EEUU se retira de la negociación nuclear en Ginebra: un duro revés para Teherán
La última ronda de conversaciones sobre el programa nuclear iraní en Ginebra ha terminado con un gesto tan simbólico como inquietante: el delegado estadounidense decidió levantarse de la mesa y abandonar la sesión, después de valorar como “inadecuadas” las propuestas de Teherán. El episodio, confirmado por fuentes diplomáticas presentes en la sala, no supone la ruptura formal del canal de diálogo, pero sí marca el punto de mayor desencuentro desde que se reactivaron los contactos bilaterales en 2025. La escena llega en un momento en el que Washington exige un acuerdo más duro y de duración indefinida, mientras Irán se niega a renunciar al enriquecimiento de uranio y a su capacidad tecnológica nuclear.
Según diplomáticos consultados, la delegación estadounidense interrumpió la reunión matinal después de escuchar la última presentación iraní y concluir que no contenía “ningún elemento sustantivo nuevo” respecto a rondas anteriores. El gesto no fue improvisado: en Washington ya se había advertido de que no habría “reuniones por inercia” si Teherán se limitaba a reformular viejas ofertas.
En los corrillos de Ginebra, la escena se interpretó como un mensaje directo a la cúpula iraní: o hay concesiones verificables o el coste político de seguir sentado en la mesa será demasiado alto para la Casa Blanca. La expresión “propuestas inadecuadas”, utilizada por responsables estadounidenses, no es casual. En otras fases del contencioso nuclear, Washington ya calificó las posiciones iraníes de “unworkable and inadequate”, subrayando que no bastan gestos cosméticos si el núcleo del programa —enriquecimiento, stock de uranio y régimen de inspecciones— permanece prácticamente intacto.
Teherán, por su parte, filtra una lectura muy distinta: habla de “progreso”, insiste en que el diálogo sigue abierto y acusa a EEUU de fijar demandas “maximalistas” imposibles de aceptar sin sacrificar su soberanía tecnológica. El choque de narrativas refuerza la sensación de que, más que una negociación clásica, lo que se libra en Ginebra es una batalla por el relato ante aliados, mercados y opinión pública interna.
Un proceso en Ginebra ya al límite
La ronda ahora descarrilada debía servir para transformar en borrador de acuerdo los principios discutidos en las últimas semanas entre enviados especiales de ambos países, con mediación de Omán y participación técnica del OIEA. Sin embargo, el proceso llega cargado de fatiga: se trata ya de la enésima serie de contactos desde que fracasó el marco del JCPOA de 2015 y se encadenaran años de sanciones, sabotajes y avances nucleares iraníes.
Desde 2021, Irán ha llegado a enriquecer uranio hasta el 60% de pureza, muy por encima del 3,67% fijado en el antiguo acuerdo, y acumula centenares de kilos de material cercano a grado armamentístico, según los últimos informes del OIEA y análisis independientes. Paralelamente, ha desplegado cerca de 13.500 centrifugadoras, muchas de ellas avanzadas, lo que acorta drásticamente los tiempos para producir material fisible suficiente para un arma si optara por dar ese salto.
Washington, por su parte, ha endurecido su posición: exige un acuerdo sin cláusulas de caducidad, con límites permanentes al programa y un sistema de inspecciones intrusivo, mientras mantiene o incluso refuerza un régimen de sanciones que asfixia a la economía iraní. El resultado es un proceso que vive a golpe de ultimátum, con ventanas de oportunidad cada vez más estrechas y un margen de error extremadamente reducido.
Las ofertas iraníes que Washington tacha de “inadecuadas”
¿Qué ha llevado a EEUU a considerar “inadecuadas” las propuestas de Teherán? Según fuentes conocedoras del contenido, Irán habría planteado congelar parte del enriquecimiento por encima del 20%, redirigir una fracción del uranio a usos civiles y aceptar inspecciones adicionales, pero sin tocar el corazón del problema: su capacidad instalada y el volumen ya acumulado de uranio al 60%.
En paralelo, Irán exigiría un calendario claro y rápido de levantamiento de sanciones, incluyendo la descongelación de activos por valor de entre 40.000 y 50.000 millones de dólares, así como garantías de que ningún futuro Gobierno estadounidense podrá abandonar el acuerdo unilateralmente, como ocurrió en 2018.
Para Washington, el esquema es insuficiente por dos razones: primero, porque no reduce el “tiempo de ruptura” —el plazo necesario para acumular material fisible para una bomba— a niveles considerados seguros; varios estudios sitúan hoy ese tiempo en cuestión de semanas, frente a los 12 meses que ofrecía el JCPOA original. Y segundo, porque el mecanismo propuesto de verificación sigue siendo parcial, con importantes lagunas de acceso para los inspectores en instalaciones clave.
Enriquecimiento, plazos y sanciones: el nudo del desacuerdo
El desacuerdo técnico se resume en tres ejes. El primero es el nivel de enriquecimiento: EEUU y sus socios quieren que Irán vuelva a niveles próximos al 3,67% y se deshaga de la mayoría de su uranio al 60%, bien exportándolo o diluyéndolo. Irán, en cambio, insiste en que ese stock es su “seguro” frente a futuros incumplimientos occidentales.
El segundo eje son los plazos del acuerdo. La Administración estadounidense aspira a un pacto de duración indefinida, sin “cláusulas de atardecer” que vayan relajando progresivamente las restricciones, un punto que Teherán considera humillante e incompatible con su derecho soberano a desarrollar tecnología nuclear civil.
El tercer eje es el calendario de sanciones. Irán exige alivio inmediato y cuantificable, incluyendo el restablecimiento de exportaciones petroleras a niveles previos a 2018 —más de 2 millones de barriles diarios, frente a poco más de 1 millón actual—, mientras EEUU prefiere un esquema gradual y reversible, ligado a verificaciones periódicas del OIEA.
El diagnóstico es inequívoco: cada una de las partes ha construido un sistema de garantías pensado para el caso de que la otra incumpla. En ese contexto, ceder se percibe más como un riesgo existencial que como un paso táctico.
El peso de dos décadas de desconfianza mutua
Más allá de fórmulas técnicas, la negociación arrastra casi 20 años de desconfianza acumulada. Desde las primeras revelaciones sobre instalaciones secretas en Natanz y Fordow, pasando por sabotajes, virus informáticos, asesinatos selectivos de científicos y oleadas de sanciones, la relación entre Washington y Teherán se ha convertido en una sucesión de golpes y contragolpes.
Para Irán, la experiencia del JCPOA es central: aceptó limitar de forma drástica su programa a cambio de alivio económico, solo para ver cómo Estados Unidos se retiraba del acuerdo y reimponía sanciones bajo otra Administración. Para EEUU, en cambio, el mensaje es que cada ventana de diálogo ha coincidido con un nuevo salto adelante del programa nuclear iraní, reforzando la idea de que Teherán combina negociación y avance tecnológico para ganar tiempo.
Este hecho revela por qué Ginebra resulta tan frágil. Ninguna de las partes cree en la palabra de la otra sin un arsenal de inspectores, cámaras, cláusulas de reversión y mecanismos de presión económica o militar. La diplomacia funciona, pero solo bajo amenaza creíble: de sanciones para Irán, de escalada regional para EEUU. Y es precisamente esa combinación —presión y avance nuclear simultáneo— la que convierte cada ruptura de una sesión en un riesgo de deriva hacia escenarios no controlados.
Reacciones de las potencias y riesgo de efecto contagio
El abandono estadounidense no se produce en el vacío. Las capitales europeas miran con creciente inquietud cómo se estrecha el margen para una solución negociada al tiempo que crecen los inventarios de uranio iraní y el cansancio de la opinión pública ante un conflicto que se prolonga desde hace más de una década.
Para la Unión Europea, el fracaso de Ginebra tendría consecuencias dobles: diplomáticas, al desmoronarse uno de los pocos dossiers donde Bruselas ha ejercido papel mediador relevante; y económicas, al aumentar la prima de riesgo geopolítico sobre un mercado energético todavía sensible. Los analistas advierten de que un repunte brusco en las tensiones podría añadir entre 5 y 10 dólares por barril al precio del Brent en pocas jornadas, si los actores del Golfo perciben un riesgo mayor de confrontación en el estrecho de Ormuz.
El contraste con otras crisis regionales resulta demoledor: mientras en Ucrania la arquitectura de sanciones y apoyos militares se diseñó en cuestión de meses, el expediente iraní lleva años atascado en una mezcla de parches y treguas temporales, sin un horizonte claro de resolución. Esta fatiga estratégica aumenta la tentación, en algunas capitales, de normalizar el riesgo nuclear iraní como un dato más del paisaje, algo que la comunidad de no proliferación considera letal para la credibilidad del sistema.
