¿De dónde saca Rusia los drones? El ejército ucraniano tumbó ayer 212 drones nuevos

Drones Foto de David Algás Oroquieta en Unsplash

La Fuerza Aérea de Ucrania reporta que el ataque nocturno del 31 de mayo se ejecutó con 229 UAVs —incluidos Shahed “tipo ataque” y drones simuladores— y que sus defensas interceptaron y repelieron 212. El titular sería tranquilizador si no viniera con el asterisco: pese al porcentaje de derribo, se registraron 14 impactos en 11 localizaciones. Es la fotografía de una guerra aérea que ya no se juega solo en la precisión, sino en la saturación.

En términos operativos, el volumen cumple dos funciones: obliga a consumir interceptores y, sobre todo, fuerza a elegir qué se protege. En una noche así, incluso “ganando” el intercambio, el defensor paga desgaste: horas de alerta, munición, mantenimiento, reposición de equipos y la fatiga del personal. Y el atacante aprende: qué rutas penetran, qué altitudes funcionan, dónde se abren huecos.

El contraste con fases anteriores del conflicto resulta demoledor: ya no se trata de golpes puntuales, sino de oleadas repetidas para convertir cada madrugada en un cuello de botella.

Shahed y compañía: drones de ataque y drones “de mentira”

El parte ucraniano menciona drones Shahed, además de modelos como Gerbera, Italmas y drones “simuladores” tipo Parody. Ese detalle es clave porque describe una táctica que se ha refinado: mezclar vectores reales con señuelos para que el radar y el operador pierdan tiempo, y para que el sistema antiaéreo tenga que decidir bajo presión. No es solo cantidad: es teatro electrónico.

Los drones simuladores no necesitan destruir nada para ser útiles. Su función es hacer gastar al defensor: activar sirenas, encender radares, lanzar interceptores caros contra objetivos baratos. Es la economía del desgaste llevada al extremo: el atacante intenta que el coste de defender sea mayor que el coste de atacar. Y en ese juego, la guerra se parece cada vez más a una contabilidad cruel.

Aunque Ucrania derribe la mayoría, cada noche se convierte en una factura. La pregunta ya no es “si penetran”, sino “cuánto cuesta impedir que penetren”.

El dron de India que revoluciona su ejército.

Siete direcciones: el mapa como arma

Ucrania afirma que los drones fueron lanzados desde Orel, Kursk, Bryansk, Millerovo, Shatalovo, Primorsko-Akhtarsk y Gvardiyske. Esa lista no es un adorno: es una forma de atacar el sistema nervioso de la defensa aérea. Cuantas más direcciones, más difícil es concentrar fuego, más probabilidades de que un paquete encuentre un corredor sin cobertura perfecta.

Además, la dispersión obliga a mover recursos: radares, unidades móviles, equipos de guerra electrónica y misiles. Es decir, se ataca también la logística interna ucraniana. Si el defensor se concentra, el atacante diversifica. Si el defensor diversifica, el atacante concentra donde duele.

Este hecho revela el objetivo ruso de corto plazo: no “ganar el aire” de golpe, sino erosionarlo. Convertir la defensa antiaérea en una batalla diaria de prioridades, en la que siempre falte algo: un misil aquí, un radar allá, una batería que llega tarde. En esa guerra, la geografía deja de ser frontera y se vuelve patrón de lanzamiento.

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14 impactos en 11 puntos: el coste político del “éxito”

Admitir impactos cuando se anuncia una interceptación masiva es un ejercicio de realismo —y de gestión de expectativas—. 14 drones alcanzando 11 lugares no significa colapso, pero sí demuestra que el sistema no puede ser hermético. Y cada impacto, aunque sea de un dron barato, tiene un rendimiento estratégico: daños en infraestructura, apagones, incendios, interrupción de producción y, sobre todo, presión psicológica sobre ciudades que viven en alerta crónica.

La consecuencia política es doble. Para Kiev, es la obligación de explicar por qué “ganar” en derribos no evita daños. Para Moscú, es la prueba de que la estrategia de saturación funciona: si algo pasa, el mensaje se instala. Y en un conflicto largo, instalar el mensaje puede ser tan importante como destruir un objetivo concreto.

La comparación histórica con los bombardeos de infraestructura en otras guerras europeas es inevitable: no se busca solo destruir, se busca cansar. Convertir la normalidad en excepción.

La guerra de la industria: quién aguanta más noches

El ataque masivo de drones es, en realidad, un choque industrial. Rusia necesita capacidad de producción y suministro para sostener centenares de UAVs por noche. Ucrania necesita interceptores, munición de corto alcance, repuestos, radares, energía para sensores y apoyo de aliados. En ese tablero, la victoria no es una batalla: es una curva de reposición.

Cuando el volumen domina, el defensor tiende a desplazarse hacia soluciones más baratas: guerra electrónica, cañones antiaéreos, munición programable, drones interceptores. No porque sean mejores en todo, sino porque sostienen el ritmo. El atacante, por su parte, intensifica el mix de señuelos y rutas para obligar al defensor a gastar igual.

La consecuencia es clara: el conflicto aéreo se está convirtiendo en una carrera de coste por derribo. Si el coste de parar un dron es demasiado alto, el sistema se agota. Por eso cada parte aprende y adapta: ya no es solo estrategia militar, es economía aplicada a la guerra.

Nada indica que este patrón vaya a aflojar. Al contrario: el uso de drones simuladores junto a drones de ataque sugiere que Moscú busca aumentar el “ruido” para forzar errores y consumir recursos. Kiev, por su parte, reforzará capas: más movilidad, más electrónica, más integración de sensores y una defensa más distribuida para que el golpe no sea decisivo aunque haya impactos.

El riesgo para Ucrania no es un ataque aislado, sino la repetición: todas las noches como examen. El riesgo para Rusia es que el defensor abarate su respuesta y que la saturación pierda rentabilidad. Cuando el coste por derribo baja, el volumen deja de ser ventaja.

Entre ambos, el factor determinante será la resistencia logística: quién repone antes, quién aprende más rápido, quién puede sostener el ritmo sin romper su economía. Porque la guerra aérea ya no se decide en minutos, sino en meses. Y en esa escala, los números —229, 212, 14, 11— son menos un parte y más un aviso de lo que viene.