EEUU ataca la red subterránea que sostiene a Irán

Estados Unidos Foto de Brandon Day en Unsplash

Washington asegura haber atacado instalaciones militares soterradas en Irán con munición de precisión, en un movimiento que eleva la presión sobre la arquitectura defensiva más sensible del régimen y amenaza con prolongar el impacto energético sobre Europa.

La guerra entra ahora en su fase más opaca: la del subsuelo. Estados Unidos anunció este 1 de abril que ha golpeado objetivos militares “subterráneos” dentro de Irán, una formulación que no solo apunta a túneles, silos y almacenes endurecidos, sino al corazón logístico de la capacidad iraní de resistir una campaña aérea prolongada. Lo más relevante no es la espectacularidad del parte militar, sino lo que revela: Washington sigue lejos de dar por neutralizada la red enterrada que sostiene misiles, drones y mando operativo iraní. Y mientras esa estructura aguante, el coste económico seguirá creciendo mucho más allá de Oriente Próximo.

El mensaje real del ataque

El anuncio de CENTCOM no llega en el vacío. La operación estadounidense contra Irán, bautizada como Operation Epic Fury, comenzó el 28 de febrero de 2026 por orden de la Casa Blanca y, según el propio mando militar, se diseñó para desmantelar la “estructura de seguridad” del régimen iraní, con prioridad sobre instalaciones que representaban una “amenaza inminente”. En su documentación pública, el mando admite que los primeros compases incluyeron munición de precisión lanzada desde aire, tierra y mar, y que la campaña representa la mayor concentración regional de potencia de fuego estadounidense en una generación.

Que ahora Washington ponga el foco en objetivos enterrados tiene una lectura inequívoca. No está atacando solo plataformas visibles o bases aéreas; está intentando perforar la capa de supervivencia estratégica que Irán ha construido durante años para preservar capacidad de represalia incluso bajo bombardeo intenso. Al menos en los materiales públicos consultados, CENTCOM no ha detallado la localización exacta de los blancos ni el balance de daños de este golpe concreto. Ese silencio no es menor: en guerras de desgaste, la falta de información suele ser el mejor indicador de que el objetivo es especialmente sensible.

La guerra de túneles que complica la victoria

Irán no diseñó su disuasión para una guerra convencional breve, sino para sobrevivir bajo castigo continuado. Su apuesta por complejos subterráneos, “ciudades de misiles”, almacenes blindados y puntos de lanzamiento dispersos ha sido precisamente la respuesta a décadas de superioridad aérea occidental. El contraste con campañas anteriores resulta revelador: destruir pistas, radares o hangares es costoso; inutilizar una red enterrada y redundante es mucho más lento y mucho menos visible. Por eso el diagnóstico militar estadounidense sigue siendo incompleto un mes después del arranque de la operación.

Lo más grave es que esa arquitectura subterránea sigue dando resultados. Informaciones basadas en inteligencia estadounidense, difundidas por Reuters y recogidas por medios internacionales, señalan que solo alrededor de un tercio del arsenal iraní de misiles y drones habría sido destruido; otro tercio podría estar dañado, enterrado o inaccesible, pero no necesariamente anulado. Este hecho revela que la campaña aérea puede degradar, retrasar y encarecer la respuesta iraní, pero no liquidarla con rapidez. Y esa diferencia entre degradar y destruir es la que separa una victoria táctica de una solución estratégica.

Un enemigo más dañado, pero no neutralizado

La narrativa oficial de Washington insiste en que la presión acumulada está reduciendo la capacidad ofensiva iraní. Sin embargo, sobre el terreno persisten señales de resistencia. Associated Press resume que, pese al castigo recibido desde el 28 de febrero, Irán sigue lanzando ataques —unos 30 al día, según expertos citados— y que cerca del 40% logra atravesar defensas en algunos episodios. La consecuencia es clara: la capacidad iraní ya no opera en volumen máximo, pero aún conserva suficiente masa crítica para imponer costes militares, políticos y económicos a sus adversarios.

Eso explica por qué el subsuelo importa tanto. Las instalaciones enterradas no son solo depósitos; son el seguro de continuidad del régimen. Mientras queden lanzadores móviles, reservas dispersas y accesos a complejos subterráneos, Teherán puede seguir dosificando su arsenal, administrar el miedo regional y obligar a EE.UU. a prolongar una campaña mucho más cara de lo previsto. “El Presidente ordenó una acción contundente”, afirmó el almirante Brad Cooper al inicio de la operación. Un mes después, la contundencia existe; la decisión aún no se traduce en cierre operativo.

Ormuz: el verdadero frente económico

La dimensión decisiva no está solo en los mapas militares, sino en el estrecho de Ormuz. Según la U.S. Energy Information Administration, por ese paso circuló en 2024 y el primer trimestre de 2025 más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del consumo global de petróleo y derivados. La AIE eleva aún más el peso específico: en 2025 atravesaron Ormuz casi 15 millones de barriles diarios, equivalentes al 34% del comercio mundial de crudo, con Asia como principal destino.

Por eso cada parte militar sobre túneles iraníes tiene lectura bursátil y macroeconómica. El mercado entiende que si Washington golpea objetivos subterráneos es porque teme una resistencia prolongada; y si la resistencia se prolonga, el riesgo sobre suministros, seguros marítimos, refino y costes logísticos no desaparece. El 31 de marzo, el Brent superó los 118 dólares por barril en plena escalada verbal y militar. El contraste con otras crisis recientes resulta demoledor: ya no se trata de una simple prima de riesgo geopolítica, sino de un encarecimiento sostenido que amenaza con reabrir el problema inflacionario cuando Europa apenas creía haberlo cerrado.

Europa ya paga la factura

La transmisión a la economía real ya ha comenzado. En marzo, la inflación de la zona euro subió al 2,5%, frente al 1,9% de febrero, impulsada por el encarecimiento de los combustibles; la energía avanzó un 4,9%, mientras alimentos y servicios marcaron 2,4% y 3,2%, respectivamente. No es un movimiento estadístico menor. Es la señal de que una crisis militar localizada puede volver a contaminar la cesta de la compra, el transporte, los márgenes industriales y, finalmente, la política monetaria.

El Banco Central Europeo ya había advertido en sus proyecciones de marzo de que la inflación podría repuntar hasta el 3,1% en el segundo trimestre de 2026 debido al shock energético derivado de la crisis en Oriente Próximo. A esa presión se añade otro dato inquietante: según el comisario europeo de Energía, la factura fósil de la UE ha aumentado en 14.000 millones de euros desde el inicio de la guerra, con subidas del 60% en el petróleo y del 70% en el gas. El diagnóstico es inequívoco: incluso si las bombas dejan de caer mañana, el daño económico no se evaporará con la misma rapidez.

La lógica de desgaste que nadie quería reconocer

Durante semanas, el discurso dominante sugirió que una combinación de superioridad tecnológica, inteligencia aliada y golpes de precisión podía vaciar rápidamente la capacidad iraní. La realidad está corrigiendo esa expectativa. La guerra subterránea favorece al actor que acepta perder superficie para conservar profundidad. Irán ha perdido instalaciones, personal, nodos visibles y parte de su capacidad de lanzamiento; pero ha logrado preservar suficiente estructura para seguir condicionando el conflicto. Ese matiz lo cambia todo, porque convierte la campaña en una prueba de resistencia industrial, política y financiera para ambos bandos.

Además, la ambigüedad estadounidense sobre los objetivos finales introduce otra fuente de volatilidad. Si la misión era solo reducir amenazas inmediatas, los ataques a objetivos soterrados indican expansión de la ambición operativa. Si, por el contrario, el propósito es impedir que Teherán proyecte poder más allá de sus fronteras, entonces la propia formulación de CENTCOM sugiere una campaña larga, porque esa proyección depende justamente de infraestructuras que no se neutralizan en una sola noche. La consecuencia es clara: el mercado, los aliados y los rivales ya descuentan que la fase costosa no ha terminado.