La ofensiva aérea masiva contra Teherán desata represalias regionales y sitúa al petróleo en un escenario de 'shock' energético global
Más de 300 aeronaves de combate y 16 buques de guerra han transformado este sábado el Golfo Pérsico en un teatro de aniquilación operativa. Washington e Israel han ejecutado una incursión quirúrgica contra el corazón del régimen de los ayatolás, golpeando simultáneamente los centros de mando de la Guardia Revolucionaria y la infraestructura nuclear de la potencia persa. El presidente Donald Trump, en un mensaje televisado de una agresividad sin parangón, ha advertido de que «caerán bombas en todas partes» hasta lograr la rendición incondicional de Teherán. Es el inicio de una guerra total que ya desborda las fronteras iraníes, amenazando la yugular del petróleo mundial y activando una respuesta balística que ya ha alcanzado objetivos en Qatar, Emiratos Árabes Unidos e Israel.
La doctrina del 'shock y pavor' en Teherán
La operación iniciada durante la madrugada de este sábado representa la mayor proyección de fuerza militar en Oriente Medio desde la invasión de Irak en 2003. Según informes confirmados por el New York Times y el Wall Street Journal, la ofensiva ha golpeado 30 emplazamientos estratégicos en las ciudades de Teherán, Qom, Isfahán y Karaj. El uso de tecnología furtiva de quinta generación, con al menos 18 cazas F-35 liderando la incursión, ha permitido a la coalición sortear los sistemas de detección rusos S-300 que protegían el territorio iraní. Este hecho revela una asimetría tecnológica que Washington ha decidido explotar para forzar una capitulación política por la vía de la fuerza bruta.
La sofisticación del ataque apunta a objetivos de altísimo valor simbólico y operativo. Columnas de humo negro se elevan sobre el distrito gubernamental de Teherán, donde han sido alcanzados los edificios de la presidencia de Masoud Pezeshkian y las oficinas del Consejo de Seguridad Nacional. El diagnóstico es nítido: no estamos ante una misión de castigo limitada, sino ante una campaña de descabezamiento estructural. La consecuencia de esta parálisis en la cadena de mando iraní es un escenario de incertidumbre absoluta sobre la capacidad del régimen para coordinar una defensa organizada en las próximas 48 horas.
El objetivo político: decapitar al régimen
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha sido inusualmente transparente al declarar que el fin último de la operación es el cambio de régimen en Irán. «El objetivo de la operación es poner fin a la amenaza del régimen iraní de forma definitiva», sentenció Netanyahu en un mensaje grabado. Este hecho revela que la diplomacia de contención ha muerto, sustituida por una doctrina de intervención directa que busca erradicar la amenaza nuclear y balística persa mediante la eliminación física de su cúpula de poder. La participación de tropas estadounidenses en la destrucción de los silos de misiles balísticos confirma que Washington ha validado esta hoja de ruta de alto riesgo.
Por su parte, Donald Trump ha instado directamente a la población iraní y a los miembros de las fuerzas armadas a deponer las armas o enfrentarse a una «muerte segura». La oferta de Washington es binaria: inmunidad total por rendición o aniquilación inmediata. Esta táctica de guerra psicológica busca fracturar la lealtad de la Guardia Revolucionaria (IRGC) en un momento de máxima vulnerabilidad. Sin embargo, el diagnóstico de los expertos en geopolítica sugiere que una decapitación política forzada sin tropas sobre el terreno podría derivar en un vacío de poder caótico, similar a los escenarios fallidos de la década pasada en la región.
Represalias en el Golfo: bases aliadas bajo fuego
Irán no ha tardado en ejecutar su doctrina de respuesta asimétrica, extendiendo el conflicto a las naciones que albergan activos estadounidenses. La agencia Fars ha confirmado ataques persistentes contra las bases de EE. UU. en Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. Este desbordamiento geográfico ha provocado ya las primeras víctimas colaterales: la muerte de un civil en Abu Dabi tras la caída de restos de un misil interceptado sobre un edificio residencial. Este hecho revela que Irán ha decidido quemar sus naves diplomáticas, transformando a sus vecinos en objetivos legítimos bajo la premisa de que no habrá seguridad para nadie si el régimen de Teherán es atacado.
Lo más grave, sin embargo, ha sido el impacto humanitario dentro de las fronteras iraníes. La agencia estatal IRNA ha confirmado la muerte de cinco niñas en una escuela de Mirnab, víctimas de un impacto en las cercanías de una base militar de la IRGC. Esta tragedia inicial otorga al régimen de los ayatolás una narrativa de victimización que utilizarán para cohesionar a su población frente a lo que califican como «agresión sionista-americana». La consecuencia es un enrarecimiento del clima social que dificultará el plan de Trump de una transición pacífica liderada por los propios ciudadanos iraníes.
La guerra de los sistemas antimisiles
El espacio aéreo de Oriente Medio se ha convertido en el escenario de la mayor batalla tecnológica de la historia. Israel ha activado su cúpula de hierro (Iron Dome), junto a los sistemas Arrow y David’s Sling, para contrarrestar la lluvia de misiles balísticos y drones suicidas lanzados desde territorio persa. Simultáneamente, Estados Unidos ha puesto en rendimiento máximo sus baterías Patriot y THAAD en Qatar y Arabia Saudí. Este hecho revela que la eficacia de la defensa aérea es hoy la única barrera que impide un colapso total de la infraestructura energética en el Golfo.
La saturación de las defensas es el gran temor de los mandos militares. Si Irán logra penetrar el escudo aliado mediante ataques de enjambre, el impacto sobre las refinerías de los aliados árabes sería devastador. El diagnóstico de Gustavo de Arístegui apunta a que nos encontramos ante una «guerra de saturación» donde la cantidad de proyectiles iraníes intenta superar la precisión de los interceptores occidentales. Cada misil interceptado sobre Tel Aviv o Jerusalén tiene un coste de millones de dólares, lo que supone una sangría financiera que el mercado bursátil empezará a cuantificar con pavor en la apertura del lunes.
El factor China: una pinza geopolítica en el Pacífico
Mientras el fuego consume el Golfo, el escenario global se complica con el movimiento de piezas en el sudeste asiático. El Ministerio de Defensa de China ha puesto a su ejército en alerta máxima en el Mar de China Meridional, advirtiendo de que cualquier intento de «provocar problemas» fracasará. Este hecho revela una coordinación estratégica —o una explotación oportunista— de los tiempos por parte de Pekín. Mientras el Pentágono destina sus recursos más avanzados a la guerra en Irán, China aprovecha para reafirmar su hegemonía en una zona donde se disputa la soberanía con aliados clave de Washington como Filipinas y Japón.
La consecuencia es una sobreextensión militar de los Estados Unidos. El diagnóstico de los analistas de inteligencia señala que Washington corre el riesgo de verse atrapado en una pinza geopolítica: una guerra de alta intensidad en Irán y una crisis de soberanía en el Pacífico. Esta dispersión de recursos es precisamente el escenario que China ha buscado consolidar mediante sus recientes maniobras conjuntas, enviando un mensaje nítido a la Casa Blanca: Estados Unidos ya no tiene la capacidad de actuar como policía global de forma unilateral sin pagar un precio inasumible en su propio patio trasero asiático.
La asfixia energética: el barril a 130 dólares
La economía mundial se asoma a un abismo inflacionario que podría borrar décadas de progreso. Aunque el Brent cerró la semana en los 71 dólares, los mercados de futuros ya descuentan un salto vertical en la apertura de los parqués. Si la marina iraní logra ejecutar maniobras de minado en el Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del crudo mundial, el precio del barril no tendrá techo técnico. Este hecho revela que la «misión noble» de Trump tiene una factura directa que pagarán las clases medias occidentales en cada gasolinera del planeta.
El diagnóstico económico es demoledor. Un petróleo por encima de los 120 o 130 dólares anularía cualquier posibilidad de bajada de tipos de interés por parte de la Fed o el BCE, importando una inflación de costes que destrozaría los márgenes empresariales del Ibex 35 y Wall Street. La consecuencia final de esta guerra podría ser una recesión sistémica global inducida por la energía. El contraste entre la euforia militar de Washington y la fragilidad de los mercados energéticos es la mayor paradoja de un conflicto que Trump ha decidido librar ignorando las advertencias de sus propios asesores económicos.
Para expertos como Gustavo de Arístegui, lo que estamos presenciando es el certificado de defunción de la diplomacia tradicional. El agotamiento de las conversaciones en Ginebra, donde Washington y Teherán fueron incapaces de alcanzar un compromiso mínimo, es el origen de la actual ineficiencia estratégica. Al priorizar el ultimátum sobre el diálogo, la Administración Trump ha empujado al régimen iraní hacia una respuesta de supervivencia total. Este hecho revela que el sistema de supervisión y control internacional, encarnado en la ONU y el OIEA, ha quedado reducido a la irrelevancia ante el poder de los portaaviones.
La lección de esta noche es amarga: en la geopolítica de 2026, la fuerza bruta ha sustituido a la norma internacional. La consecuencia es un mundo fragmentado donde la seguridad ya no se negocia, sino que se impone. El diagnóstico de Arístegui es nítido: la falta de voluntad política para encontrar un equilibrio ha llevado al planeta a un punto de inflexión global donde el diálogo ha sido sustituido por el estruendo de los F-22 sobre el cielo de Teherán. El margen para la desescalada es ya prácticamente nulo.