La ofensiva conjunta sobre Teherán, seguida de misiles y sirenas en Israel, reabre el peor riesgo: un bloqueo de rutas críticas y un shock inflacionario global.

EE.UU e Israel abren otro frente con Irán y disparan la prima energética

EPA/ABIR SULTAN

El sábado ha arrancado con una frase que vuelve a poner precio al miedo: “major combat operations”.  Estados Unidos e Israel han confirmado ataques sobre Irán y Teherán ha respondido con una primera ola de drones y misiles. En Israel se han escuchado explosiones en el norte mientras se activaban sistemas antiaéreos; y las sirenas han sonado también en Jordania. El diagnóstico es inequívoco: cuando el conflicto se regionaliza, el mercado deja de mirar los partes militares y empieza a mirar mapas de petróleo, gas y rutas aéreas. Lo más grave no es el intercambio inicial, sino el efecto dominó que ya se está encendiendo.

La operación se ha presentado como algo más que un castigo quirúrgico. La Associated Press sitúa el primer gran impacto cerca de las oficinas del líder supremo, Ali Jamenei, en Teherán, y recoge el tono político de Washington: Trump habló de “major combat operations” y pidió a los iraníes “tomar” su Gobierno. Netanyahu, por su parte, vendió la acción como el intento de neutralizar una “amenaza existencial”.

Ese encuadre —seguridad nacional y ruptura del statu quo— cambia la lectura económica. No es lo mismo una represalia limitada que una campaña con objetivos de degradación prolongada. En paralelo, Irán ha reaccionado cerrando su espacio aéreo y con cortes de servicios de comunicaciones, un patrón habitual cuando el régimen busca controlar el relato interno y reducir vulnerabilidades.

Si el conflicto se alarga, el “riesgo geopolítico” deja de ser una nota al pie en los informes de bancos y pasa a ser el titular que manda en materias primas, logística y expectativas de inflación.

Misiles, sirenas y un aviso a toda la región

Las primeras señales de escalada no han tardado. Horas después de los ataques sobre Irán, explosiones sacudieron el norte de Israel mientras el país trabajaba en la intercepción de misiles iraníes, sin constancia inmediata de daños o víctimas en ese episodio concreto. AP añade un dato relevante: las sirenas también sonaron en Jordania, síntoma de que la amenaza balística no entiende de fronteras administrativas.

En Israel, el seguimiento minuto a minuto de medios locales describía avisos generalizados y la intercepción de al menos un misil, con nuevas alertas en el norte. No es un matiz menor: cuando se multiplican los lanzamientos, aumenta la probabilidad estadística de saturación, errores de cálculo o impactos en infraestructuras.

Aquí entra la variable que preocupa a los inversores: la red de bases y aliados en el Golfo. Bahréin, por ejemplo, alberga el cuartel general de la V Flota estadounidense y concentra presencia militar y familias en el país. En un escenario de represalias extendidas, cualquier incidente en torno a esas instalaciones eleva el coste de aseguramiento, altera rutas marítimas y revaloriza activos refugio.

El petróleo reacciona antes que los gobiernos

El petróleo suele anticipar lo que la diplomacia tarda días en admitir. En la antesala de una posible acción militar, el Brent ya había repuntado con fuerza: ABC News recogía un alza de más del 7% en dos días, hasta rondar los 71 dólares por barril, solo por el miedo a una ofensiva. El ataque materializa ese riesgo y abre dos canales de contagio: prima geopolítica y prima logística.

A medio plazo, lo que importa no es el titular del día, sino la continuidad del flujo. BloombergNEF lo plantea con crudeza en sus escenarios: si se produjera una interrupción sostenida de exportaciones iraníes, el Brent podría escalar de medias de 55 dólares previstos para 2026 a entornos mucho más altos, llegando a contemplar un escenario extremo de 91 dólares hacia finales de 2026 si el shock persistiera.

El contraste con Europa resulta demoledor. La eurozona está intentando consolidar la desinflación; un rebote energético reabre el dilema de 2022: inflación más pegajosa y crecimiento más frágil. Y en España, con una cesta de consumo sensible a carburantes y transporte, el traslado puede sentirse en semanas si el shock no se enfría.

Hormuz y Bab el-Mandeb: los datos que nadie quiere ver

La geografía aquí manda más que la política. El Estrecho de Ormuz no es un símbolo: es un cuello de botella real. La EIA calcula que en 2024 circularon por Ormuz 20 millones de barriles diarios, el equivalente a aproximadamente el 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. A eso se suma el gas: otras estimaciones sobre el tráfico marítimo apuntan a que por ese paso transita alrededor de una quinta parte del comercio global de GNL.

Por eso el mercado sobrerreacciona incluso cuando no hay bloqueo efectivo: basta el riesgo. La propia EIA recordaba que en un episodio previo de tensión, el Brent saltó de 69 a 74 dólares en un solo día (junio de 2025) sin que el tráfico quedara clausurado.

Y hay un segundo frente que vuelve: el mar Rojo. AP recoge que los hutíes, aliados de Irán, han amenazado con retomar ataques a la navegación en esa ruta. Si esa promesa se traduce en hechos, el encarecimiento no solo sería por petróleo, sino por tiempos de tránsito, desvíos y saturación de corredores alternativos.

Cielos cerrados: aviación en modo desvío y factura oculta

La guerra moderna tiene una señal temprana muy clara: el cierre del espacio aéreo. Irán anunció la clausura de su cielo “hasta nuevo aviso” tras los ataques y, en cadena, Irak también cerró su espacio aéreo, según comunicados recogidos por medios regionales.

Esto golpea a dos industrias a la vez: aerolíneas y carga. Cuando se anulan corredores sobre Irak e Irán, muchas rutas Europa-Asia se alargan cientos de millas, consumen más combustible y tensan las tripulaciones. El resultado es un coste unitario mayor que termina filtrándose a billetes y tarifas de transporte aéreo de mercancías. En paralelo, la incertidumbre eleva el precio de los seguros y obliga a reprogramar cadenas “just in time”, especialmente para electrónica, farmacéutica y componentes de automoción.

En otras crisis, las compañías han optado por evitar “zonas calientes” incluso cuando el espacio aéreo reabre formalmente: la decisión no es jurídica, es actuarial. Y en un shock de combustible, ese rodeo es doble castigo: más combustible por hora y combustible más caro.

El golpe financiero: inflación, refugio y gasto militar

El mercado financiero tiene tres reflejos automáticos ante una escalada así: energía al alza, búsqueda de refugio y recalibración del gasto en defensa. El primero ya se venía anticipando con el movimiento del Brent; el segundo suele alimentar dólar, oro y deuda soberana de máxima calidad; y el tercero abre una vía de impacto presupuestario.

En Europa, el problema es de calendario. Si la energía repunta y se prolonga, los bancos centrales se encuentran con un escenario incómodo: inflación importada justo cuando el crecimiento empieza a enfriarse. En España, además, el shock se canaliza por transporte y logística, y termina “mordiéndose” en márgenes empresariales si no se traslada al consumidor.

Hay otra derivada: el riesgo de incidentes contra infraestructuras y bases. Bahréin es un ejemplo estructural —por la presencia de la V Flota— de cómo un país pequeño puede convertirse en nodo estratégico. “La hora de vuestra libertad está cerca”, proclamaba Trump en un mensaje recogido por medios israelíes, subrayando el componente político del choque. Esa retórica eleva la probabilidad de represalias asimétricas y, por tanto, la prima de riesgo.

Un dato decisivo

En el corto plazo, el mundo mira a una variable: si el intercambio se mantiene contenido o se abre en abanico. El primer escenario es el “limitado”: ataques, respuesta, y vuelta a la disuasión tras unos días de máxima tensión. El segundo es el “prolongado”: campaña de semanas para degradar capacidades, con salvas intermitentes y guerra de desgaste. El tercero es el “regionalizado”: activación de proxies y presión sobre rutas comerciales, donde el coste global se dispara.

El precedente inmediato pesa: AP recuerda que la región ya vivió una guerra de 12 días en 2025 con bombardeos sobre instalaciones nucleares y posterior represalia, lo que demuestra que el umbral de escalada ya se cruzó una vez. La comparación histórica también es útil: en 2019, el ataque a Abqaiq (Arabia Saudí) provocó un salto súbito del crudo; aquí, el riesgo es mayor porque no se trata de una instalación, sino de un corredor geográfico.

El dato decisivo, por tanto, no es cuántos misiles vuelan hoy, sino si alguien decide tocar —o amenazar de forma creíble— Ormuz. Con 20 millones de barriles diarios en juego, la economía global no necesita un bloqueo real para sentir el golpe: le basta con creer que puede ocurrir.