Dos migrantes muertos: primeras víctimas de la guerra en Arabia Saudí

EPA/FAZRY ISMAIL

La caída de un proyectil sobre un complejo residencial en Al-Kharj abre un nuevo frente de riesgo para el Reino y para los millones de trabajadores extranjeros que sostienen su economía.

La guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel ha roto este domingo la burbuja de seguridad que Arabia Saudí intentaba preservar. Un proyectil militar ha impactado en un complejo residencial de Al-Kharj, al sur de Riad, matando a dos trabajadores migrantes —uno indio y otro bangladesí— y dejando 12 heridos, todos de Bangladesh, según la Defensa Civil saudí.

No son solo las primeras víctimas mortales reconocidas en territorio saudí desde el inicio del conflicto el 28 de febrero; son también el síntoma más claro de que la guerra ha saltado de las bases militares y las infraestructuras estratégicas a los espacios donde viven quienes limpian, mantienen y hacen funcionar el país. La mayoría de los afectados trabajaban para empresas de mantenimiento y limpieza, alojadas en un recinto contiguo a la zona industrial y al área militar de Al-Kharj.

El impacto se produce tras varios días en los que Arabia Saudí venía interceptando drones y misiles dirigidos contra la base aérea de Prince Sultan y otras instalaciones. La consecuencia es clara: el Reino ya no puede presentarse como simple espectador de la ofensiva contra Irán. Y el mercado energético global, altamente tensionado, toma nota.

Un impacto en Al-Kharj que rompe la ‘burbuja’ saudí

Al-Kharj, una ciudad industrial a unos 80 kilómetros de Riad, aloja el complejo de Prince Sultan, una de las bases aéreas más sensibles del país y principal punto de apoyo de los más de 2.300 soldados estadounidenses desplegados en Arabia Saudí. En los últimos días, la defensa saudí había anunciado la interceptación de misiles de crucero y drones en las inmediaciones de la zona, pero hasta ahora no se habían registrado víctimas.

El proyectil de este domingo ha caído sobre un complejo residencial de trabajadores, y no sobre un objetivo estrictamente militar. Según la versión oficial, dos residentes murieron y 12 resultaron heridos; todos los heridos son bangladesíes que vivían en viviendas de empresa, muy cerca de la infraestructura militar.

Aunque Riad evita señalar abiertamente a Teherán, el ataque se inscribe en la campaña de misiles y drones lanzados por Irán contra bases estadounidenses y países del Golfo desde que Washington y Tel Aviv iniciaron su ofensiva conjunta el 28 de febrero, que incluyó la muerte del líder supremo iraní.

“Lo que ayer eran gráficos sobre radares militares hoy se ha convertido en puertas rotas y ventanas reventadas en dormitorios de trabajadores”, resume un consultor de seguridad afincado en Dubái. La frase refleja una realidad incómoda: la línea entre objetivo militar y daño civil se difumina peligrosamente alrededor de los grandes nodos logísticos del Reino.

Del frente iraní-israelí a los patios traseros del Golfo

El impacto en Al-Kharj llega en un momento de escalada acelerada. En apenas nueve días de conflicto, más de 1.200 personas han muerto en Irán, casi 400 en Líbano y se han registrado víctimas en Israel, Emiratos y ahora Arabia Saudí, según recuentos internacionales. Irán ha lanzado oleadas de más de 200 drones y misiles contra bases estadounidenses en Kuwait, Irak y países del Golfo, en respuesta a la campaña aérea de EEUU e Israel.

Hasta ahora, Arabia Saudí había logrado interceptar la mayoría de los proyectiles antes de que alcanzaran sus objetivos, presentándose como un espacio relativamente seguro frente a los ataques que han golpeado infraestructuras energéticas en Qatar, Bahréin o Emiratos. La muerte de dos trabajadores extranjeros dentro de sus fronteras rompe esa narrativa.

Para los socios occidentales, el mensaje es doble. Por un lado, el paraguas defensivo saudí —reforzado con baterías Patriot y sistemas THAAD— demuestra cierto éxito técnico. Por otro, la mera existencia de víctimas prueba que el riesgo ya no es teórico. La región entra así en una fase en la que cualquier error de cálculo puede traducirse en más daños civiles, más presión diplomática y, sobre todo, más volatilidad en los mercados.

Meros daños colaterales: la guerra golpea a la mano de obra migrante

Que las primeras víctimas en Arabia Saudí sean un indio y un bangladesí no es casualidad. El Reino se apoya en una enorme fuerza laboral migrante de bajo salario: más de 2,4 millones de trabajadores indios y unos 2,7 millones de bangladesíes vivían en el país en 2024, según datos oficiales y de prensa especializada.

Solo en 2025, Bangladesh envió a más de 750.000 trabajadores a Arabia Saudí, un 16% más que el año anterior, en plena expansión de los megaproyectos de Visión 2030. Para muchas familias del sur de Asia, el salario saudí es la diferencia entre la pobreza y una clase media incipiente.

“La mayoría de los muertos y heridos en los ataques fuera de Irán son trabajadores migrantes, no ejecutivos ni militares”, apunta un investigador de derechos laborales en la región. Las viviendas de empresa suelen concentrarse junto a fábricas, talleres y, en ocasiones, cerca de infraestructuras críticas, sin refugios antiaéreos ni planes de evacuación comparables a los de los complejos militares.

Lo más grave es que esta vulnerabilidad rara vez se incorpora a la narrativa oficial. Riad condena los ataques por violar el derecho internacional humanitario, pero evita abrir el debate sobre la seguridad de quienes sostienen su industria, sus servicios y, en última instancia, la propia construcción de las nuevas ciudades futuristas del desierto.

Al-Kharj, nodo militar y logístico en el mapa del conflicto

Al-Kharj no es un punto cualquiera en el mapa. Además de su tejido industrial, alberga Prince Sultan Air Base, una instalación clave de la Fuerza Aérea saudí y principal centro de operaciones de las fuerzas estadounidenses en el país.

En los últimos días, el Ministerio de Defensa saudí ha informado de:

  • Interceptación de tres misiles balísticos dirigidos contra la base.
  • Derribo de varios misiles de crucero y drones en el entorno de Al-Kharj.

Esta acumulación de ataques sugiere que el área se ha convertido en objetivo prioritario de Teherán y de las milicias alineadas con Irán. Para los estrategas, tiene lógica: golpear zonas donde coexisten tropas estadounidenses, activos saudíes de alto valor y un gran número de trabajadores extranjeros aumenta el impacto militar, mediático y económico.

“Si el enemigo demuestra que puede alcanzar el corazón logístico del Reino, la percepción de riesgo país se altera de inmediato”, subraya un ejecutivo de una aseguradora internacional que opera en la región. El diagnóstico es inequívoco: cada nuevo ataque acerca el conflicto al tipo de escenario que los inversores temen desde hace años, pero que los gobiernos del Golfo prometían tener bajo control.

Riad camina por la cuerda floja diplomática y militar

Arabia Saudí ha intentado mantener un equilibrio difícil: no romper del todo con EEUU, pero tampoco aparecer como parte beligerante en una guerra que considera ajena. Ese equilibrio se ha vuelto mucho más frágil.

Mientras la Liga Árabe celebra reuniones de urgencia para debatir una respuesta conjunta a los ataques iraníes, Riad insiste en su derecho a defender su territorio y en la necesidad de evitar una regionalización total del conflicto.

Sin embargo, la presencia de miles de tropas estadounidenses en Prince Sultan y otras bases, la cooperación en defensa antimisiles y el uso del espacio aéreo saudí en operaciones regionales convierten al Reino en eslabón inevitable de la cadena bélica. Al mismo tiempo, el Gobierno trata de preservar la imagen de “refugio estable” que necesita para atraer capital al ambicioso programa Visión 2030, que incluye desde NEOM hasta megacomplejos turísticos en el mar Rojo.

Cada víctima civil en su suelo —aunque sea técnicamente un “residente extranjero”— acerca a Arabia Saudí a una decisión incómoda: reforzar su alineamiento militar con Washington e Israel o redoblar la presión diplomática para frenar la ofensiva, asumiendo el riesgo de irritar a uno de los dos bandos.

El riesgo para el petróleo: de Ras Tanura al estrecho de Ormuz

La dimensión económica del conflicto se mide en barriles. Irán ha amenazado abiertamente con golpear instalaciones petroleras en los países del Golfo y ha advertido de que los precios del crudo podrían superar los 200 dólares por barril si continúan los ataques.

En pocos días, los mercados han reaccionado con fuerza:

  • El Brent ha superado los 90 dólares, con subidas cercanas al 50% desde comienzos de año, según estimaciones de bancos de inversión.
  • Los analistas calculan que el cierre de facto del estrecho de Ormuz, por donde pasa alrededor del 20% del consumo mundial de petróleo y un cuarto del comercio marítimo de crudo, supone un shock mayor que el provocado por la invasión rusa de Ucrania.

Arabia Saudí no solo teme por sus terminales petroleras —como las de Ras Tanura—, sino también por instalaciones críticas como las plantas desalinizadoras, que ya han sido blanco de ataques en otros países del Golfo.

En este contexto, el proyectil que ha alcanzado Al-Kharj funciona como recordatorio brutal: si los sistemas defensivos fallan frente a un objetivo residencial, también pueden fallar ante un tanque de crudo o una línea de gas. Y cada misil que logre atravesar las defensas puede traducirse en semanas de tensión adicional en los mercados, primas de seguro disparadas y decisiones de inversión aplazadas.