EEUU recluta a los ‘cazadrones’ ucranianos para blindar Jordania
Ucrania envía expertos y drones interceptores para proteger bases estadounidenses mientras ofrece ayuda a seis países del Golfo a cambio de misiles y presión sobre Moscú.
La guerra de Ucrania ha dado un giro inesperado: el país asediado desde hace cuatro años por los drones iraníes que usa Rusia será ahora quien proteja bases estadounidenses en Jordania frente a ataques de Teherán. Volodímir Zelenski ha confirmado el envío de un primer equipo de expertos en sistemas no tripulados y de drones interceptores al reino hachemí, a petición directa de Washington. Al mismo tiempo, Kiev está negociando con hasta seis países del Golfo para ayudarles a blindarse contra los aparatos iraníes a cambio de misiles de última generación y, sobre todo, de influencia sobre Moscú en un eventual alto el fuego. El movimiento abre un nuevo capítulo en la guerra: Ucrania convierte su experiencia en “cazadrones” en moneda diplomática y en activo económico, pero se expone a un delicado equilibrio entre reforzar a sus aliados y no dejar desprotegido su propio cielo.
La petición inédita de Washington a Kiev
Según Zelenski, Estados Unidos ha pedido “apoyo específico” para proteger sus contingentes frente a los drones kamikaze iraníes que ya han golpeado bases y posiciones estadounidenses en toda la región. El presidente ucraniano explicó que un primer equipo de especialistas y un paquete de drones interceptores volaron a Jordania el pasado viernes, con el objetivo de reforzar la defensa de varias instalaciones clave en el país.
No se trata de tropas de combate, sino de ingenieros, operadores y analistas que han aprendido, noche tras noche, a derribar aparatos Shahed sobre Kiev, Odesa o Járkov. Ucrania ofrece ese conocimiento práctico y, sobre todo, sistemas de intercepción de bajo coste frente a un enemigo que es el mismo: los drones diseñados en Irán y desplegados tanto por Teherán en Oriente Medio como por Rusia en el frente ucraniano.
En paralelo, Zelenski ha revelado contactos con Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, Catar y Arabia Saudí para evaluar la protección de sus infraestructuras civiles y militares. El mensaje es claro: Ucrania no solo pide ayuda, también la vende. Y quienes compran, esta vez, son algunas de las monarquías más ricas del planeta, bajo la presión de una guerra regional que se extiende por todo el Golfo.
De derribar ‘Shahed’ en Kiev a proteger bases en Jordania
La oferta ucraniana no nace de la nada. Desde 2022, Rusia ha lanzado decenas de miles de drones kamikaze Shahed contra ciudades e infraestructuras ucranianas, obligando a Kiev a improvisar en tiempo récord una defensa antiaérea híbrida, que combina artillería, guerra electrónica, radares móviles y, cada vez más, drones que cazan a otros drones. Zelenski llegó a cifrar en más de 28.000 aparatos Shahed los utilizados por Moscú desde el inicio de la invasión, con oleadas de varios centenares en una sola noche.
De ese laboratorio de guerra ha surgido una industria de interceptores de bajo coste, capaces de derribar objetivos lentos y ruidosos como los Shahed por una fracción del precio de un misil antiaéreo clásico. Mientras Rusia multiplica los ataques para saturar las defensas, Ucrania ha tenido que aprender a abaratar cada impacto sin renunciar a altos niveles de derribo. Esa experiencia es, precisamente, lo que busca ahora Estados Unidos para proteger sus activos desplegados en Jordania y en otros puntos de la región, donde la amenaza se parece cada vez más a la que sufre Ucrania desde hace cuatro años.
Para Kiev, la operación en Jordania será también una demostración en directo de sus sistemas: un escaparate de guerra real, no en ferias de defensa, sino en un frente en el que los errores se pagan en vidas y en credibilidad estratégica.
Golfo Pérsico: aliados bajo fuego y con la mirada en Ucrania
El interés de los países del Golfo no es teórico. En las últimas semanas, Irán ha lanzado centenares de misiles y casi 700 drones contra Emiratos Árabes Unidos, en una ofensiva que ha tenido como objetivo, entre otras, la base aérea de Al Dhafra, donde opera Estados Unidos. De los 689 aparatos contabilizados, 645 fueron interceptados, pero los restos de los drones y de los misiles han provocado daños en zonas residenciales de Abu Dabi y Dubái y han causado víctimas civiles.
En Bahréin, los ataques han alcanzado incluso instalaciones vinculadas a la Quinta Flota estadounidense, con al menos un trabajador muerto y varios heridos por la caída de restos sobre instalaciones portuarias y hoteleras. La señal para Washington es inequívoca: el nivel de saturación de los ataques iraníes obliga a desplegar más recursos o a cambiar la ecuación de costes.
Jordania tampoco es un escenario nuevo. En enero de 2024, un dron impactó contra el puesto avanzado de Tower 22, en la frontera con Siria, matando a tres soldados estadounidenses e hiriendo a otros 47. Aquel ataque fue un aviso de que el perímetro de seguridad de EEUU en la región es vulnerable a sistemas relativamente baratos, operados por milicias aliadas de Teherán.
En este contexto, que seis países del Golfo y el propio Estados Unidos miren ahora hacia Kiev para reforzar sus defensas revela hasta qué punto la guerra de Ucrania se ha convertido en escuela global de defensa antidrón, con implicaciones directas para la seguridad energética, la estabilidad de los mercados y el coste de mantener abierto el flujo de crudo y gas desde la región.
Canje estratégico: drones ucranianos por misiles Patriot
La operación en Jordania no es sólo un gesto político. Zelenski ha planteado abiertamente un intercambio de drones interceptores por misiles de alta gama, en particular sistemas Patriot y PAC-3 procedentes de arsenales estadounidenses y de los propios países del Golfo. La lógica es simple: los aliados de EEUU disponen de baterías y misiles caros que no siempre son eficientes contra oleadas masivas de Shahed, mientras que Ucrania produce interceptores mucho más baratos pero carece de suficientes escudos frente a misiles y bombas guiadas rusas.
El desequilibrio económico es abrumador. Un misil Patriot puede costar hasta 4 millones de dólares, mientras que un dron Shahed se sitúa en la horquilla de 30.000 a 50.000 dólares por unidad. Disparar un Patriot contra un Shahed es, en términos contables, como usar un coche de lujo para detener un ciclomotor. Los interceptores ucranianos, que pueden fabricarse por 1.000–2.000 dólares, reducen de forma drástica la factura y permiten reservar los sistemas caros para amenazas de mayor valor.
Para Kiev, colocar sus drones y su know-how en bases estadounidenses y del Golfo abre la puerta a acuerdos de compensación: misiles, radares, sistemas de mando y, sobre todo, compromisos políticos de apoyo a largo plazo. Para Washington, el beneficio es doble: abarata la defensa inmediata de sus bases y refuerza a un aliado al que sigue viendo como pieza central en el equilibrio de poder frente a Rusia.
El papel de Rusia y el cálculo de Zelenski
Zelenski no esconde que busca algo más que contratos. En una entrevista reciente, el presidente ucraniano subrayó que varios países de Oriente Medio mantienen “relaciones muy fuertes con Rusia” y que podrían presionar a Moscú hacia un alto el fuego si Ucrania les ayuda a defenderse. El mensaje va dirigido a capitales como Riad, Abu Dabi o Doha, que han equilibrado cuidadosamente sus lazos con Estados Unidos, Rusia y China, y que ahora sufren de primera mano el impacto de la guerra con Irán.
La jugada es arriesgada pero lógica: al ofrecer protección frente a drones iraníes —herramientas que Teherán también ha puesto en manos de Moscú—, Ucrania pretende demostrar que la alianza entre Rusia e Irán tiene un coste directo para los socios del Golfo. Si esos países, a su vez, utilizan su acceso al Kremlin para empujar hacia una tregua o al menos hacia límites en el uso de drones contra ciudades ucranianas, la ayuda técnica se convertiría en palanca diplomática.
Al mismo tiempo, la crisis regional ha encallado las conversaciones auspiciadas por Washington para un alto el fuego en Ucrania. El foco estratégico de EEUU se desplaza, inevitablemente, hacia el Golfo y hacia la contención de Irán. En ese escenario, evitar ser relegado a un conflicto de “segunda fila” exige a Zelenski colocar a Ucrania en el centro de la respuesta occidental a la amenaza de los drones iraníes, dentro y fuera de Europa.
El riesgo de que Ucrania se quede sin defensas
Lo más delicado de la operación es el equilibrio interno. Ucrania sigue sufriendo una lluvia casi diaria de drones y misiles rusos. Solo en el invierno de 2025-2026, Moscú lanzó casi 19.000 drones de ataque y más de 14.000 bombas guiadas contra territorio ucraniano, según cifras del propio Zelenski citadas por analistas occidentales.
Exportar interceptores o desplazar a los mejores especialistas al extranjero podría abrir brechas en la defensa nacional. El Gobierno ucraniano insiste en que no habrá transferencias que comprometan su seguridad y que cualquier despliegue exterior será limitado en número y en tiempo. Las empresas del sector, por su parte, aseguran poder producir “decenas de miles” de drones al mes sin debilitar el frente interno, lo que transformaría a Ucrania en uno de los principales fabricantes mundiales de sistemas antidrón.
El diagnóstico, sin embargo, es inequívoco: mientras Rusia aumente su capacidad de producir y lanzar Shahed y versiones propias, Ucrania deberá invertir una parte creciente de su presupuesto y de su capacidad industrial en defenderse del mismo tipo de arma que ahora ofrece a sus socios. El riesgo es que, en la búsqueda de influencia global, Kiev termine peleando dos guerras a la vez: la que libra en su propio territorio y la que libra como proveedor de seguridad en Oriente Medio.
Un negocio militar emergente en plena guerra
Más allá de la diplomacia, la exportación de know-how antidrón abre un nuevo nicho de negocio militar para Ucrania. La combinación de guerra real, innovación de supervivencia y costes contenidos coloca a sus empresas en una posición privilegiada en un mercado que, según estimaciones de la industria, crecerá a doble dígito en la próxima década. Cada nuevo ataque iraní en el Golfo y cada nueva oleada rusa sobre Ucrania refuerzan la percepción de que los drones baratos y masivos han llegado para quedarse.
Los primeros contratos, aunque sean modestos, servirán para alimentar una industria que ya ha pasado de pequeños talleres a líneas de producción capaces de iterar diseños en cuestión de semanas. La consecuencia es clara: la frontera entre ayuda militar y exportación comercial se difumina. Lo que hoy llega a Jordania como apoyo a un aliado puede convertirse mañana en un programa estable de entrenamiento, suministro y mantenimiento para varios Estados del Golfo.
Este hecho revela otro elemento de fondo: Ucrania, que durante décadas fue principalmente un exportador de grano y de productos metalúrgicos, empieza a perfilarse como exportador de tecnología militar punta, aun en plena guerra y bajo un embargo parcial de armas. Un giro que puede sanar parte de su economía, pero que también la ata de forma estructural al complejo militar global.