Emergencia energética en Cuba: reservas de petróleo se agotan ante presiones de EE.UU.
La cuenta atrás ha empezado en Cuba. Según los datos de la consultora Kpler, el país solo dispone de entre 15 y 20 días de petróleo al ritmo actual de consumo, tras recibir este año un único cargamento de 84.900 barriles desde México el 9 de enero. Al mismo tiempo, el flujo desde Venezuela se ha desplomado hasta cero por las nuevas sanciones de Estados Unidos y la captura de buques. Y ahora, la decisión de Petróleos Mexicanos (Pemex) de parar sus envíos añade un nuevo golpe a una economía que ya lleva años funcionando al límite. Si no aparecen nuevos suministros en cuestión de semanas, Cuba afronta un escenario de apagones diarios prolongados, colapso del transporte y presión social creciente. La pregunta ya no es si habrá más cortes de luz, sino cuán profundos serán y durante cuánto tiempo.
Reservas al límite
La señal es inequívoca: Cuba vive literalmente al día en petróleo. Kpler calcula que, sumando el cargamento mexicano del 9 de enero a unas existencias previas de unos 460.000 barriles, el país apenas puede sostener el consumo interno durante dos o tres semanas si mantiene la demanda actual.
En la práctica, esto significa que el Gobierno solo tiene margen para elegir qué se apaga primero: si las fábricas, el transporte público, el alumbrado o los hogares. Cuba no puede acudir con libertad al mercado internacional de crudo: arrastra una severa crisis de divisas, está sujeta a sanciones financieras y su acceso al crédito es mínimo. Como resume el experto energético Jorge Piñón, de la Universidad de Texas, la isla no tiene dinero para comprar petróleo en el mercado abierto y depende de acuerdos políticos con un puñado de aliados.
El margen de seguridad que permitía almacenar semanas de consumo desapareció en buena parte con el incendio de la base de supertanqueros de Matanzas en 2022, que destruyó varios depósitos estratégicos. Desde entonces, cualquier retraso en la llegada de un buque se traduce casi directamente en apagones. Lo que antes era una crisis recurrente se ha convertido ahora en una vulnerabilidad estructural: basta que falle un proveedor para que el país se asome al precipicio.
Cifras que encienden la alerta
Los números dibujan una pendiente pronunciada. A lo largo de 2025, Cuba importó en torno a 45.400 barriles diarios de combustibles, un 35% menos que el año anterior, según datos comerciales recopilados por Reuters. De esa cifra, aproximadamente 27.000 barriles diarios procedían de Venezuela y unos 5.000 de México, el resto llegaba de Rusia y otros proveedores puntuales.
Esa media anual esconde, sin embargo, una caída mucho más abrupta en los últimos meses. En enero de 2026, la isla ha recibido solo 84.900 barriles de crudo y derivados, equivalentes a algo menos de tres días de consumo en un país que necesita del orden de 70.000 a 80.000 barriles diarios para funcionar con relativa normalidad. El resto del mes se está cubriendo con existencias cada vez más exiguas.
La consecuencia inmediata ya se siente en la calle: apagones que superan las nueve horas diarias en algunas provincias, cortes de energía en La Habana, y un transporte público que funciona a tirones. A medio plazo, el golpe se trasladará a la producción industrial, al turismo —clave para la entrada de divisas— y a la cadena alimentaria, desde la refrigeración de alimentos hasta el bombeo de agua. En un sistema económico que ya arrastra contracción del PIB y escasez crónica de bienes básicos, cada barril perdido se multiplica en tensión social.
Presión desde Washington
La emergencia energética se produce en un contexto de máxima presión política desde Estados Unidos. Tras el derrocamiento de Nicolás Maduro, Washington ha redoblado la vigilancia sobre el crudo venezolano y ha impulsado la captura de petroleros de la “flota en la sombra” que abastecía a Cuba burlando sanciones.
Donald Trump lo ha verbalizado sin matices: “Cuba will be failing pretty soon. Cuba is really a nation that's very close to failing”, afirmó esta semana, antes de prometer que no habrá “más petróleo ni dinero para Cuba, cero”. El mensaje no solo va dirigido al Gobierno de La Habana; es también una advertencia para navieras, aseguradoras y países que se planteen vender crudo a la isla.
La historia reciente ya mostró el efecto de estas amenazas. En 2019, las sanciones a los buques que transportaban fuel venezolano provocaron colas kilométricas en las gasolineras de La Habana, con conductores esperando hasta cinco horas para llenar el depósito. Hoy, el contexto es aún más frágil: la economía cubana está más endeudada, su base productiva es más débil y su capacidad de maniobrar con socios alternativos se ha reducido.
El diagnóstico es inequívoco: Washington está utilizando la palanca energética como instrumento de presión política, y Cuba, sin una red de seguridad diversificada, tiene poco margen para amortiguar el golpe.
El papel de México: solidaridad bajo presión
En este tablero, México se había convertido en el nuevo salvavidas energético de La Habana. Desde 2023, Pemex comenzó a enviar crudo y combustibles a Cuba como parte de una política de “solidaridad energética”, que en 2024 se tradujo en 20.100 barriles diarios de crudo y 2.700 de productos, valorados en unos 600 millones de dólares.
Sin embargo, esa ayuda fue perdiendo intensidad. Entre enero y octubre de 2025, las exportaciones mexicanas a Cuba cayeron un 73%, hasta apenas 5.000 barriles diarios, a medida que Pemex lidiaba con sus propios problemas financieros y el Gobierno de Ciudad de México recibía crecientes presiones de congresistas republicanos en EE.UU.
El punto de inflexión ha llegado este enero, con la cancelación de un cargamento que debía zarpar a bordo del buque Swift Galaxy y la confirmación de que los envíos están, al menos, “revaluándose”. La presidenta Claudia Sheinbaum insiste en que se trata de una decisión soberana, no dictada por la Casa Blanca, pero el contexto es elocuente: al tiempo que Trump promete “cero petróleo” para Cuba, México reduce la exposición de su petrolera estatal para no convertirse en objetivo directo de sanciones secundarias.
Para La Habana, perder de golpe entre 5.000 y 20.000 barriles diarios procedentes de México no es un ajuste marginal, sino la diferencia entre gestionar una escasez crónica o entrar en modo emergencia permanente.
Alerta de los especialistas
Los expertos llevan años advirtiendo de que la combinación de dependencia externa extrema y falta de inversiones internas convertía a Cuba en un país especialmente vulnerable a cualquier shock de suministro. Jorge Piñón, uno de los analistas que mejor sigue los flujos de crudo hacia la isla, lo resumía recientemente con una advertencia lapidaria: “No veo ninguna luz al final del túnel para que Cuba sobreviva a los próximos meses con entregas de petróleo venezolano en cero”.
Piñón y otros especialistas subrayan que la única alternativa estructural que le queda a La Habana es Rusia, que ha enviado en torno a dos millones de barriles al año en los últimos ejercicios, muy lejos de lo necesario para sustituir la combinación de Venezuela y México. La opción de acudir al mercado spot —comprar cargamentos puntuales a precio internacional— choca con una realidad simple: el Estado cubano no dispone de liquidez ni acceso a financiación para competir con otros compradores.
Lo más grave, señalan, es que la isla no ha aprovechado los años de petróleo subvencionado para modernizar su parque de generación eléctrica, reducir pérdidas en la red o impulsar fuentes renovables que amortigüen los vaivenes del crudo. El resultado es un sistema eléctrico envejecido, con centrales térmicas que consumen fuel oil de baja calidad y sufren averías constantes. Cada vez que falta combustible, la red colapsa como un castillo de naipes.