Dimite el CEO del Foro Económico Mundial por el caso Epstein
La dimisión de Børge Brende como presidente y consejero delegado del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) supone el golpe reputacional más serio para Davos desde la crisis financiera. El dirigente noruego abandona el cargo tras más de ocho años al frente, acorralado por las revelaciones sobre sus contactos con Jeffrey Epstein y por una investigación interna abierta este mismo febrero. Los documentos conocidos como Epstein Files han desmentido su relato inicial y han destapado hasta alrededor de 120 mensajes intercambiados entre 2018 y 2019, además de varias cenas en Nueva York.
Un terremoto reputacional en Davos
Brende, exministro de Asuntos Exteriores de Noruega, llegó a la presidencia ejecutiva del WEF en 2017 para pilotar la transición generacional de Klaus Schwab, fundador del foro. Ocho años después, su salida no se produce por razones estratégicas o de relevo ordenado, sino por el impacto de un escándalo que la organización intentó contener durante semanas y que ha terminado por desbordarla.
El detonante ha sido la publicación por el Departamento de Justicia de Estados Unidos de unos 3,5 millones de páginas de documentación en virtud de la Epstein Files Transparency Act, en las que figura la comunicación de Brende con el financiero condenado por delitos sexuales. A partir de ahí, los medios noruegos han ido desgranando encuentros, mensajes de texto y versiones cambiantes del propio directivo.
Lo más grave no es solo la relación en sí, sino la sensación de opacidad y minimización. En noviembre de 2025, Brende llegó a negar haber tenido contacto con Epstein. Meses después, los documentos muestran mensajes reiterados, bromas de mal gusto sobre terceros y conversaciones sobre Davos. El contraste entre el discurso público del WEF —defensor de la transparencia y la integridad— y la conducta de su máximo ejecutivo resulta demoledor.
Mensajes, cenas y un relato que cambia
Según la reconstrucción realizada por la prensa noruega, Brende conoció a Epstein al menos en tres cenas formales entre 2018 y 2019, una de ellas en Nueva York, invitado por el veterano diplomático Terje Rød-Larsen. Pese a que Epstein fue condenado por abusos a menores en 2008, el entonces presidente del WEF mantuvo el contacto durante meses.
Los documentos apuntan a alrededor de 120 mensajes intercambiados en ese periodo, con conversaciones que van desde comentarios banales hasta referencias a Davos, a reuniones con líderes políticos y a la propia gobernanza global. Brende sostiene ahora que desconocía la verdadera magnitud de los crímenes de Epstein y que solo se trató de un error de juicio. Sin embargo, este relato choca frontalmente con la cobertura mediática y judicial que rodeaba al financiero desde hacía más de una década.
«Subestimé la gravedad del caso y fue un fallo grave por mi parte», viene a admitir en sus explicaciones recientes –si bien sin ofrecer, de momento, un mensaje claro hacia las víctimas. La consecuencia política en Noruega ha sido inmediata: dirigentes de su propio partido califican la relación de «obviamente imprudente» y sectores de la oposición la tildan de «grotesca». El daño para la credibilidad del WEF, sin embargo, va más allá de la política doméstica noruega.
La investigación interna que llegó tarde
La dirección del Foro Económico Mundial anunció a comienzos de febrero la apertura de una investigación independiente para aclarar la relación de su CEO con Epstein. El encargo pretendía ganar tiempo y ofrecer una apariencia de rigor, pero llegaba con retraso: las informaciones llevaban ya días encadenándose en los medios y el goteo de revelaciones hacía inviable una defensa basada en la confianza ciega.
En paralelo, las autoridades suizas examinaban la remuneración de Brende, que habría ascendido a unos 19 millones de coronas noruegas anuales (en torno a 1,6 millones de euros), unos tres millones más que el año anterior. Para una fundación sin ánimo de lucro, exenta de impuestos, la combinación de sueldos elevados, opacidad interna y un escándalo de integridad en la cúpula es explosiva.
Este hecho revela una debilidad de fondo: el WEF pide a gobiernos y empresas que asuman estándares ESG estrictos, pero ha sido incapaz de aplicar los mismos parámetros en su propia gobernanza. La investigación llega tras años de críticas sobre la falta de transparencia en la selección de ponentes, en la relación con grandes corporaciones y en la propia estructura accionarial de la organización. La dimisión de Brende no cierra el expediente, sino que abre la puerta a que los investigadores extiendan su foco a procesos y controles internos.
Klaus Schwab, la ONU y la sombra sobre la élite global
Las revelaciones sobre Brende no solo afectan al WEF, sino al ecosistema institucional que orbitaba a su alrededor. Los documentos publicados señalan que el mismo día en que el Foro firmó en 2019 un acuerdo de colaboración con Naciones Unidas en Nueva York, Brende visitó a Epstein en su residencia, una coincidencia que plantea incómodas preguntas sobre los círculos de influencia en la diplomacia internacional.
Más controvertido aún es que, según parte de esa documentación, Brende habría llegado a fantasear en sus mensajes con la idea de que el Foro Económico Mundial pudiera sustituir a la ONU como espacio central de gobernanza global. En boca del máximo ejecutivo de una organización privada, financiada por grandes empresas, esta pretensión refuerza el argumento de quienes denuncian una captura corporativa de las agendas multilaterales.
Klaus Schwab, fundador del WEF, se ha desmarcado públicamente de su pupilo. Ha negado haber sido informado en 2019 de los contactos con Epstein y ha llegado a plantear acciones legales si se demuestra que se utilizó su nombre para justificar esa relación. El contraste con la imagen cuidadosamente construida de Davos –un lugar donde líderes políticos, empresariales y académicos debaten sobre el “bien común”– es evidente. La pregunta ahora es hasta qué punto otros actores de esa élite global sabían, miraron hacia otro lado o, simplemente, no quisieron hacerse demasiadas preguntas.
El efecto dominó del caso Epstein en la élite económica
La caída de Brende se suma a una larga lista de figuras públicas que han visto sus carreras truncadas por su cercanía, real o percibida, a Jeffrey Epstein. Desde altos ejecutivos hoteleros hasta responsables de fondos soberanos, pasando por académicos de universidades de élite, las Epstein Files están provocando un efecto dominó en despachos y consejos de administración en medio mundo.
En Europa, la onda expansiva ha llegado a casas reales, antiguos ministros y responsables de organismos internacionales. Algunos se han visto obligados a dimitir; otros afrontan investigaciones formales o procesos de revisión interna. El denominador común es la percepción de que, durante años, una parte relevante de la élite global aceptó la proximidad de Epstein –y, con ella, su dinero y su capacidad de abrir puertas– pese a conocer al menos parte de su historial.
En este contexto, la dimisión del máximo responsable del foro de Davos tiene un valor simbólico particular. Si el organismo que presume de fijar la agenda de la “nueva economía” no logra blindarse frente a comportamientos éticamente inaceptables, ¿qué mensaje se envía al resto de compañías y gobiernos? La conclusión para muchos inversores institucionales es nítida: las políticas de compliance y debida diligencia no pueden detenerse en la puerta de los clubes de poder.