EEUU eleva a 193 los muertos en su su ofensiva contra el “narco-terrorismo”

Narcotráfico

Un nuevo ataque en el Pacífico deja dos fallecidos y reabre dudas legales y de eficacia.

193 muertos desde septiembre y solo cuatro supervivientes.

El último episodio se produjo en el Pacífico oriental, con dos fallecidos y un único rescatado tras el impacto sobre una embarcación.

El Pentágono lo encuadra como una campaña contra el “narco-terrorismo”; los críticos lo describen como una caja negra sin control externo.

En paralelo, la Casa Blanca ha elevado la ofensiva a prioridad estratégica en el hemisferio.

Los datos que nadie quiere ver

La secuencia es casi mecánica: vídeo nocturno, destello, columna de fuego y un parte oficial con pocas líneas. Esta vez, el Comando Sur informó de un ataque sobre una embarcación en el Pacífico oriental que terminó con dos hombres muertos y un superviviente para el que se activó un dispositivo de búsqueda y rescate.

Lo más grave, sin embargo, no es el episodio aislado, sino la serie. La campaña de ataques contra supuestas lanchas de narcotráfico en aguas del Caribe y el Pacífico ha causado al menos 193 muertes desde principios de septiembre.

Ese volumen de víctimas desplaza el debate desde la interdicción clásica —incautar, detener, juzgar— a una lógica de neutralización inmediata. Y cuando el listón cambia, cambia también la pregunta central: ¿qué estándares de prueba y supervisión se aplican cuando el Estado decide destruir el objetivo antes de inspeccionarlo?

Un objetivo en el Pacífico y un superviviente

En el relato militar, el patrón se sostiene sobre dos conceptos: “corredores conocidos” y “actividad de narco-tráfico”. Se difundieron imágenes del momento del impacto y del incendio posterior; el resto, por ahora, queda fuera de foco: ni identidad de los fallecidos, ni bandera, ni carga verificada, ni cadena de custodia.

Este hecho revela una asimetría informativa incómoda. La Administración reivindica la eficacia disuasoria, pero el escrutinio público se queda con imágenes sin contexto. En términos operativos, la existencia de un superviviente debería permitir reconstruir ruta, logística y financiación; en términos políticos, introduce el elemento humano que erosiona la épica del “objetivo neutralizado”.

Además, la repetición de ataques en semanas consecutivas sugiere un cambio de intensidad. Ya no es una operación excepcional, sino una rutina con su propia contabilidad de daños, difícil de sostener sin transparencia creciente.

La etiqueta que lo cambia todo

La Casa Blanca anunció una nueva estrategia antiterrorista que sitúa la eliminación de los cárteles como prioridad máxima en el hemisferio. Ese giro semántico —del narcotráfico al terrorismo— no es un matiz: reconfigura el marco de legitimidad, amplía el margen de acción y reduce la necesidad de cooperación judicial tradicional.

En este ecosistema aparece el nombre del comandante del Comando Sur, el general Francis L. Donovan, como ejecutor de la directiva. Su perfil encaja con una doctrina más militar que policial.

La consecuencia es clara: cuando se emplea la categoría “narco-terrorismo”, el incentivo institucional se desplaza hacia resultados inmediatos —barcos destruidos— más que hacia procesos probatorios —cargamentos documentados, redes desmanteladas, condenas firmes—. Y ese desplazamiento, a medio plazo, redefine el coste político de cada error.

La legalidad bajo lupa

Los expertos que cuestionan la campaña no discuten que el narcotráfico sea una amenaza transnacional; discuten el método y, sobre todo, el procedimiento. La crítica pivota sobre un punto: las autoridades no han ofrecido pruebas públicas concluyentes de que las embarcaciones atacadas transportaran droga, mientras el saldo humano crece.

El contraste con otras fases de la “guerra contra las drogas” resulta demoledor. En los años de máxima interdicción, la legitimidad descansaba en incautaciones, informes periciales, comparecencias judiciales y cooperación con guardacostas locales. Aquí, el producto final es una explosión en alta mar y un comunicado escueto.

El riesgo es doble: por un lado, abrir la puerta a litigios por uso de la fuerza fuera de un conflicto armado declarado; por otro, erosionar la confianza de socios regionales que podrían terminar exigiendo límites, reglas y auditorías externas para seguir cooperando.

El coste diplomático que se acumula

Washington no solo golpea lanchas: presiona a gobiernos. La Administración ha instado a líderes regionales a colaborar más estrechamente y a adoptar acciones propias, bajo el argumento de que los cárteles suponen una amenaza inaceptable para la seguridad hemisférica.

En la práctica, esa presión añade fricción a capitales que ya lidian con violencia interna y polarización política. Para unos, alinearse con la estrategia estadounidense implica asumir costes de derechos humanos; para otros, distanciarse supone arriesgar cooperación, inteligencia y financiación. El resultado es una región más reactiva, menos coordinada, con incentivos a la opacidad.

Lo más delicado: si la campaña se normaliza, también lo hará la respuesta. Los grupos criminales aprenden rápido. Cambian rutas, fragmentan cargamentos, externalizan transporte a actores más precarios y elevan el riesgo sobre pescadores, migrantes y economías costeras que viven de flujos legales. Cuando el mar se convierte en tablero militar, el daño colateral no siempre es inmediato, pero suele ser persistente.

Eficacia dudosa, riesgo creciente

La pregunta que sobrevuela cada ataque es si la destrucción del vehículo equivale a desarticular la cadena. El saldo de supervivencia sugiere otra cosa: una serie de 58 ataques desde septiembre, con 193 muertos y solo cuatro supervivientes.

Con tan pocos testigos, la información operativa se empobrece. Y con pruebas públicas limitadas, el argumento de eficacia se vuelve frágil: sin incautaciones verificables ni procesos judiciales visibles, la medida se evalúa por su espectacularidad, no por su impacto real sobre el mercado criminal.

En este punto, lo más probable es una intensificación selectiva: más golpes, más presión diplomática y más litigios. El efecto dominó puede ser jurídico (demandas, investigaciones parlamentarias), político (rechazo regional) o reputacional (acusaciones de ejecuciones sin control). Y cada nuevo vídeo, lejos de cerrar el debate, lo agranda.