El ataque más masivo sufrido por el país revela la vulnerabilidad de Dubái y Abu Dabi como nodos críticos del comercio, la energía y el tráfico aéreo mundial

Emiratos resiste 346 misiles y drones iraníes en plena guerra abierta

EPA/STRINGER

La madrugada del domingo ha confirmado lo que muchos en el Golfo temían desde hace años: Emiratos Árabes Unidos (EAU) ha dejado de ser un santuario al margen de los grandes conflictos regionales. Según su Ministerio de Defensa, Irán lanzó 137 misiles balísticos y 209 drones contra territorio emiratí en las horas posteriores al inicio de la guerra abierta con Estados Unidos e Israel. La mayoría fueron interceptados, pero no todos. Al menos una persona ha muerto y más de una docena han resultado heridas en Abu Dabi y Dubái tras el impacto directo de un dron en el aeropuerto de la capital y la caída de restos sobre zonas residenciales y sobre el principal hub aeroportuario del país. Hoteles emblemáticos, como el Fairmont de Palm Jumeirah y el Burj Al Arab, han sufrido incendios y daños estructurales.

El ataque llega apenas horas después de que una ofensiva aérea conjunta de Estados Unidos e Israel sobre Irán, destinada a forzar un cambio de régimen, acabara con la vida del líder supremo Ali Jamenei y dejara más de 200 muertos y centenares de heridos en territorio iraní. La respuesta de Teherán ha sido inmediata y regional: además de EAU, se han reportado explosiones y sirenas en Doha, Baréin, Kuwait, Irak, Israel y otros puntos del Levante, dibujando un mapa de guerra extendida difícil de contener.

Mientras las defensas aéreas siguen en alerta máxima, el impacto económico ya se deja sentir: cierre de aeropuertos, más de 1.000 vuelos cancelados en la región y cientos de miles de pasajeros atrapados en un corredor aéreo que mueve a diario unos 90.000 viajeros solo con las grandes aerolíneas del Golfo. La consecuencia es clara: el corazón logístico del mundo ha dejado de ser intocable.

Una ofensiva sin precedentes sobre territorio emiratí

El Ministerio de Defensa emiratí ha detallado que sus fuerzas aéreas y de defensa interceptaron 132 de los 137 misiles y 195 de los 209 drones lanzados desde Irán. Solo cinco misiles cayeron al mar y catorce drones impactaron en territorio o aguas de EAU, causando daños materiales “limitados”, según la versión oficial.

La magnitud de la cifra habla por sí sola. En los peores momentos de la guerra de Yemen, los ataques de los hutíes contra Emiratos se contaban por unidades: cinco misiles, tres drones, un par de objetivos estratégicos. Hoy, el país ha tenido que enfrentarse a una saturación de 346 proyectiles en cuestión de horas, un salto cualitativo y cuantitativo que sitúa el episodio como el mayor ataque coordinado sufrido jamás por el pequeño, pero rico, Estado del Golfo.

Las cifras oficiales de víctimas en EAU son por ahora relativamente contenidas: un fallecido y al menos once heridos en los aeropuertos de Zayed (Abu Dabi) y Dubái, a los que se suman dos personas heridas en patios de viviendas de Dubái por restos de drones abatidos. Sin embargo, lo más grave no es únicamente el balance inmediato, sino la demostración de que el sistema de defensa multicapas del Golfo no es impermeable.

En un comunicado inusualmente directo, el Ministerio de Defensa ha subrayado que “la seguridad de ciudadanos, residentes y visitantes es una prioridad absoluta que no admite negociación”, al tiempo que ha anunciado que el país se reserva el derecho a responder “de forma proporcionada y en el momento que considere oportuno”. Este hecho revela que Emiratos se ve ya a sí mismo como parte frontal de un conflicto que, hasta ahora, prefería gestionar desde la discreción diplomática.

Dubái, el hub global que se descubre vulnerable

La ofensiva iraní ha golpeado donde más duele a Emiratos: en Dubái, escaparate internacional y principal hub de tránsito del planeta. El aeropuerto internacional de la ciudad, que en 2023 gestionó 87 millones de pasajeros, superando niveles prepandemia, ha tenido que suspender todas sus operaciones tras el impacto de al menos un dron y la caída de restos sobre una de sus terminales.

Imágenes difundidas en redes sociales y recogidas por medios internacionales muestran un hotel de Palm Jumeirah envuelto en llamas y columnas de humo cerca del aeropuerto, mientras el icónico Burj Al Arab también registraba incendios tras la caída de fragmentos de proyectiles interceptados. El contraste con la imagen de seguridad milimétrica que Dubái ha vendido durante décadas resulta demoledor.

La parálisis del aeropuerto no es un incidente menor. Dubái no solo es el principal punto de conexión entre Asia y Europa; es además el centro neurálgico de Emirates, Etihad y otras aerolíneas que articulan una red de vuelos de largo radio que permite, por ejemplo, conectar Madrid con Sídney o São Paulo con Singapur en una sola escala. Que un único ataque obligue a detener un hub que mueve decenas de miles de pasajeros al día es la demostración práctica del enorme riesgo sistémico que supone la guerra para la aviación comercial.

Para EAU, la factura no será solo reputacional. Cada hora de cierre implica pérdidas millonarias en tasas aeroportuarias, hoteles, servicios logísticos y comercio minorista, además de elevar el coste futuro de los seguros para infraestructuras críticas en el Golfo.

El escudo antimisiles funciona… pero deja cicatrices

Desde la perspectiva militar, la ofensiva de Irán ha sido también un test en tiempo real del modelo de defensa del Golfo, construido en torno a una constelación de radares, sistemas Patriot y baterías de defensa aérea de origen estadounidense y europeo, complementados por capacidades propias emiratíes. El dato de que más del 95 % de los misiles y en torno al 93 % de los drones fueron neutralizados se venderá como un éxito técnico en las capitales occidentales.

Sin embargo, el episodio deja dos lecciones incómodas. La primera es que incluso una tasa de interceptación casi perfecta no evita víctimas ni daños: los fragmentos de misiles y drones caen en tierra, como han comprobado los vecinos de Dubái cuyos patios se han visto golpeados por restos incandescentes. La segunda es que, ante salvas masivas y coordinadas, la defensa se encarece de forma exponencial: cada misil interceptado puede requerir dos o tres misiles defensivos, mucho más costosos que los drones o municiones iraníes.

El diagnóstico es inequívoco: el Golfo entra en una era de guerra de desgaste tecnológica, donde Irán explota la ventaja de sus sistemas relativamente baratos —drones Shahed y misiles de corto y medio alcance— para obligar a sus rivales y a sus aliados occidentales a gastar miles de millones en interceptarlos. Informes previos ya alertaban de que, solo en 2022, los ataques de milicias respaldadas por Teherán habían obligado a reforzar las defensas emiratíes con sistemas adicionales procedentes de Estados Unidos y de socios del marco de los Acuerdos de Abraham.

De los bombardeos sobre Irán al contraataque sobre el Golfo

Para entender la violencia del ataque contra Emiratos hay que situarlo en la secuencia de las últimas 48 horas. El sábado, una ofensiva aérea conjunta de Estados Unidos e Israel golpeó al menos 24 provincias iraníes, destruyendo infraestructuras militares y, según la información disponible, el propio complejo donde residía Ali Jamenei en Teherán.

Los bombardeos dejaron más de 200 muertos y cerca de 750 heridos, incluyendo más de un centenar de niños en el ataque a una escuela en Minab, según la Media Luna Roja iraní. Teherán ha denunciado la operación como una agresión “ilegal y no provocada”, mientras Donald Trump —de nuevo en la Casa Blanca— la presentaba como una acción destinada a impedir que Irán alcance la capacidad nuclear militar y a precipitar un cambio de régimen.

En ese contexto, la Guardia Revolucionaria había prometido, según medios próximos al régimen, lanzar “la operación ofensiva más formidable de la historia” contra Estados Unidos e Israel. El resultado ha sido una andanada que ha superado fronteras: además de bases y ciudades israelíes —con al menos un muerto y 22 heridos en Tel Aviv—, los proyectiles iraníes han golpeado objetivos en Irak, Baréin, Kuwait y ahora Emiratos.

Lo novedoso es que Emiratos había intentado jugar hasta ahora un papel de actor estabilizador, tendiendo puentes con Irán al tiempo que mantenía una estrecha alianza de seguridad con Washington y normalizaba relaciones con Israel. El ataque de este fin de semana demuestra que, para Teherán, esa equidistancia ya no es suficiente.

Doha, Baréin, Israel: un frente regional que se abre en abanico

Dubái no ha sido la única ciudad que ha escuchado explosiones esta noche. En Doha, capital de Qatar, se han reportado detonaciones y cierres de espacios aéreos tras el lanzamiento de misiles y drones iraníes contra objetivos vinculados a bases estadounidenses.

En Baréin, un dron impactó contra un rascacielos, envuelto después en llamas, y un misil alcanzó la sede de la agencia nacional de seguridad. Imágenes no verificadas sugieren también un posible ataque contra la base naval estadounidense en el país, clave para el control del Estrecho de Ormuz y el despliegue de la V Flota.

En Israel, sirenas y explosiones han vuelto a escucharse en Tel Aviv y otras ciudades, donde un edificio residencial ha sufrido un impacto directo, con víctimas civiles. El contraste con el pasado reciente resulta elocuente: lo que durante años fueron ataques puntuales de milicias aliadas de Irán —hutíes en Yemen, grupos chiíes en Irak o Siria— se ha transformado en un intercambio directo de fuego entre Estados.

La extensión del teatro de operaciones tiene una consecuencia inmediata: multiplica la complejidad de cualquier esfuerzo de mediación. Países como Qatar, Omán o el propio Emiratos se habían ofrecido en el pasado como canales discretos de diálogo entre Washington y Teherán. Hoy, varios de ellos se encuentran bajo fuego directo, lo que limita su margen para actuar como árbitros neutrales.

Aeropuertos cerrados, vuelos desviados: el coste económico inmediato

Más allá del drama humano, el ataque contra Emiratos y sus vecinos ha desencadenado una sacudida instantánea en el sistema de transporte global. Tras las primeras salvas iraníes, Irán, Israel, Irak, Siria, Kuwait, Baréin, Qatar y EAU cerraron su espacio aéreo, obligando a suspender operaciones en los grandes hubs de Dubái, Abu Dabi y Doha.

Según datos preliminares, más de 1.000 vuelos han sido cancelados y decenas de miles de pasajeros se han visto atrapados o desviados a rutas alternativas, principalmente sobre Arabia Saudí. A escala global, el impacto se traduce en unos 18.000 vuelos retrasados y más de 2.300 cancelados en cuestión de horas.

El golpe para Dubái es doble. Por un lado, su aeropuerto internacional —87 millones de viajeros en 2023— se ha convertido en símbolo de la interconexión global y uno de los activos más rentables del emirato. Por otro, la ciudad alberga a una comunidad expatriada masiva, con unos 240.000 británicos residentes permanentes y miles de empresas internacionales que eligieron EAU precisamente por su estabilidad y seguridad jurídica.

Este hecho revela una vulnerabilidad que los mercados ya descuentan: una escalada prolongada puede encarecer las primas de riesgo, la financiación y los seguros para proyectos energéticos, logísticos e inmobiliarios en todo el Golfo. Si la guerra se extiende o se cronifica, el impacto no se limitará a los balances de Emirates o Qatar Airways; afectará también al precio del petróleo, al coste del comercio marítimo y a la percepción de riesgo de inversores institucionales en Europa y Asia.