Las fragilidades de España, el gigante chino endeudado y el modelo privado estadounidense dibujan un mapa de riesgos crecientes en la economía global

Daniel Lacalle analiza las tensiones económicas globales: España, China y Estados Unidos bajo la lupa

Daniel Lacalle analiza las tensiones económicas globales: España, China y Estados Unidos bajo la lupa

La economía mundial, advierte Daniel Lacalle, camina sobre una cuerda floja cada vez más tensa. En un extremo, España ve cómo su capacidad para crear empresas se desinfla hasta niveles que el economista califica de casi ridículos. En el otro, China sostiene su crecimiento sobre una montaña de deuda cada vez menos eficiente, con un sector inmobiliario al borde del colapso permanente. Frente a ambos, Estados Unidos presenta el contraste: un sector privado que ha sabido capitalizar las políticas proempresa de los últimos años, especialmente bajo la presidencia de Donald Trump. El resultado es un tablero geoeconómico lleno de contradicciones. España apenas logra levantar compañías nuevas, China crece a golpe de crédito improductivo y EEUU refuerza su músculo privado. Lo más relevante, según Lacalle, no es el retrato estático, sino las consecuencias: inversión que no llega, deuda que se acumula y ciudadanos que acaban pagando los errores de diseño. La pregunta de fondo es clara: ¿qué modelo saldrá mejor parado cuando la cuerda deje de aguantar?

Un tablero global bajo tensión permanente

Para Lacalle, el momento actual no es una crisis aislada, sino la suma de varias tensiones que se retroalimentan. La economía mundial vive una fase en la que los grandes bloques presentan vulnerabilidades propias: España encadena años de debilidad empresarial, China se adentra en una trampa de deuda cada vez más evidente y Estados Unidos se apoya en un sector privado extraordinariamente dinámico, con capacidad de adaptación y atracción de capital.

“No se puede entender el presente sin analizar estos tres focos a la vez”, viene a decir el economista. España ejemplifica el coste de un marco regulatorio poco atractivo, China encarna los límites de un modelo basado en crédito barato y obra pública, y EEUU demuestra lo que puede ocurrir cuando se confía en la iniciativa privada como motor central del crecimiento.

Este triple análisis no es meramente académico. Cada uno de estos modelos condiciona el comercio internacional, los flujos de inversión y la estabilidad financiera. Si España no corrige su estancamiento, atraerá menos empresas y talento. Si China no afronta su deuda, el impacto sobre materias primas y cadenas de suministro será global. Y si EEUU mantiene su ventaja, las asimetrías competitivas se abrirán aún más.

España, un país donde casi no nacen empresas

El diagnóstico de Lacalle sobre España es especialmente duro. Desde 2018, el país muestra un pulso emprendedor extraordinariamente débil. La creación neta de empresas se mueve, según su análisis, en torno a “apenas una nueva sociedad al día”, una cifra que, más allá del impacto mediático, revela un problema estructural: el tejido productivo no se regenera al ritmo que exige una economía avanzada.

El contraste con la retórica oficial es evidente. Mientras los discursos hablan de recuperación, transición digital y oportunidades históricas, la realidad que señala Lacalle es que el número de empresas que cierran o se fusionan prácticamente neutraliza a las que nacen. El país parece atrapado en una especie de empate técnico que, en la práctica, equivale a estancamiento.

Este estancamiento no se mide solo en sociedades mercantiles. Se traduce también en menos empleo privado, menos innovación y menos competencia. “Un país que no ve nacer empresas es un país que, en el fondo, renuncia a mejorar su productividad”, resume, en esencia, Lacalle. La consecuencia es clara: salarios estancados, menor movilidad social y una economía más vulnerable a cualquier shock externo.

Los datos que revelan el estancamiento español

Hay una cifra que Lacalle convierte en símbolo de esta falta de dinamismo: el PIB nominal tendría que crecer unos 138 millones de euros para que nazca una sola empresa neta en España. No se trata de un simple cálculo técnico; es el retrato de un país donde levantar un proyecto productivo nuevo exige una combinación de suerte, paciencia y músculo financiero que muchos potenciales emprendedores no tienen.

En otros términos, el crecimiento agregado de la economía no se traduce de forma natural en nuevas iniciativas empresariales. Lo que debería ser un círculo virtuoso —más PIB, más empresas, más empleo— se rompe por el camino. El propio Lacalle lo conecta con tres factores recurrentes: burocracia asfixiante, costes elevados y un marco legal poco amigable para quien arriesga su capital.

Mientras en otros países europeos la creación de empresas por habitante supera con holgura los niveles españoles, aquí el proceso sigue siendo lento, incierto y caro. El resultado es que la innovación se desplaza a otros entornos más ágiles, y España queda atrapada en sectores maduros con escasa capacidad de arrastre. Este hecho revela una paradoja incómoda: ni siquiera los años de crecimiento han servido para regenerar el tejido productivo.

China, el gigante que se ahoga en su propia deuda

El segundo foco que Lacalle coloca bajo la lupa es China. Durante décadas, el gigante asiático ha sido sinónimo de crecimiento acelerado, inversión masiva y expansión global. Sin embargo, detrás de ese relato se esconde, según el economista, una degradación brutal de la eficiencia del endeudamiento. En los últimos 25 años, lo que antes se conseguía con una unidad de crédito ahora exige hasta cinco veces más apalancamiento.

La aritmética es inquietante: cada yuan adicional de deuda genera menos crecimiento real. El modelo basado en crédito barato, proyectos mastodónticos y gasto público permanente empieza a mostrar sus límites. “No se puede crecer indefinidamente a base de más deuda para obtener cada vez menos resultado”, es la advertencia de fondo.

Este agotamiento del modelo crediticio tiene implicaciones internas y externas. Internamente, compromete la capacidad del país para sostener el empleo y el bienestar sin recurrir a estímulos constantes. Externamente, introduce un factor de inestabilidad en la economía global: si China se ve obligada a ajustar de manera brusca, el impacto sobre exportaciones, inversión y confianza puede ser considerable.

La burbuja inmobiliaria y el viraje del crédito en China

El ejemplo más visible de esta deriva es el sector inmobiliario chino, que acumula años de sobreoferta, promotoras en problemas y proyectos semiparalizados. Lacalle subraya que este es solo el síntoma de una enfermedad más profunda: la tendencia a dirigir el crédito hacia actividades poco productivas, amparadas por el Estado, en lugar de hacia el sector privado innovador.

En paralelo, se ha producido un desplazamiento del crédito desde el tejido empresarial privado hacia el gasto público, con especial peso de infraestructuras de dudosa rentabilidad y empresas estatales con baja eficiencia. El resultado es un consumo interno más débil, una inversión privada retraída y un sistema financiero obligado a refinanciar, una y otra vez, proyectos que no generan caja suficiente.

La opacidad agrava el problema. Admitir abiertamente la gravedad de la situación podría disparar el pánico y encarecer aún más la financiación. Pero prolongar la ficción tiene un coste: “cada trimestre que se pospone el ajuste, la factura futura crece”. Para el resto del mundo, la cuestión no es si China tiene problemas, sino cómo y cuándo los gestionará, y hasta qué punto esa gestión arrastrará a sus socios comerciales.

EEUU: menos intervencionismo y músculo privado

En este triángulo, Estados Unidos aparece como el contrapunto. Lacalle destaca que, durante la presidencia de Donald Trump, el sector privado estadounidense vivió un ciclo de notable dinamismo, apoyado en rebajas fiscales, desregulación selectiva y un discurso claramente favorable a la empresa. Sin idealizar el modelo, el economista subraya que la clave estuvo en la confianza: inversionistas y compañías percibieron un entorno más previsible y amigable para hacer negocios.

Ese impulso se tradujo en un auge empresarial visible en inversión, empleo privado y beneficios corporativos, especialmente en sectores tecnológicos, energéticos e industriales. A diferencia de otros modelos más centrados en el gasto público, EEUU reforzó la idea de que el crecimiento sostenible nace de la capacidad del sector privado para innovar, exportar y asumir riesgos.

La consecuencia es un tejido productivo extremadamente flexible, capaz de ajustar rápido, absorber shocks y atraer capital internacional incluso en momentos de incertidumbre. Lacalle plantea así una lección incómoda para otros países: cuando el Estado se limita a fijar reglas claras y no invade el espacio del empresario, el crecimiento tiende a ser más sólido.

Tres modelos enfrentados y un mismo riesgo global

España, China y Estados Unidos representan, en el análisis de Lacalle, tres formas distintas de gestionar la relación entre Estado, empresa y deuda. España combina un peso elevado de lo público con un entorno poco estimulante para el emprendimiento. China apuesta por el control estatal y el crédito masivo como palanca de desarrollo. EEUU, por el contrario, se apoya en la libertad económica y en la fortaleza del sector privado.

Sin embargo, ninguno de estos modelos está exento de riesgos. España puede quedar atrapada en un equilibrio de bajo crecimiento, con pocas empresas nuevas y un empleo de baja productividad. China puede verse obligada a afrontar una dolorosa purga de deuda, con consecuencias sociales y financieras de gran alcance. EEUU, por su parte, depende de que su apuesta por el mercado no derive en desequilibrios financieros o burbujas excesivas.

Lo más grave, subraya Lacalle, es que las decisiones de cada uno de estos bloques acaban impactando en el resto: en las cadenas de suministro, en los precios de la energía, en la disponibilidad de crédito y en la confianza de los inversores globales. La interdependencia convierte cualquier error en un problema compartido.

Lecciones para España en un ciclo incierto

¿Qué puede extraer España de este análisis cruzado? Para Lacalle, la primera conclusión es obvia: sin un sector privado fuerte, no hay crecimiento sostenible. Copiar los excesos de deuda de China sería suicida; resignarse al estancamiento actual, igualmente peligroso. La salida pasa por lo que el economista lleva años defendiendo: menos trabas, menos burocracia y un marco fiscal que deje de penalizar a quien arriesga su capital.

Si España aspira a dejar de ser el ejemplo de “apenas una empresa neta al día”, necesita un giro profundo en su política económica y regulatoria. Esto implica revisar costes laborales no salariales, simplificar procedimientos, ofrecer seguridad jurídica y evitar mensajes políticos que demonizan al empresario. La alternativa es seguir viendo cómo el talento y la inversión eligen otras jurisdicciones más predecibles.

En un mundo donde China lidia con sus propias grietas de deuda y EEUU explota la ventaja de su sector privado, España no puede permitirse seguir en la cuerda floja sin red. El diagnóstico es inequívoco: o se refuerza el tejido empresarial, o la próxima crisis global encontrará al país todavía más débil y dependiente.