Deutsche Bank señala a China como la gran ganadora de la nueva guerra energética

China Foto de Dominic Kurniawan Suryaputra en unsplash

Deutsche Bank sostiene que la nueva era de volatilidad en petróleo y gas favorece a Pekín porque llega al shock con más electrificación, más músculo fabril y una posición dominante en solar y baterías.

China invirtió más de 625.000 millones de dólares en energía limpia en 2024, alcanzó su objetivo de capacidad eólica y solar para 2030 seis años antes de plazo y ha llevado la electricidad al 28% de su consumo final, claramente por encima de Estados Unidos (22%) y la Unión Europea (21%). En paralelo, el 38% de su electricidad ya procede de fuentes bajas en carbono y el coche eléctrico se encamina a representar el 60% de las ventas en 2025. Lo relevante no es solo que China produzca energía distinta. Lo decisivo es que, en plena sacudida geopolítica, también fabrica buena parte de las tecnologías que el resto del mundo necesita para dejar de depender del crudo.

No gana el petróleo, gana la electrificación

La tesis de Deutsche Bank no dice que China sea inmune al desorden energético. Dice algo más incómodo para Occidente: que el país ha cambiado antes que otros la arquitectura de su demanda. “China is the winner in this war from an economic standpoint, from an energy mix standpoint”, resumió Jacky Tang, responsable de inversión en emergentes de la banca privada del banco alemán. La clave está en que el petróleo y el gas tienen hoy un peso relativamente menor en su sistema eléctrico, mientras que la electrificación gana terreno en industria, transporte y consumo final. Ese desplazamiento reduce la sensibilidad del país a un encarecimiento brusco del barril y convierte cada repunte del riesgo geopolítico en un argumento adicional a favor de la transición. La consecuencia es clara: en un mundo que busca seguridad energética, el país que más avanza en electrificación parte con ventaja competitiva.

La fábrica mundial del nuevo sistema energético

Lo verdaderamente disruptivo no está solo en la demanda, sino en la oferta industrial. China concentra más del 80% de la capacidad de fabricación en todas las fases de la cadena solar y también produce más del 80% de las baterías mundiales en 2025. Además, el país ha invertido más de 50.000 millones de dólares en capacidad solar en la última década y alberga a los diez principales proveedores de equipos de fabricación fotovoltaica. Es decir, cuando Japón, Corea, India o Europa aceleran sus planes para diversificar su matriz energética, buena parte del equipamiento acaba saliendo de factorías chinas. Este hecho revela un cambio profundo: el poder ya no reside solo en controlar pozos, rutas marítimas o terminales de gas, sino en dominar la cadena industrial que permite sustituirlos. Y ahí el contraste con otras economías resulta demoledor.

Un colchón interno construido a base de escala

Esa ventaja no se ha improvisado. En 2024, China no solo disparó su inversión limpia, sino que consolidó una infraestructura capaz de absorberla: redes, almacenamiento y digitalización. La IEA subraya que la electricidad ya representa el 28% del consumo final y que, entre 2022 y 2024, la industria explicó casi la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica. Más aún: la fabricación de paneles, baterías y vehículos eléctricos consumió en 2024 más de 300 TWh, un volumen comparable al consumo anual de Italia. La lectura económica es importante. Pekín no solo ha creado campeones exportadores; ha levantado un mercado interior gigantesco que permite escalar, abaratar costes y depurar tecnología a una velocidad muy difícil de replicar. Lo más grave para sus competidores es que ese círculo virtuoso se activa precisamente cuando el resto del mundo vuelve a descubrir que la dependencia fósil sale cara.

Hormuz sigue siendo el punto débil

Ahora bien, el diagnóstico sería incompleto sin el reverso de la historia. China sigue siendo vulnerable porque continúa siendo una gran importadora de crudo y porque la guerra ha reabierto el riesgo sobre el estrecho de Ormuz, por donde en 2024 y el primer trimestre de 2025 pasó más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del consumo global de petróleo y productos petrolíferos. La IEA añade que por esa ruta transitaron en 2025 casi 15 millones de barriles diarios de crudo, equivalentes al 34% del comercio mundial de crudo, con Asia como principal destino. Bruegel habla de una “prueba severa” para la estrategia energética china. Es decir, Pekín no está blindado; simplemente llega mejor preparado que otros a un shock que sigue siendo peligrosísimo.

Asia entra en una recalibración forzosa

La segunda derivada es geoeconómica. Según la propia lectura de Deutsche Bank, Japón, Corea e India tienen ahora más incentivos para diversificar su mezcla energética, y esa diversificación requerirá importaciones masivas de tecnología. En otras palabras, la guerra no solo encarece el viejo sistema; también acelera la demanda del nuevo. Ahí China juega con ventaja porque el coche eléctrico, el almacenamiento, la solar y parte de la red inteligente ya forman una base manufacturera integrada. La IEA prevé que en 2025 los eléctricos rocen el 60% de las ventas de automóviles en China, frente al 25% en Europa y el 11% en Estados Unidos. Esa diferencia de escala termina trasladándose a precios, márgenes y capacidad exportadora. El resultado es que el shock bélico puede funcionar como catalizador de una reasignación industrial en Asia en la que Pekín venda tanto el hardware como buena parte de la financiación y la logística asociadas.

Europa vuelve a llegar tarde

Europa entiende bien el coste de depender de materias primas que no controla, pero sigue sin haber resuelto la dimensión industrial de la transición. Bruegel advierte de que una duplicación del precio del gas añadiría alrededor de 100.000 millones de euros a la factura europea en los próximos doce meses, después de que la UE gastara 117.000 millones en importaciones de gas en 2025. Al mismo tiempo, la cadena de valor de baterías y componentes sigue dependiendo de Asia, y en especial de China. El diagnóstico es inequívoco: Bruselas puede acelerar renovables, pero si no consolida fabricación propia acabará sustituyendo una dependencia por otra. La guerra actual vuelve a ponerlo sobre la mesa. Mientras China vende paneles, baterías y vehículos, Europa corre el riesgo de limitarse a comprar seguridad energética al por mayor, una posición mucho menos rentable y mucho más frágil.

No todas las empresas chinas saldrán ganando

Hay, además, una última advertencia que suele perderse entre titulares grandilocuentes. Que China sea la gran beneficiada no significa que todas sus compañías vayan a prosperar. Deutsche Bank reconoce que la competencia doméstica sigue siendo feroz, que la sobrecapacidad ha deteriorado márgenes en sectores como la solar y que los ganadores serán las firmas con balances sólidos, menor endeudamiento y verdadera capacidad de fijación de precios. Esa selección natural ya está en marcha. De hecho, el banco evita una sobreponderación agresiva del sector por la volatilidad. El mensaje es sofisticado: el nuevo ciclo de guerra y energía puede reforzar a China como sistema económico, pero dentro del país abrirá una criba empresarial. Sobrevivirán quienes puedan absorber costes, consolidar mercado y aprovechar la próxima oleada de demanda global. Los demás quedarán atrapados entre la presión de precios y la disciplina financiera.