El analista Eduardo Irastorza desglosa la ofensiva militar combinada de Israel y EE.UU. contra Irán, destacando su naturaleza estratégica y las capacidades militares de Irán que pueden alterar la estabilidad regional y poner en riesgo a Europa. Un análisis que expone la complejidad y riesgos de un conflicto que va más allá de una simple confrontación.
La movilización militar de Estados Unidos en Oriente Medio ha dejado de ser una maniobra de disuasión para convertirse en una campaña de aniquilación operativa sin precedentes. Con el despliegue coordinado de más de 300 aeronaves de combate y dos grupos de portaaviones, Washington ha cruzado el Rubicón de la diplomacia para abrazar la doctrina del cambio de régimen, buscando desarraigar de forma definitiva a la cúpula del poder en Teherán. Sin embargo, la sofisticación del arsenal iraní, que cuenta con misiles hipersónicos de última generación y una capacidad de producción de drones que domina el 20% del mercado global de insurgencia, sitúa a los aliados occidentales ante un escenario de vulnerabilidad absoluta. El diagnóstico del analista geopolítico Eduardo Irastorza es demoledor: la guerra total en el Golfo ya no es una crisis regional, sino un incendio geopolítico que coloca a las capitales europeas en el radio de acción de una amenaza balística hoy por hoy imparable para los sistemas defensivos actuales.
La actual escalada militar en Oriente Medio ha roto con los esquemas de los conflictos relámpago que caracterizaron la última década. Lo que distingue a esta ofensiva de la recordada como la «guerra de los 12 días» no es solo la virulencia de los ataques, sino una estrategia de persistencia calculada que busca resultados estructurales. Eduardo Irastorza subraya que ya no nos encontramos ante un ciclo de provocación y represalia limitada; el objetivo declarado de Washington e Israel es la extirpación quirúrgica del régimen de los ayatolás. Este hecho revela que la Administración Trump ha decidido que el coste de la convivencia con una Irán nuclear es superior al riesgo de una conflagración abierta.
La consecuencia es un escenario de guerra de alta intensidad que no admite una salida diplomática convencional. Al fijar un horizonte de capitulación total, Estados Unidos ha eliminado las «vías de escape» que permitieron desescalar crisis anteriores. El diagnóstico de Irastorza es inequívoco: nos asomamos a un conflicto que, por su diseño, está destinado a ser prolongado y destructivo, desafiando la capacidad logística de una Alianza Atlántica que ya se encuentra tensionada por el frente ucraniano. El contraste con las escaramuzas del pasado resulta demoledor; esta vez, el objetivo no es castigar, sino sustituir la arquitectura de poder en el corazón de Persia.
La quimera del cambio de régimen forzado
Washington ha dejado traslucir un tono político con una clara vocación de continuidad, vislumbrando un nuevo tablero global donde Irán deje de ser el eje de la inestabilidad. Sin embargo, este ambicioso plan de ingeniería geopolítica conlleva un riesgo político enorme. El analista advierte de que intentar desarraigar a un régimen con tal arraigo en las estructuras militares y religiosas sin una hoja de ruta para el «día después» podría desestabilizar de forma irreversible a los aliados regionales moderados. Este hecho revela una temeridad estratégica que prioriza el impacto militar sobre la viabilidad política de la región.
La consecuencia de un fracaso en este objetivo anunciado sería catastrófica para el prestigio de los Estados Unidos. Si la ofensiva no logra descabezar al régimen en las primeras fases, el conflicto arrastrará a la región a un escenario inédito de caos balístico. El diagnóstico de Irastorza señala que la fragmentación de Irán podría derivar en una balcanización de Oriente Medio, donde el control de los hidrocarburos quedaría en manos de facciones radicalizadas e incontrolables. La apuesta de Trump es un «todo o nada» que pone a prueba la resiliencia del sistema financiero internacional, muy sensible a cualquier interrupción en el Estrecho de Ormuz.
El origen de la ineficiencia defensiva
A pesar del despliegue de sistemas de vanguardia como el THAAD y el Patriot, la defensa aérea aliada se enfrenta a una ineficiencia estructural ante la nueva doctrina de ataque iraní. Teherán ha perfeccionado la técnica de la saturación por enjambre, utilizando drones de bajo coste para agotar la munición de los interceptores occidentales, que cuestan hasta 50 veces más por unidad. Este hecho revela una asimetría económica letal: Irán puede lanzar cientos de ataques simultáneos que resultan rentables incluso si solo el 5% logra penetrar el escudo enemigo.
El diagnóstico técnico es preocupante para la seguridad de Israel y las bases estadounidenses en la región. La ineficiencia no reside en la calidad de la tecnología occidental, sino en su incapacidad para gestionar la masa crítica de proyectiles que un fabricante masivo como Irán puede poner en el aire. La consecuencia es un desgaste acelerado de los recursos defensivos, dejando infraestructuras críticas expuestas tras las primeras oleadas de combate. Según Irastorza, el sistema de supervisión y control ha fallado al no prever que la democratización de la tecnología de drones anularía la ventaja de los sistemas antimisiles convencionales.
Drones y saturación: la economía de la destrucción
Irán no es solo una potencia regional; es uno de los principales fabricantes mundiales de drones, un sector donde ha logrado una autonomía técnica que le permite operar con independencia de los mercados internacionales. Sus dispositivos, probados con éxito en múltiples escenarios de conflicto, están diseñados para la saturación total. Este hecho revela que la guerra de 2026 se libra en los balances de las fábricas tanto como en el campo de batalla. La capacidad de Teherán para reponer sus unidades de ataque aéreo es, a día de hoy, superior a la capacidad de Occidente para fabricar misiles interceptores.
La consecuencia económica de esta asimetría es un incremento exponencial del coste de la defensa para Estados Unidos. «No se puede ganar una guerra de desgaste donde cada defensa cuesta un millón de dólares y cada ataque apenas diez mil», señalan fuentes expertas en logística militar. El diagnóstico de Irastorza apunta a que la economía de la destrucción favorece hoy al bloque persa, obligando a Washington a una escalada ofensiva desesperada para intentar destruir los centros de producción antes de que los enjambres inmovilicen su flota en el Golfo.
La amenaza invisible de los misiles hipersónicos
Si los drones representan la amenaza por volumen, los misiles hipersónicos de Irán suponen el reto de la velocidad absoluta. Estos proyectiles, capaces de viajar a más de cinco veces la velocidad del sonido, han demostrado ser esquivos para los sistemas de radar actuales. Este hecho revela un salto cualitativo en la capacidad de Irán para penetrar defensas y producir daños letales en objetivos estratégicos con una rapidez que anula cualquier protocolo de evacuación. La cúpula de hierro de Israel, que ya mostró fisuras en el pasado ante ataques masivos, se enfrenta ahora a un vector que simplemente no puede rastrear con precisión.
El diagnóstico de los analistas de defensa es alarmante: los misiles hipersónicos de Teherán han invalidado la arquitectura de seguridad del Golfo. La consecuencia es que ningún portaaviones o base aérea estadounidense puede considerarse un lugar seguro. Irastorza enfatiza que el riesgo de un error de cálculo o de una interceptación fallida es hoy más alto que nunca, ya que un solo impacto hipersónico en un objetivo de alto valor podría forzar una respuesta nuclear, situando al planeta en el umbral de la Tercera Guerra Mundial.
Hizbulá y el efecto dominó en el Levante
La posible intervención de Hizbulá desde el sur del Líbano es la variable que podría transformar una guerra centralizada en un incendio regional incontrolable. La milicia proiraní posee un arsenal estimado de 150.000 cohetes, muchos de ellos guiados por GPS, lo que significaría expandir el frente de batalla de forma masiva. Este hecho revela que Irán cuenta con un «seguro de vida» estratégico: si el régimen de Teherán es atacado en su corazón, sus proxies incendiarán las fronteras de Israel.
La consecuencia de esta apertura de frentes simultáneos sería una parálisis total de la economía en el Mediterráneo oriental. El diagnóstico de Irastorza sugiere que nos encontramos ante la hipótesis de una ampliación del conflicto hacia Yemen y Siria, donde la reactivación de los hutíes podría cerrar definitivamente el tráfico comercial por el Mar Rojo. Este efecto dominó es la mayor amenaza para el equilibrio global, ya que obligaría a las potencias a elegir entre la intervención total o la aceptación de un colapso sistémico del comercio mundial.
Europa en la diana del arsenal persa
Quizás el dato más inquietante del análisis de Eduardo Irastorza es la advertencia sobre el alcance de los misiles iraníes. Con una autonomía de vuelo que ya supera los 2.500 kilómetros, la tecnología de Teherán tiene a las principales capitales europeas dentro de su rango operativo. Este hecho revela que Europa ya no es una observadora lejana de la crisis del Golfo, sino una víctima potencial. Los sistemas de defensa europeos, centrados históricamente en la amenaza rusa, se encuentran hoy desprotegidos ante la trayectoria y velocidad de los proyectiles persas.
«Estamos frente a una amenaza directa para el continente que Bruselas prefiere ignorar en sus discursos oficiales», sentencia el analista. La consecuencia de este desequilibrio es una vulnerabilidad extrema del flanco sur de la OTAN. El diagnóstico para 2026 es el de un continente que ha subestimado la capacidad técnica de Irán, permitiendo que la proliferación de misiles de largo alcance convierta a las ciudades europeas en rehenes de una negociación en la que apenas tienen voz. La ineficiencia de la defensa antiaérea europea es hoy el mayor agujero negro de la seguridad continental.