EEUU golpea Ormuz con bombas de 5.000 libras
Washington asegura haber atacado posiciones fortificadas de misiles iraníes junto al estrecho de Ormuz, una vía por la que pasa cerca del 20% del consumo mundial de petróleo y una parte decisiva del gas natural licuado.
5.000 libras por bomba sobre una de las arterias energéticas del planeta. Estados Unidos aseguró este miércoles, a través del Mando Central (CENTCOM), que ha atacado emplazamientos fortificados de misiles iraníes en la costa próxima al estrecho de Ormuz, al considerar que esos sistemas anti-buque suponían “un riesgo para la navegación internacional”. La dimensión del movimiento va mucho más allá del frente militar: por ese corredor transitan unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos del petróleo, y el mercado ya ha reaccionado con el Brent cerca de los 103 dólares. Lo más grave no es solo el bombardeo, sino lo que revela: la guerra ha entrado de lleno en el corazón del sistema energético global.
Golpe sobre el cuello de botella
El comunicado militar estadounidense fue breve, pero el objetivo elegido resulta elocuente. CENTCOM afirmó que empleó múltiples municiones penetradoras de 5.000 libras contra posiciones endurecidas de misiles a lo largo de la costa iraní cercana a Ormuz. En la lógica de Washington, se trataba de neutralizar baterías de misiles de crucero antibuque capaces de amenazar a petroleros, mercantes y escoltas navales en un paso marítimo extremadamente angosto y saturado. No es un detalle menor que, apenas una semana antes, el propio CENTCOM advirtiera a civiles iraníes de que evitaran puertos usados por fuerzas militares, al sostener que Teherán estaba utilizando instalaciones civiles para operaciones que amenazaban el tráfico marítimo. Ese encadenamiento muestra una escalada metódica: primero la advertencia, después el castigo sobre infraestructuras fortificadas. La consecuencia es clara: Washington ya no está solo conteniendo, sino degradando capacidades costeras iraníes en un punto crítico para la economía mundial.
Ormuz, 20 millones de barriles y muy pocas salidas
El estrecho de Ormuz no es un símbolo; es una tubería geopolítica abierta sobre el mar. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, en 2024 circularon por allí 20 millones de barriles diarios, más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de crudo y alrededor de una quinta parte del consumo global de petróleo y productos derivados. La Agencia Internacional de la Energía eleva aún más la relevancia del paso: alrededor del 25% del comercio marítimo mundial de petróleo y el 19% del comercio global de GNL dependen de ese corredor, con el 80% de esos flujos energéticos destinados a Asia. El diagnóstico es inequívoco: Ormuz no admite sustitutos rápidos. La capacidad de oleoductos para desviar exportaciones fuera del estrecho se mueve entre 3,5 y 5,5 millones de barriles diarios, una cifra muy inferior al volumen que normalmente atraviesa ese embudo. “Cualquier interrupción tendría enormes consecuencias para los mercados mundiales”, advierte la IEA. Ese es el verdadero trasfondo del bombardeo.
Penetrar el búnker, elevar el mensaje
El uso de municiones penetradoras de este tamaño añade una capa política al ataque. La Fuerza Aérea estadounidense explica que armas de esta clase fueron desarrolladas para superar objetivos endurecidos y profundamente enterrados, y que su letalidad esperada es superior a la de sistemas anteriores como la GBU-28. Traducido al lenguaje estratégico: no se trata de un bombardeo de superficie ni de una mera demostración aérea, sino de una operación pensada para alcanzar estructuras preparadas para sobrevivir a ataques convencionales. Este hecho revela un cambio de ambición. Cuando una potencia decide reservar este tipo de armamento para un objetivo costero, está diciendo dos cosas al mismo tiempo: que el blanco tenía valor operativo real y que desea impedir su reutilización en el corto plazo. El contraste con episodios anteriores en el Golfo resulta demoledor: ya no basta con patrullar o interceptar; ahora se busca destruir la arquitectura subterránea que sostiene la amenaza. Esa elección endurece la disuasión, sí, pero también eleva el umbral de represalia del adversario.
La guerra ya se ha trasladado al tablero energético
El ataque estadounidense no cae en el vacío. Llega en el contexto de una guerra regional que, según AP, arrancó el 28 de febrero y que esta semana volvió a intensificarse tras la muerte de dos figuras clave del aparato iraní: Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, y el general Gholam Reza Soleimani, jefe de la Basij. La respuesta de Teherán fue inmediata: lanzamiento de misiles de múltiples cabezas sobre Israel, con dos muertos en Ramat Gan, y nuevas oleadas de drones y proyectiles hacia varios países del Golfo, entre ellos Arabia Saudí y Kuwait. El balance humano ya rebasa el mero pulso militar: la Media Luna Roja iraní sitúa en más de 1.300 los fallecidos en Irán desde el inicio del conflicto, mientras que AP señala que alrededor de 20 buques han sido alcanzados y que el control iraní sobre Ormuz está alimentando el temor a una crisis energética global. La guerra, en otras palabras, ha dejado de ser solo territorial. Ahora se libra también sobre el precio del barril, los seguros marítimos y la cadena logística del comercio mundial.
El mercado ya paga la escalada
Los precios energéticos están haciendo la lectura más fría y, por eso mismo, más inquietante. El martes, el Brent subió hasta rozar los 103 dólares por barril, un nivel cercano a un avance del 50% respecto al periodo previo al comienzo de la guerra. El gas mayorista también se movió al alza, hasta unos 52 euros por megavatio hora, frente a los aproximadamente 30 euros previos al conflicto. Sin embargo, lo más relevante no es el titular del precio, sino el deterioro físico de la infraestructura y de la confianza. Irán atacó por primera vez instalaciones de producción, no solo terminales o refinerías; en Emiratos, el puerto de Fujairah —salida para más de 1 millón de barriles diarios cuando opera con normalidad— vio interrumpidas sus cargas, y la producción emiratí se ha reducido a más de la mitad. La consecuencia es clara: para Europa, y por extensión para España, no hace falta un cierre total de Ormuz para sufrir más inflación energética. Basta con que el mercado perciba que el paso deja de ser seguro para que suban el diésel, el queroseno y el coste del transporte.
El cálculo de Washington
Desde la óptica estadounidense, el movimiento responde a una lógica de contención activa. Si los misiles costeros iraníes ponían en riesgo la navegación, destruirlos era el modo más directo de reducir la capacidad de Teherán para imponer un peaje militar sobre el comercio internacional. Pero ese cálculo tiene una segunda derivada. Al atacar instalaciones fortificadas en la costa de Ormuz, Washington asume de facto un papel aún más visible en la reapertura coercitiva del estrecho. Ya no se limita a respaldar a un aliado o a interceptar amenazas dispersas: entra en la ecuación como garante militar del paso marítimo. Sin embargo, lo más delicado es que esa estrategia depende de una premisa incierta: que el deterioro de baterías y búnkeres sea suficiente para frenar la presión iraní. Y Teherán dispone de otras herramientas menos espectaculares, pero potencialmente igual de dañinas: drones, minas, saturación del tráfico civil y ataques sobre puertos y nodos energéticos regionales. El riesgo, por tanto, no desaparece; muta. Y cuando muta en Ormuz, la factura suele llegar antes a los mercados que a las cancillerías.