EEUU despliega F-22 y F-16 mientras Irán lanza misiles

EP PORTAAVIONES USS
La Casa Blanca refuerza su poder aéreo en la región justo cuando las maniobras iraníes en Ormuz disparan el petróleo y tensan unas negociaciones nucleares ya frágiles

Estados Unidos ha puesto más músculo sobre la mesa en pleno pulso con Irán. Más de 10 cazas furtivos F-22 y más de 30 F-16 están siendo trasladados desde bases norteamericanas y europeas hacia el Golfo, según los registros de vuelo comerciales.
El movimiento coincide con una nueva ronda de conversaciones nucleares en Ginebra y con maniobras militares iraníes en el Estrecho de Ormuz, donde Teherán ha lanzado misiles en ejercicios que buscan mostrar capacidad de bloqueo.
La reacción inmediata ha llegado en los mercados de materias primas: el WTI sube un 1,6%, hasta los 63,9 dólares, y el Brent repunta por encima de los 68 dólares.
En paralelo, el líder supremo iraní, Ali Khamenei, lanzaba un mensaje directo a Donald Trump: «No podrán destruir Irán».
El riesgo ahora no es solo un intercambio de declaraciones, sino un error de cálculo que convierta las maniobras y los despliegues en choque abierto en uno de los puntos más sensibles del mapa energético mundial.

Un despliegue aéreo para mandar un mensaje

El envío urgente de F-22 y F-16 al teatro de operaciones de Oriente Medio no es un movimiento rutinario. Los F-22 son cazas furtivos de superioridad aérea con capacidad para penetrar defensas antiaéreas avanzadas, mientras que los F-16 aportan volumen, flexibilidad y capacidad de ataque a tierra. El hecho de que más de 40 aparatos procedentes de bases tanto en suelo estadounidense como europeo estén cambiando de escenario sugiere un propósito inequívoco: reforzar la disuasión y mostrar a Teherán que Washington está preparado para responder a cualquier escalada.

Los registros de vuelo apuntan a un traslado escalonado durante varios días, coincidiendo con la segunda ronda de negociaciones nucleares en Suiza. El mensaje implícito es claro: diplomacia sí, pero desde una posición de fuerza. Este doble carril se ha convertido en la marca de la política estadounidense hacia Irán desde hace años, pero el volumen del despliegue actual, sumado a la presencia de grupos de portaaviones en la zona, eleva el listón.

Lo más relevante es que este refuerzo llega tras varias semanas de incremento de incidentes en la región, desde ataques con drones hasta amenazas veladas a infraestructuras energéticas. El Pentágono parece querer evitar que Teherán interprete las conversaciones de Ginebra como un signo de debilidad.

Maniobras con misiles en el Estrecho de Ormuz

En el lado iraní, la señal es igual de contundente. Teherán ha iniciado ejercicios militares en el Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor de un 20% del petróleo transportado por mar en el mundo. Durante las maniobras, las fuerzas iraníes han empleado misiles de distinto alcance en un escenario que recrea el cierre parcial del paso a buques militares enemigos y petroleros.

Estas maniobras no son nuevas, pero sí llamativa su coincidencia con el diálogo nuclear. Cada disparo de misil y cada despliegue de lanchas rápidas en la zona alimentan el temor a que un incidente —un cálculo erróneo, un radar mal interpretado, un dron que se acerca demasiado— desencadene una reacción en cadena. El recuerdo de episodios pasados, como el derribo de drones estadounidenses o la incautación de petroleros, planea sobre la situación.

Este hecho revela la lógica de Teherán: mostrar que, en caso de ruptura de las negociaciones o de nuevas sanciones, tiene capacidad de poner en jaque el suministro energético global. A ojos de sus vecinos del Golfo y de los importadores asiáticos y europeos, la imagen de misiles cayendo en ejercicios a pocos kilómetros de las principales rutas marítimas es todo menos tranquilizadora.

El F22 Raptor

El petróleo reacciona: WTI y Brent al alza

La respuesta de los mercados de crudo fue inmediata. El West Texas Intermediate (WTI) para entrega en marzo se disparó un 1,64%, hasta los 63,92 dólares, mientras que el Brent para abril avanzó un 0,29% y se situó en torno a los 68,85 dólares por barril. El movimiento no refleja aún pánico, pero sí la incorporación de una prima de riesgo geopolítico que se había reducido en las últimas semanas.

Los traders de materias primas saben que, incluso aunque hoy no haya interrupciones físicas en el suministro, el simple incremento de la tensión en Ormuz obliga a revalorizar el riesgo de cola: un ataque a un petrolero, un choque directo entre fuerzas estadounidenses e iraníes, o un bloqueo temporal del estrecho. Cada uno de esos escenarios podría retirar del mercado varios millones de barriles diarios y disparar los precios por encima de los 75-80 dólares en cuestión de días.

La consecuencia es clara: las compañías petroleras del Golfo y las grandes casas de trading aprovechan para cubrirse con opciones y contratos de futuros, mientras las aerolíneas y empresas intensivas en energía revisan de nuevo sus estrategias de cobertura. El repunte del crudo llega, además, en un contexto de inflación todavía sensible en muchas economías avanzadas.

La guerra de mensajes entre Khamenei y Trump

En paralelo a los movimientos militares, la tensión se libra también en el terreno simbólico. Durante un discurso, Khamenei lanzó un mensaje directo al presidente estadounidense: «No han podido destruir Irán en 47 años y tampoco lo harán ahora». El líder iraní se refirió a los portaaviones enviados por Washington como “herramientas peligrosas”, pero advirtió de que su país dispone de armas capaces de hundirlos.

Este tipo de retórica forma parte del repertorio habitual de Teherán, pero en un contexto de maniobras con misiles y despliegues aéreos adquiere un peso distinto. Desde el lado estadounidense, la respuesta pasa por declaraciones menos incendiarias pero igualmente firmes sobre la voluntad de proteger la libertad de navegación y contener la influencia iraní en la región.

Lo más grave es que ambos discursos alimentan narrativas internas —resistencia frente al enemigo externo en Irán, firmeza frente a un régimen hostil en EE UU— que dificultan cualquier concesión en la mesa de negociación. El coste político de ceder se multiplica y, con él, el riesgo de que la diplomacia quede atrapada por el lenguaje bélico.

Washington refuerza su huella militar en la región

El envío de F-22 y F-16 se suma a una presencia militar estadounidense que ya incluía grupos de portaaviones, sistemas de defensa antimisiles y fuerzas especiales desplegadas en bases de varios países del Golfo. En las últimas dos semanas, Washington ha anunciado nuevos contingentes de unos 2.000 efectivos en funciones de apoyo y refuerzo de defensa aérea, según estimaciones de analistas militares.

El Pentágono insiste en que se trata de medidas puramente defensivas, orientadas a proteger a sus tropas y a garantizar el tráfico marítimo. Pero para muchos observadores regionales, la acumulación de medios en un espacio reducido aumenta la probabilidad de roce accidental. Más patrullas, más vuelos, más radares encendidos… y más oportunidades para que un incidente menor escale.

El contraste con los esfuerzos diplomáticos en Ginebra resulta llamativo. Mientras los negociadores discuten centrífugas, límites de enriquecimiento y mecanismos de verificación, las fuerzas armadas de ambos lados ensayan escenarios de confrontación. La historia reciente de la región demuestra que cuando la política exterior se militariza en exceso, los márgenes para la solución negociada se reducen drásticamente.

Bruselas

Europa, Israel y las rutas energéticas en juego

Europa observa el pulso con preocupación. Aunque ha diversificado parcialmente su suministro tras la guerra de Ucrania, el Viejo Continente sigue dependiendo de las rutas marítimas que atraviesan el Golfo para abastecerse de crudo y gas. Un cierre parcial de Ormuz, incluso durante pocos días, podría traducirse en un repunte inmediato de precios y en nuevas presiones inflacionistas justo cuando los bancos centrales empiezan a plantearse recortes de tipos.

Israel, por su parte, vigila de cerca cualquier movimiento que refuerce la capacidad militar iraní. El temor a que Teherán utilice su programa nuclear como moneda de cambio para ampliar su influencia en Siria, Líbano o Yemen alimenta un debate interno sobre hasta dónde está dispuesto el Gobierno israelí a tolerar avances sin una respuesta contundente.

Al mismo tiempo, las monarquías del Golfo tratan de mantener un delicado equilibrio: necesitan una relación funcional con Washington, pero también buscan evitar una confrontación que ponga en riesgo sus exportaciones. El resultado es un mapa de alianzas cruzadas en el que ningún actor puede permitirse un error grave, pero todos maniobran para mejorar su posición relativa.

Lo que vigilan ahora los mercados

Más allá del precio puntual del barril, los mercados financieros se fijan en tres variables clave. La primera es la duración del episodio: si las maniobras y el despliegue aéreo se prolongan durante semanas, la prima de riesgo geopolítico podría consolidarse y trasladarse de forma más visible a la inflación global. La segunda es la reacción de los bonos soberanos; un repunte fuerte de las rentabilidades a largo plazo indicaría temor a un shock de oferta energético más profundo.

La tercera variable es el comportamiento de los activos refugio. En las últimas jornadas, el oro y el dólar han reaccionado de forma desigual a las noticias del Golfo, lo que sugiere que una parte de los inversores considera el episodio ruido más que cambio de régimen. Pero cualquier incidente con víctimas o daños en infraestructuras críticas podría revertir esa complacencia en cuestión de horas.

Para las economías importadoras netas de energía, la clave será si el WTI consolida niveles por encima de los 65 dólares. Por encima de ese umbral, muchas previsiones de inflación y crecimiento para 2026 empezarían a quedar obsoletas, obligando a los bancos centrales a recalibrar su hoja de ruta.

Escenarios para las próximas semanas

Los analistas manejan tres escenarios principales. El primero, y más benigno, es el de desescalada controlada: las maniobras concluyen sin incidentes, el despliegue aéreo se estabiliza y las conversaciones de Ginebra producen, si no un acuerdo, al menos un marco de trabajo que reduzca la tensión. En ese contexto, el petróleo podría devolver parte de las subidas y el foco de los mercados volvería a los bancos centrales.

El segundo escenario es el del estancamiento tenso. Las negociaciones se dilatan, los ejercicios militares se repiten y la presencia de fuerzas en la región se normaliza en niveles elevados. Sería una situación similar a la de otros episodios de la última década: sin guerra declarada, pero con riesgo permanente de chispa. Los precios del crudo se mantendrían elevados y la volatilidad en divisas y bonos seguiría siendo alta.

El tercer escenario, el menos probable pero más dañino, es el de una escalada abierta: un misil que impacta en un buque aliado, un dron derribado con víctimas, o un ataque a instalaciones energéticas que obligue a una respuesta directa de Washington. En ese caso, los analistas contemplan movimientos bruscos del petróleo por encima de los 90 dólares, caídas generalizadas en bolsa y una huida masiva hacia bonos de máxima calidad. El desafío para la comunidad internacional es impedir que los pasos que se den en los próximos días empujen la situación hacia ese borde del precipicio.