EEUU declara terrorista a la Hermandad Musulmana sudanesa y apunta al IRGC iraní

UNSPLASH / JUSTIN CRON

Washington eleva al máximo la presión sobre los islamistas aliados del Ejército sudanés y abre un nuevo frente en la guerra del mar Rojo.

La Administración Trump ha dado un salto cualitativo en su política hacia Sudán. El Departamento de Estado ha designado a la Hermandad Musulmana sudanesa como “Specially Designated Global Terrorist” (SDGT) y ha anunciado su intención de incluir al grupo en la lista de “Foreign Terrorist Organizations” (FTO) a partir del 16 de marzo de 2026. El movimiento, al que Washington atribuye “violencia sin restricciones contra civiles” y “ejecuciones masivas” en el marco de la guerra sudanesa, es además señalado por sus vínculos operativos con los Guardianes de la Revolución iraní (IRGC). A partir de ahora, todos los bienes y activos del grupo bajo jurisdicción estadounidense quedan congelados, y cualquier ciudadano o empresa norteamericana que negocie con sus dirigentes se expone a sanciones civiles y penales.

Un giro histórico en la política antiterrorista de Washington

Hasta ahora, distintos gobiernos estadounidenses habían evitado dar el paso de etiquetar a la Hermandad Musulmana —en cualquiera de sus ramas— como organización terrorista, pese a las presiones de aliados como Egipto, Emiratos o Arabia Saudí. El anuncio de este lunes rompe ese tabú, aunque lo hace de forma quirúrgica: la designación afecta específicamente a la rama sudanesa, no al entramado global surgido en Egipto en 1928.

El Departamento de Estado justifica el cambio por el papel del grupo en la guerra que estalló en abril de 2023 entre las Fuerzas Armadas sudanesas (SAF), dirigidas por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Según el comunicado oficial, la Hermandad sudanesa ha recurrido a una “violencia sin restricciones contra civiles para sabotear los esfuerzos de paz”, incluyendo operaciones de castigo y ejecuciones selectivas basadas en criterios étnicos o de presunta afinidad con la oposición.

Lo más significativo es que Washington no actúa sólo contra una milicia concreta, sino contra un ecosistema islamista que considera infiltrado en el Ejército regular y en las instituciones de facto con sede en Port Sudán. El diagnóstico es inequívoco: si la Hermandad convierte el conflicto sudanés en plataforma para su agenda regional, el mar Rojo se convierte en un nuevo frente de la rivalidad entre EEUU e Irán.

Quién es realmente la Hermandad Musulmana sudanesa

La Hermandad Musulmana lleva implantada en Sudán desde los años cincuenta, pero su influencia real se dispara a partir de los ochenta con la figura de Hassan al-Turabi y la creación del Frente Islámico Nacional, matriz del régimen de Omar al-Bashir entre 1989 y 2019. Durante esas tres décadas, el movimiento islamista teje una densa red de cuadros en las Fuerzas Armadas, la administración civil, el poder judicial y el aparato de seguridad.

Tras la caída de Bashir en 2019 muchos analistas dieron por amortizado al islamismo político en Sudán. Sin embargo, informes recientes apuntan a que la llamada “Organización Islámica Sudanesa” o “Movimiento Islámico Sudanés” —la encarnación local de la Hermandad— ha aprovechado el caos de la guerra para reinsertarse en el poder de la mano del Ejército, en particular en el mando de Port Sudán y en ministerios clave como Exteriores y Justicia.

La Hermandad sudanesa no opera sólo como partido o corriente ideológica. Controla o inspira milicias, redes de financiación y estructuras de propaganda, desde medios públicos hasta campañas coordinadas en redes sociales. Su narrativa presenta al Ejército como “baluarte islámico” frente a una RSF descrita como herramienta de Emiratos Árabes y de intereses “antiislámicos”. El contraste con la imagen de movimiento moderado que a menudo proyecta la Hermandad en otros países resulta demoledor.

La huella de Irán y del IRGC en el conflicto

La pieza más delicada del puzle para Washington es el nexo con los Guardianes de la Revolución (IRGC). El comunicado del Departamento de Estado afirma que “muchos combatientes de la Hermandad han recibido entrenamiento y apoyo del IRGC”, una acusación que sitúa a Teherán como proveedor de capacidades militares en un teatro de guerra que toca directamente las rutas del mar Rojo.

No se trata de una afirmación aislada. En septiembre de 2025, el Tesoro estadounidense ya había sancionado a la brigada Al-Baraa Bin Malik, descrita como milicia islamista clave en la defensa de Jartum y aliada del Ejército, precisamente por su papel en la guerra y sus vínculos con el régimen iraní. Esa brigada figura expresamente en la nueva nota como brazo armado de la Hermandad sudanesa, lo que consolida un relato de continuidad: primero se apunta a la milicia, ahora se sube un escalón y se castiga a la organización matriz.

Según análisis especializados, Al-Baraa Bin Malik habría llegado a superar los 20.000 combatientes, integrados en una constelación más amplia de batallones islamistas. Algunas estimaciones —difíciles de verificar— hablan de más de 2.200 campos de entrenamiento y hasta 650.000 reclutas movilizados en los últimos años bajo estructuras afines a la Hermandad. Este despliegue masivo es, a ojos de Washington, incompatible con la narrativa de “resistencia local” que exhibe el Ejército y encaja mejor con una proyección de poder regional iraní.

Un nuevo frente en una guerra con decenas de miles de muertos

El movimiento de EEUU se produce en un contexto de deterioro acelerado en Sudán. Tres años después del estallido del conflicto, las cifras humanitarias son apabullantes: organismos internacionales hablan de “decenas de miles de muertos”, con estimaciones que van desde los 40.000 fallecidos citados por agencias de la ONU hasta los 150.000 que manejan algunas capitales regionales, y más de 12 millones de desplazados internos y refugiados, lo que convierte a Sudán en la mayor crisis de desplazamiento del mundo.

La guerra entre SAF y RSF se libra en varios frentes: desde los barrios devastados de Jartum y Omdurmán hasta los campos de Darfur y Kordofán, donde se han documentado masacres, limpieza étnica y uso indiscriminado de drones contra zonas urbanas. Sólo en recientes ataques de drones en Kordofán se han contabilizado al menos 77 víctimas civiles en cuestión de días, según datos médicos locales y de Naciones Unidas.

En este escenario, la designación de la Hermandad sudanesa no es un gesto simbólico, sino un mensaje a todas las facciones armadas: Washington está dispuesto a usar el arsenal completo de sanciones para penalizar a quienes alimentan la guerra, independientemente de que se sitúen en el lado del Ejército o de las RSF. El objetivo declarado es cortar el flujo de financiación y armamento que prolonga el conflicto.

Sanciones, activos congelados y el alcance económico

La inclusión de la Hermandad sudanesa en la lista SDGT activa de forma automática el bloqueo de “toda propiedad e intereses en propiedad” del grupo bajo jurisdicción de EEUU o en manos de “personas estadounidenses”, fórmula que incluye bancos, intermediarios financieros y cualquier filial sujeta a ley norteamericana.

En términos prácticos, esto significa que cualquier cuenta, inmueble, vehículo o participación societaria ligada al grupo queda inmovilizada. Además, se prohíbe a instituciones financieras de terceros países realizar transacciones en dólares con entidades controladas por la Hermandad, bajo riesgo de ser excluidas del sistema financiero estadounidense. La consecuencia es clara: la capacidad del movimiento para mover fondos a través de bancos corresponsales se reduce drásticamente.

Más allá del impacto directo sobre la milicia y sus cuadros, el movimiento lanza una señal a donantes privados del Golfo y de la diáspora, que hasta ahora podían canalizar recursos hacia Sudán con relativa opacidad a través de organizaciones de fachada o asociaciones caritativas. La designación endurece la vigilancia sobre estas estructuras y facilita acciones coordinadas con socios europeos, que ya aplican sus propias listas de sanciones vinculadas a la guerra sudanesa.

El contraste con otras ramas de la Hermandad

Un elemento clave de esta decisión es su carácter selectivo. Washington insiste en que el paso se refiere a la rama sudanesa y a su entramado militar, no al conjunto de la Hermandad Musulmana global ni a sus expresiones políticas en otros países. Lo más grave, sin embargo, es el precedente: por primera vez, una rama formalmente vinculada a la organización madre entra en la lista de grupos terroristas de EEUU, algo que hasta ahora se había evitado incluso en el caso de Egipto.

El contraste con otras jurisdicciones es evidente. Países como Egipto, Rusia, Arabia Saudí o Emiratos llevan años considerando terrorista a la Hermandad en su conjunto. En Europa, en cambio, se ha preferido una aproximación más matizada, actuando contra individuos o entidades concretas, pero sin proscribir al movimiento global. La decisión de EEUU sobre Sudán puede Inclinar la balanza en ese debate, especialmente si se consolidan las pruebas de vínculos orgánicos con los Guardianes de la Revolución.

Al mismo tiempo, la Administración Trump evita cerrar todas las puertas de interlocución con corrientes islamistas no violentas en otros escenarios —desde el norte de África hasta Asia—, consciente de que un veto total complicaría la diplomacia regional y la gestión de crisis.