Organización Mundial de la Salud (OMS)

EEUU rompe con la OMS y dinamita la cooperación sanitaria global

World_Health_Organisation_headquarters,_Geneva,_north_and_west_sides_2007 By I, Yann, CC BY-SA 3.0
Washington consuma su salida de la agencia de la ONU, deja una factura de 270 millones sin pagar y abre un vacío de liderazgo en plena era de pandemias

Estados Unidos ha formalizado este jueves su salida de la Organización Mundial de la Salud (OMS), culminando el proceso iniciado hace un año por orden ejecutiva de Donald Trump. La Casa Blanca acusa a la agencia de la ONU de haberse desviado de su misión original y de actuar “en contra de los intereses estadounidenses” durante la pandemia de COVID-19. Al otro lado, epidemiólogos y expertos en salud pública hablan de “un error enorme y científicamente temerario” que debilita la capacidad global de respuesta ante pandemias. La ruptura llega con más de 270 millones de dólares de cuotas estadounidenses aún pendientes de pago, en un momento en que la OMS sigue coordinando vigilancia sobre gripe, ébola y nuevas amenazas infecciosas. El movimiento deja una pregunta incómoda: ¿puede Washington liderar la salud global desde fuera del principal foro multilateral que la articula?

Una salida sin precedentes de la arquitectura sanitaria global

La desconexión de Estados Unidos de la OMS no es un gesto simbólico: es la primera vez que la mayor potencia científica y sanitaria del planeta abandona el organismo encargado de coordinar la respuesta a epidemias, fijar estándares y validar vacunas. El proceso se inició hace exactamente un año, cuando Trump firmó la orden ejecutiva que activaba el periodo de preaviso de doce meses exigido por Naciones Unidas para abandonar la agencia.

Durante décadas, Washington no solo ha sido el principal contribuyente financiero de la OMS —aportando en algunos ejercicios más del 15% del presupuesto total entre cuotas obligatorias y contribuciones voluntarias—, sino también un actor central en sus grupos técnicos: laboratorios de referencia, redes de vigilancia, ensayos clínicos y programas de erradicación.

Con la retirada, ese ecosistema entra en fase de reconfiguración forzada. La OMS ya ha incluido la salida de EEUU en la agenda de su próximo Comité Ejecutivo y deberá decidir qué hacer con programas donde la contraparte estadounidense era clave. El riesgo inmediato es doble: menos recursos y menos capacidad técnica compartida, justo cuando la presión para vigilar nuevas zoonosis, virus respiratorios y patógenos resistentes a antibióticos va al alza.

El argumento de Trump: una OMS politizada y hostil a EEUU

El Departamento de Salud (HHS) y el Departamento de Estado han articulado una narrativa clara para justificar la ruptura. Según un alto cargo de HHS, la OMS “se ha desviado de su misión central” y habría actuado “contraria a los intereses de EEUU” en múltiples ocasiones. El foco de la crítica es la gestión de la COVID-19:

  • Se acusa a la organización de retrasar la declaración de emergencia de salud pública internacional, lo que habría permitido una propagación más rápida del virus.

  • Se reprocha a la OMS haber “criticado injustamente” decisiones de la Casa Blanca como el cierre temprano de fronteras a determinados países.

  • Se cuestiona la influencia de China, a la que Washington acusa de aportar menos dinero que EEUU mientras, a su juicio, goza de mayor margen político en la agencia.

La Administración añade un agravio simbólico: nunca ha habido un director general estadounidense al frente de la OMS, pese a las cuantiosas aportaciones financieras de Washington desde 1948. El discurso termina presentando la salida como un acto de “recuperación de soberanía” y de rechazo a una burocracia internacional percibida como parcial.

Sin embargo, el argumento omite un hecho central que subrayan los epidemiólogos: más allá de la política, la OMS es, sobre todo, infraestructura técnica compartida —laboratorios, bases de datos, expertos— sin la cual ningún país, por poderoso que sea, puede anticipar o contener determinadas amenazas.

La factura pendiente: 270 millones y el peso del dinero

Más allá del gesto político, la salida deja un contencioso financiero importante. Según Naciones Unidas, Estados Unidos adeuda más de 270 millones de dólares a la OMS por el periodo 2024-2025. El HHS sostiene que Washington no está obligado a pagar esa cantidad bajo la Constitución de la agencia, adoptada en 1948. Pero, más allá de la letra pequeña jurídica, el mensaje para el resto de países es que el primer contribuyente histórico abandona el barco sin saldar completamente su cuenta.

Para la OMS, perder de golpe a un donante de esta magnitud significa recortar, reprogramar o buscar sustitutos para un volumen nada menor de proyectos: desde campañas de vacunación en países de renta baja hasta programas de vigilancia de gripe o tuberculosis. Otros actores —la Unión Europea, algunos países del G7, filantropías privadas— pueden intentar cubrir parte del hueco, pero no está claro si podrán hacerlo con la misma rapidez y estabilidad.

Además, existe un componente de poder: quien financia, influye. Al renunciar a ese peso financiero, Estados Unidos se autoexpulsa de una parte del espacio de decisión, dejando margen para que China, la India o bloques regionales refuercen su voz en la definición de estándares, prioridades de investigación y protocolos de emergencia.

Qué pierde Washington: datos, alerta temprana y capacidad de influencia

Los expertos en salud pública coinciden en que la retirada no solo perjudica a terceros, sino al propio Estados Unidos. “Los gérmenes no respetan fronteras”, recordaba Ronald Nahass, presidente de la Infectious Diseases Society of America, en declaraciones a ABC. Sin presencia plena en la OMS, Washington verá limitada su participación directa en redes de vigilancia global de enfermedades emergentes.

Uno de los ejemplos más claros es el proceso anual de selección de cepas de gripe para el diseño de la vacuna. Tradicionalmente, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) y otros laboratorios estadounidenses han desempeñado un papel clave en el análisis de muestras y en la decisión sobre qué variantes priorizar. Con la salida, la participación de EEUU en esa reunión —prevista para el mes que viene— queda en el aire.

Además, renunciar al asiento formal dentro de la OMS implica perder una parte de la capacidad de fijar agenda en temas como resistencia antimicrobiana, seguridad de laboratorios o protocolos frente a brotes de ébola. Washington podrá seguir opinando y actuando, pero ya no desde dentro de la principal mesa donde se toman esas decisiones.

Riesgos sobre pandemias, gripe y amenazas como ébola

Los críticos califican la retirada de “científicamente temeraria” y subrayan que ignora algo fundamental: la historia natural de las enfermedades infecciosas. Virus, bacterias y parásitos se desplazan con una facilidad que la logística humana difícilmente puede replicar. Desde el SARS original hasta el ébola o el zika, los últimos veinte años han demostrado que ningún sistema sanitario nacional es autosuficiente.

Nahass advertía de que la salida dificultará la vigilancia de amenazas emergentes, citando expresamente ébola y la gripe estacional, que cada año se cobra cientos de miles de vidas a escala global. Sin acceso pleno a los canales de intercambio de datos y muestras de la OMS, ajustar la composición de las vacunas o anticipar mutaciones peligrosas se vuelve más complejo.

El riesgo es que, en la próxima gran amenaza —sea un nuevo coronavirus, una gripe aviar adaptada al humano o un patógeno aún desconocido—, Estados Unidos tenga menos visibilidad temprana y menos capacidad de influir en la respuesta coordinada. Y que, mientras tanto, el resto del mundo deba reorganizar sus mecanismos de cooperación sin el que hasta ahora era su principal socio técnico.

El plan B de HHS: bilateralismo, redes propias y 2.000 funcionarios fuera

La Administración Trump intenta contrarrestar estas críticas describiendo un plan alternativo. Un alto cargo de HHS subrayó que Estados Unidos seguirá siendo “líder en salud global” y recordó que el departamento tiene ya más de 2.000 empleados en 63 países, además de acuerdos bilaterales con cientos de gobiernos.

La estrategia pasa por reforzar estas redes paralelas para cubrir tres grandes funciones:

  • Vigilancia de nuevas amenazas infecciosas.

  • Diagnóstico y laboratorio en entornos de bajos recursos.

  • Respuesta a brotes mediante equipos de emergencia y ayuda técnica.

En la práctica, esto significa un giro hacia el bilateralismo y las coaliciones ad hoc, frente al multilateralismo institucionalizado que representa la OMS. El problema, advierten los expertos, es que una constelación de acuerdos dispersos nunca sustituye por completo a un organismo con reglas, asambleas y procedimientos comunes. Y que, a medio plazo, la fragmentación puede generar duplicidades, lagunas de cobertura y competencia entre redes, justo lo contrario de lo que se necesita en una crisis global.

¿Hay vuelta atrás? Escenarios políticos y margen de maniobra

Por ahora, HHS asegura que no hay planes para reingresar en la OMS ni siquiera como observador. El mensaje busca consolidar la decisión como parte de una nueva doctrina norteamericana de recelo hacia ciertos organismos internacionales. La realidad política, sin embargo, es más matizada.

La salida se produce en un contexto de alta polarización interna en EEUU y podría ser revisada por una futura administración con otra visión del multilateralismo. El precedente está en otros acuerdos internacionales —clima, comercio— de los que Washington se ha retirado para luego volver bajo una nueva presidencia. El coste, en cualquier caso, es acumulativo: cada ida y vuelta erosiona la credibilidad de largo plazo y obliga a reconstruir alianzas sobre terreno cada vez más frágil.

Mientras tanto, la OMS se enfrenta a su propio test de estrés: demostrar que puede reorganizar su financiación, reforzar su independencia y seguir coordinando respuestas globales sin su socio histórico más influyente. Si lo consigue, el daño será sobre todo para el prestigio y la influencia de EEUU. Si no, el coste se medirá en algo mucho más tangible: vidas y oportunidades perdidas en la próxima gran crisis sanitaria.