio fue de 20 millones de barriles diarios, equivalente a alrededor del 20% del consumo global de líquidos petrolíferos. Es decir: una interrupción prolongada no solo encarece el crudo; reordena inflación, tipos de interés y balances corporativos.

La IEA añade una capa crítica: en 2025, por Ormuz pasó casi el 34% del comercio mundial de crudo, pero solo alrededor del 4% de esos flujos se enrutó hacia Europa. Y aun así, Europa paga el golpe, porque el mercado de energía no entiende de fronteras políticas: entiende de riesgo, seguros, fletes y prima de escasez.

La lección del pasado es clara: basta con que el mercado “crea” que Ormuz está en peligro para que el barril incorpore miedo. Y el miedo es un impuesto transversal: aerolíneas, transporte, industria, agricultura, consumo. El efecto dominó que viene no empieza en una refinería; empieza en la confianza.

La tesis de Covadonga Torres: “no habrá empate”

En este clima, la lectura de Covadonga Torres —profesora en la Universidad Rey Juan Carlos y doctora en inteligencia artificial— introduce un elemento decisivo: la guerra como prueba de sistema, no como choque aislado. Su planteamiento, trasladado al lenguaje del poder, es brutal por su simplicidad: no hay desenlace intermedio que preserve a todos.

“La victoria recaerá claramente en uno de los bandos: o Donald Trump sufre una derrota política y estratégica, o Rusia y China capitalizan esta crisis para ampliar su influencia”, sostiene en sus análisis, subrayando que Irán actúa como espejo de Ucrania: apoyos indirectos, inteligencia compartida, envíos de material, alianzas con agendas propias.

Este enfoque descompone el conflicto en dos planos. El primero, visible: ataques, defensa aérea, control territorial. El segundo, decisivo: credibilidad, coaliciones, capacidad de sostener el pulso y de imponer un relato final. En esa dimensión, perder no es solo retroceder; es invitar a que el resto del mundo pruebe límites. Y ahí aparece el cambio de era: un sistema donde cada actor calcula cuánto cuesta desafiar a Estados Unidos… y cuántas oportunidades ofrece hacerlo.