EEUU suma 186 muertos al atacar otra lancha en el Pacífico

La última operación de SOUTHCOM deja tres fallecidos y reabre las dudas legales sobre la “guerra” contra los carteles.

SOUTHCOM
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El vídeo dura segundos. La lancha corre sobre el agua y, de pronto, una explosión la convierte en una bola de fuego. Tres hombres murieron el domingo en el último ataque de Estados Unidos contra un supuesto “drug vessel” en el Pacífico oriental. El dato no es el único que inquieta: la campaña, activa desde septiembre de 2025, ya supera los 185-186 fallecidos según recuentos y partes oficiales. 

Un goteo letal que ya tiene cifras de operación sostenida

El Comando Sur (SOUTHCOM) presentó el ataque del domingo como “la última” acción contra una embarcación “engaged in narco-trafficking operations”. Es el mismo patrón narrativo que se repite desde el arranque de la campaña: golpes rápidos, vídeos de baja resolución, un balance inmediato de muertos y la promesa de “disrupción” del tráfico ilícito.

La dimensión acumulada, sin embargo, delata otra cosa: no estamos ante interdicciones puntuales, sino ante una rutina militarizada en aguas latinoamericanas. AFP elevaba este lunes el contador a 185 fallecidos tras “decenas de ataques” recientes; AP lo situaba en al menos 186. La diferencia es menor, pero el orden de magnitud es el mismo: una campaña con coste humano ya difícil de encapsular como mera política antidroga.

La prueba que no llega: vídeos virales y un expediente opaco

La propia AP subraya un hecho clave: “The military has not provided evidence that any of the vessels were carrying drugs.” La frase, repetida en varias coberturas, se ha convertido en el agujero negro de la operación: sin pruebas verificables, cada explosión se interpreta como ejecución extrajudicial por parte de críticos y organizaciones de derechos humanos.

SOUTHCOM, por su parte, endurece el lenguaje. En el parte difundido por AFP se afirma que la lancha estaba “operated by Designated Terrorist Organizations” y que la “intelligence confirmed” su tránsito por rutas conocidas. La consecuencia es clara: al elevar a los objetivos al rango de “narco-terroristas”, Washington intenta desplazar el foco desde la evidencia penal (droga incautada, cadena de custodia) hacia un marco bélico donde el estándar de transparencia suele relajarse.

Del narco al terrorismo: el giro normativo que cambia el tablero

El pilar político-jurídico está documentado. Una orden de la Casa Blanca de 20 de enero de 2025 creó un proceso para designar carteles como Foreign Terrorist Organizations o Specially Designated Global Terrorists. En el texto se justifica el salto con un diagnóstico de seguridad nacional: “Los carteles internacionales constituyen una amenaza más allá del crimen organizado tradicional”.

La derivada práctica es enorme: sanciones más duras, cooperación forzada con terceros países y, sobre todo, la tentación de aplicar lógicas de “conflicto armado” a lo que históricamente era crimen organizado transnacional. CBS recogió incluso la notificación a Congreso en la que la Administración describe una “non-international armed conflict” con carteles designados como terroristas (menciona, entre otros, Tren de Aragua, Sinaloa y MS-13). En ese marco, el listón político para apretar el gatillo baja.

La factura judicial y reputacional: demandas y derechos humanos

La controversia ya ha saltado a los tribunales. La ACLU sitúa un hito: el 14 de octubre de 2025, un misil estadounidense mató a dos trinitenses (Chad Joseph y Rishi Samaroo) que viajaban en barco desde Venezuela a Trinidad y Tobago. La organización, junto a otros actores, litiga el caso invocando la Death on the High Seas Act y el Alien Tort Statute, y califica los hechos como “extrajudicial killings”.

En paralelo, la presión internacional crece. The Guardian recoge que familiares de víctimas han demandado al Gobierno y que la propia ACLU ha pedido que instancias interamericanas investiguen la campaña. El riesgo para Washington no es solo jurídico: es estratégico. Una operación sostenida sin pruebas públicas suficientes erosiona alianzas, alimenta narrativas antiestadounidenses y convierte cada error —o cada identificación dudosa— en munición diplomática para adversarios.

Impacto económico colateral: seguros, rutas y riesgo-país en la región

La economía no queda al margen cuando se normaliza el uso de fuerza letal en corredores marítimos. El primer efecto es intangible pero caro: percepción de zona de riesgo. En términos de mercado, ese estigma suele traducirse en primas mayores de seguro de casco y carga, cláusulas más restrictivas y más costes de cumplimiento para navieras y operadores logísticos. En rutas sensibles, un encarecimiento de entre el 5% y el 15% en coberturas es suficiente para alterar márgenes en tráficos regionales de bajo valor añadido.

El contraste con la eficacia también es demoledor. Un reportaje del Guardian citaba un dato de una evaluación de la DEA de 2020: solo el 8% de la cocaína que entra en EE UU transitaría por rutas caribeñas, un porcentaje que cuestiona el retorno real de convertir el mar en un tablero de guerra. Si el objetivo declarado es cortar el flujo de drogas, el instrumento —bombardeos— corre el riesgo de ser más simbólico que eficiente.

Venezuela como pieza central y la escalada tecnológica que viene

La campaña no ocurre en el vacío. AP vincula el inicio de los ataques con “el mayor despliegue militar estadounidense en la región en generaciones” y con la operación de enero de 2026 que capturó a Nicolás Maduro, trasladado a Nueva York para afrontar cargos de narcotráfico y declarado no culpable. Esa secuencia sugiere una estrategia más amplia: presión máxima sobre Caracas y señal a gobiernos vecinos sobre la nueva doctrina de Washington.

A ello se suma una deriva tecnológica que puede acelerar el ritmo de golpes y, a la vez, reducir la rendición de cuentas. SOUTHCOM informó en abril de la creación de un Autonomous Warfare Command, una estructura que apunta a más sistemas no tripulados y decisiones operativas cada vez más rápidas. En un entorno así, la exigencia de pruebas y controles —antes de disparar y después de hacerlo— no es un matiz legalista: es el dique que separa la interdicción de la arbitrariedad.

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