Los drones rusos 'Geran-2' se ponen "como locos" a atacar gasolineras en Ucrania
Rusia ha abierto un nuevo frente dentro de la guerra logística contra Ucrania: las gasolineras. En las últimas semanas, los ataques con drones contra estaciones de servicio, depósitos, camiones cisterna e infraestructuras de combustible se han convertido en una pieza cada vez más visible de la campaña rusa para presionar la capacidad de movilidad ucraniana.
El objetivo no es casual. En una guerra marcada por los drones, la artillería, los movimientos rápidos y la necesidad constante de abastecimiento, el combustible es una de las piezas más sensibles del tablero. Sin gasolina ni diésel, no solo se detienen los vehículos civiles. También se complica el movimiento de tropas, ambulancias, camiones logísticos, generadores, maquinaria de reparación, evacuaciones y transporte militar.
La novedad está en el tipo de objetivo elegido. Hasta ahora, buena parte de los ataques rusos contra la infraestructura energética ucraniana se habían concentrado en centrales eléctricas, subestaciones, redes de distribución, depósitos de combustible o instalaciones industriales. Sin embargo, varias fuentes han detectado un aumento de los golpes contra estaciones de servicio concretas, especialmente en regiones como Járkov, Sumy, Zaporiyia, Donetsk, Jersón y Cherníhiv.
Según el medio especializado ucraniano NaftoRynok, Rusia había atacado desde comienzos de abril cerca de 140 estaciones de servicio ucranianas, con al menos 137 complejos dañados en un periodo de dos meses. El mismo informe señala que los daños varían mucho según el caso: algunas gasolineras sufrieron impactos directos, otras quedaron afectadas por ondas expansivas, restos de drones derribados o explosiones cercanas, y algunas fueron completamente destruidas.
La tendencia también ha sido recogida por análisis militares. El Institute for the Study of War, a través de Critical Threats, informó de que el 27 de junio las fuerzas rusas habían golpeado varias gasolineras cerca de Járkov, Zaporiyia y en la región de Sumy, además de infraestructuras ferroviarias en la región de Járkov. El mismo análisis recogía que el Ministerio de Defensa ruso afirmó haber usado drones Geran-2 contra una gasolinera cerca de Perepys, en Cherníhiv, y que blogueros militares rusos atribuyeron a drones Geran ataques contra material ferroviario y una gasolinera en Zaporiyia.
Uno de los episodios más concretos se produjo el 28 de junio de 2026, cuando drones rusos impactaron contra dos gasolineras en la región de Járkov. Según la Fiscalía regional citada por medios ucranianos, los ataques se produjeron durante la noche en la comunidad de Natalyne, en el distrito de Berestyn, y los datos preliminares apuntaban al uso de drones Geran-2. Hubo incendios, varios vehículos dañados y un camionero de 68 años resultó herido.
El término Geran es clave para entender esta fase. Los Geran-2 son la denominación rusa de los drones de ataque derivados de la familia iraní Shahed-136, municiones merodeadoras de largo alcance que Rusia ha usado de forma masiva contra Ucrania. En los últimos meses también han aparecido variantes más rápidas o modificadas, incluidas versiones propulsadas a reacción y modelos con cambios técnicos para complicar la defensa ucraniana. El Institute for Science and International Security estimó que Rusia pasó de unos 144 lanzamientos diarios de Shahed/Geran en abril a unos 167 al día en mayo, lo que apunta a una campaña sostenida de saturación.
La lógica militar es sencilla: una gasolinera no tiene el valor industrial de una gran refinería, pero puede tener un efecto inmediato sobre el territorio donde opera. En zonas próximas al frente, una estación de servicio puede servir para repostar vehículos civiles, camiones, maquinaria, ambulancias o unidades auxiliares. Si se destruyen varias en una misma región, el abastecimiento se vuelve más lento, más caro y más vulnerable. Los convoyes tienen que recorrer más kilómetros para repostar, los camiones cisterna adquieren más importancia y cada movimiento logístico se expone a nuevos ataques.
El relato prorruso sostiene que Ucrania depende en gran medida de combustible importado y que parte de ese suministro se mueve “sobre la marcha”, directamente desde camiones cisterna. Esa idea encaja con una realidad más amplia: Ucrania ha tenido que sostener su economía y su esfuerzo militar en condiciones extremadamente difíciles, con infraestructura energética dañada y con una fuerte dependencia de rutas logísticas exteriores. Pero conviene separar los hechos confirmados de la propaganda. La cifra de “más de 70 gasolineras golpeadas en ocho días” procede de fuentes prorrusas y debe tratarse con cautela, aunque sí coincide con una tendencia más amplia documentada por fuentes ucranianas y análisis occidentales: Rusia está atacando cada vez más instalaciones de combustible de menor escala, no solo grandes objetivos energéticos.
La otra parte del tablero está en Rusia. Ucrania también ha incrementado sus ataques contra refinerías, depósitos y plantas energéticas rusas, con el objetivo de reducir la capacidad de Moscú para sostener la guerra. Reuters informó el 28 de junio de que Ucrania había golpeado dos refinerías rusas en Krasnodar y Yaroslavl, y señaló que los ataques ucranianos con drones estaban provocando escasez de combustible en algunas zonas de Rusia, con colas y racionamiento en gasolineras.
Ese contexto es importante porque muestra que el combustible se ha convertido en un objetivo estratégico para ambos bandos. Ucrania intenta degradar la capacidad rusa golpeando refinerías, puertos, depósitos y plantas de procesamiento. Rusia, por su parte, responde atacando nodos de distribución más próximos al consumidor final ucraniano, incluidas gasolineras y puntos de abastecimiento regional.
La diferencia está en la escala y en el efecto. Atacar una refinería puede reducir la producción nacional de combustible durante semanas o meses, pero requiere capacidad de largo alcance y precisión. Atacar una gasolinera tiene un efecto más local, pero puede repetirse de forma masiva y obligar al rival a reorganizar su red de distribución. En regiones cercanas al frente, donde cada kilómetro cuenta, esa presión puede ser relevante.
También hay un componente psicológico. Las gasolineras son infraestructuras civiles visibles, usadas por la población y presentes en cualquier ciudad o carretera. Su destrucción genera incendios, imágenes impactantes y sensación de vulnerabilidad. Además, obliga a los operadores a invertir en medidas de protección, como redes antidrones, sacos de arena, tanques subterráneos y cambios en la forma de almacenar combustible. NaftoRynok señala que algunas protecciones pasivas han reducido el impacto de drones en determinadas estaciones, pero también advierte de la vulnerabilidad de los depósitos sobre superficie.
En la práctica, la campaña rusa contra gasolineras parece perseguir tres objetivos: dificultar la movilidad, presionar la logística y obligar a Ucrania a dispersar recursos defensivos. Cada estación dañada no cambia por sí sola el curso de la guerra, pero muchas estaciones golpeadas en una misma zona pueden alterar rutas, tiempos y costes de abastecimiento.
La pregunta es si esta estrategia tendrá un impacto decisivo. Por ahora, la respuesta parece matizada. Ucrania ha demostrado una gran capacidad de adaptación logística desde el inicio de la invasión rusa a gran escala. Las estaciones dañadas pueden repararse, los operadores pueden mover el suministro a otros puntos y los tanques subterráneos dificultan la destrucción completa de algunas instalaciones. Pero la acumulación de ataques sí puede generar desgaste, encarecer la distribución y complicar la vida diaria en las regiones más castigadas.
Lo que sí parece claro es que la guerra del combustible ha entrado en una nueva fase. Ya no se trata solo de grandes refinerías, centrales o depósitos. Ahora también cuentan las gasolineras, los camiones, los puntos de repostaje y la infraestructura más pequeña que mantiene en movimiento a un país en guerra.
Los drones Geran, utilizados en grandes cantidades y con variantes cada vez más adaptadas, se han convertido en una herramienta central de esa presión rusa. Y el mensaje estratégico es evidente: Moscú intenta golpear no solo la capacidad militar visible de Ucrania, sino también la red cotidiana que permite que vehículos, suministros y personas sigan moviéndose.