Corea del Sur se juega el mando en guerra en una cita clave

Corea del Sur Foto de Daniel Bernard en Unsplash

Ahn Gyu-back se verá con Pete Hegseth el 11 de mayo de 2026 para negociar el traspaso del OPCON, los submarinos nucleares y el nuevo reparto de cargas en la alianza.

Seúl vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que lleva décadas enquistada: quién manda en caso de guerra.

El ministro de Defensa, Ahn Gyu-back, aterriza en Washington el domingo 10 de mayo para una visita de cinco días.

El lunes se reunirá con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, con un objetivo político nítido: acelerar el traspaso del control operativo en tiempo de guerra (OPCON).

Y, de paso, calibrar cuánto cuesta hoy la “autonomía” cuando el tablero ya no se limita al paralelo 38.

El pulso del OPCON: soberanía y cadena de mando

El debate sobre el OPCON no es técnico; es institucional. Corea del Sur cedió el control operativo a la estructura liderada por Estados Unidos durante la Guerra de Corea y, aunque recuperó el mando en tiempo de paz en 1994, el mando en guerra sigue en manos estadounidenses.

Ese diseño —con la cadena de mando de la fuerza combinada pivotando sobre un general de Estados Unidos— es el corazón del asunto: capacidad militar y soberanía chocan con la misma crudeza que la disuasión.

Ahn llega a Washington con el argumento de que la transición ya no puede depender de promesas sino de métricas verificables: liderazgo de fuerzas combinadas, capacidades de ataque y defensa aérea, y un entorno regional “conducente” al traspaso.

Un calendario con dos relojes: 2028 frente a 2029

El Gobierno del presidente Lee Jae Myung quiere recuperar el OPCON antes de que termine su mandato en 2030, y el objetivo oficioso apunta a 2028.

Pero Washington no solo mira el calendario político. El comandante de las fuerzas estadounidenses en Corea, el general Xavier Brunson, trasladó al Congreso que el umbral de condiciones podría alcanzarse no más tarde del primer trimestre de 2029.

La fricción no es menor: un año, en disuasión, puede ser una eternidad. Y el asunto se complica porque Seúl aspira a que el calendario quede “cerrado” en foros formales, empezando por la arquitectura de diálogos regulares que desemboca en la reunión ministerial anual.

El precio de la “autonomía”: más gasto y más compromisos

La consecuencia es clara: para mandar, hay que pagar. Corea del Sur ha movido fichas con un incremento del presupuesto de defensa hasta 66,3 billones de wones para 2026 (unos 47.400 millones de dólares), en una senda de modernización que busca elevar el esfuerzo hacia el 3,5% del PIB en 2035.

Ese aumento no es solo un mensaje a Pyongyang; también es una señal a Washington en pleno debate sobre el reparto de cargas.

Además, el acuerdo de financiación de tropas pactó un alza inicial del 8,3% en 2026 para el sostenimiento de la presencia estadounidense.

Más soberanía exige más caja, y el margen fiscal no es infinito.

Submarinos nucleares: la carta industrial que aún no arranca

En la mochila de Ahn hay otra pieza de alto voltaje: el programa para submarinos de propulsión nuclear con apoyo estadounidense. El propio entorno gubernamental admite que hay poco progreso desde que se diera luz verde política en octubre de 2025.

El matiz es importante: el anuncio es geopolítica; la ejecución es ingeniería, combustible y regulación. Sin acuerdos operativos —y sin una definición clara de transferencia tecnológica— el proyecto se queda en titular.

Aquí emerge la dimensión económica: el programa promete tracción sobre cadenas de suministro navales, mantenimiento avanzado y una industria de defensa que Seúl quiere convertir en palanca exportadora. Pero también eleva la sensibilidad regional frente a China y complica cualquier discurso de desescalada con Corea del Norte.

Hormuz y el tablero global: el peaje de ser aliado “global”

La visita llega, además, con una exigencia incómoda sobre la mesa: el apoyo a la reapertura del Estrecho de Ormuz tras su bloqueo en el contexto de una escalada entre Estados Unidos e Irán.

Washington impulsa una coalición para garantizar la navegación en una arteria energética crítica.

Y Hegseth ya ha reprochado públicamente a aliados, incluida Corea del Sur, su falta de implicación.

En Washington, el debate no será ideológico: será contable, operativo y de calendario; quién manda, cuándo y a qué precio.

Porque el salto de aliado regional a socio global tiene factura: riesgo militar, desgaste político y un inevitable choque entre prioridades industriales y prudencia estratégica.

Inteligencia, filtraciones y confianza: la factura silenciosa

Hay un último punto que explica por qué Ahn no viaja solo a “hablar de capacidades”: la confianza. Se mencionan restricciones en el intercambio de inteligencia tras una revelación pública que Washington atribuye a información compartida sobre una instalación de enriquecimiento de uranio en Kusong (Corea del Norte).

Ese tipo de fricciones no suele llegar a los comunicados finales, pero condiciona todo lo demás: desde la verificación de hitos del OPCON hasta la integración convencional-nuclear y el acceso a datos sensibles en plena escalada de amenazas norcoreanas.

En paralelo, Ahn prevé reuniones con responsables de la Marina y con comités clave del Senado, una señal de que Seúl busca anclar la agenda también en el poder legislativo estadounidense.