“Epic Fury” podría morir hoy: Washington prepara “Sledgehammer”

La Casa Blanca Foto de Ana Lanza en Unsplash

La Casa Blanca valora rebautizar la campaña contra Irán si se rompe el alto el fuego y usar el nuevo nombre como palanca para volver a contar los 60 días de autorización parlamentaria. 

La guerra también se libra en los papeles. Y, en Washington, el nombre de una operación puede valer más que una rueda de prensa. El Pentágono estudia sustituir “Operation Epic Fury” por “Operation Sledgehammer” si el alto el fuego con Irán se viene abajo, en una maniobra que permitiría al Ejecutivo defender que arranca un nuevo plazo de 60 días para obtener el visto bueno del Congreso. Lo más delicado no es el marketing bélico: es el precedente. La discusión llega cuando la fecha límite de la War Powers Resolution ya ha tensado al Capitolio y mientras el Estrecho de Ormuz —arteria energética global— vuelve a convertirse en pólvora geopolítica.

Un cambio de nombre con efecto jurídico

En el entorno de seguridad nacional se asume que las operaciones tienen vida propia: nacen con un objetivo, se cierran con un “mission accomplished” y se transforman, si conviene, en otra cosa. La novedad ahora es la intención de formalizar ese giro para reabrir un debate legal ya enquistado. “Operation Sledgehammer” sería, según funcionarios conocedores de las conversaciones, uno de varios nombres en estudio, y su utilidad no estaría tanto en el mapa como en el calendario: presentar la reanudación de la ofensiva como una nueva campaña con un marco distinto.

El problema es que, a ojos del Congreso, el conflicto no se reinicia con una etiqueta; se reinicia con hechos. Y los hechos —presencia militar sostenida, incidentes en Ormuz y choques intermitentes— han mantenido viva la sospecha de que la Casa Blanca busca una salida procedimental para evitar una votación incómoda. La consecuencia es clara: el Ejecutivo gana oxígeno político, pero incrementa el riesgo de choque institucional.

El reloj de los 60 días y la grieta constitucional

El límite no es una recomendación: es el núcleo de la War Powers Resolution de 1973, diseñada para que el presidente no prolongue hostilidades sin autorización. En este caso, la referencia temporal se volvió especialmente visible porque el arranque de “Epic Fury” se situaría el 28 de febrero de 2026, lo que colocaba el gran hito alrededor del 1 de mayo.

La Administración ha defendido que el alto el fuego “pausa” o incluso “termina” el contador, tesis que ha abierto una grieta entre juristas, demócratas y una parte del propio Partido Republicano. La lectura oficial sostiene que, si cesan los intercambios de fuego, el requisito decae. Sus críticos replican que la ley no contempla un “reinicio” por tregua y que la continuidad de medios desplegados equivale, en la práctica, a continuidad de hostilidades. El diagnóstico es inequívoco: si prospera el cambio de nombre, la batalla jurídica se convertirá en una batalla política.

Epic Fury: cifras de una campaña que no se cerró del todo

Para entender por qué el rebautizo importa, hay que mirar el tamaño del expediente. La documentación oficial difundida por Defensa sobre “Epic Fury” atribuye a la campaña 7.000+ objetivos atacados, 6.500+ vuelos de combate y 100+ embarcaciones iraníes dañadas o destruidas. Demasiado para que el Congreso acepte que se trató de un episodio cerrado sin más.

Además, el relato público ha oscilado: mientras el Departamento de Estado insistía en que la operación estaba “concluida” y que se habían cumplido los objetivos, la realidad operativa se ha ido llenando de “misiones paralelas” y nuevas denominaciones. Esa arquitectura es perfecta para quien quiera sostener que cada fase tiene su propio reloj.

Ormuz, petróleo y el precio de la ambigüedad

El estrecho no es un decorado: es una válvula del sistema energético. En condiciones normales, por Ormuz circula alrededor del 20% del petróleo mundial, y su cierre parcial o la mera amenaza de interrupción reordena primas, seguros, rutas y decisiones de inventario.

En Europa, el impacto se filtra como inflación importada, presión sobre industrias electrointensivas y un coste financiero inmediato: más volatilidad y más refugio en activos defensivos. En Estados Unidos, el coste presupuestario aparece ya con números propios. El Pentágono ha trasladado a la Casa Blanca una petición adicional de 200.000 millones de dólares para cubrir la guerra y sus derivadas, cifra que ilustra que el conflicto no es solo un pulso militar, sino una factura abierta.

El contraste con otras crisis es demoledor: aquí el elemento desestabilizador no es solo el misil, sino la incertidumbre sobre quién manda —y quién paga— cuando la operación cambia de nombre pero no de riesgos.

El precedente de las “operaciones nuevas” como atajo político

Washington tiene experiencia en renombrar campañas para encajar narrativas. Pero una cosa es ajustar la comunicación y otra invocar un título para sostener que empieza una guerra distinta. En documentos legales recientes, la propia diplomacia estadounidense ha dejado por escrito que el cierre de operaciones previas no exime de justificar de nuevo cualquier uso posterior de la fuerza bajo el derecho internacional.

Ese argumento, pensado para el plano exterior, puede convertirse en boomerang en casa. Si el Ejecutivo acepta que hay “fases” separadas, el Congreso preguntará por qué esas fases no se someten a autorización separada. Si, por el contrario, sostiene que todo forma parte de un continuo, pierde el comodín del reinicio. En ambos casos, el rebautizo no reduce la tensión: la desplaza hacia una zona todavía más delicada, donde el precedente pesa más que la coyuntura.

El efecto dominó que viene en el Capitolio y en el Golfo

La Administración pretende ganar margen; el Congreso puede responder endureciendo el control. El choque puede tomar forma de resolución de poderes de guerra, de litigios, o —más probable— de una negociación presupuestaria envenenada: autorizar fondos sin avalar explícitamente la estrategia.

Mientras tanto, sobre el agua el margen es mínimo. La presencia militar vinculada a la escolta y seguridad marítima se mantiene en cifras elevadas y se contabilizan más de 10 incidentes desde el alto el fuego de abril, aunque por debajo del umbral de “gran combate”. Ahí está el verdadero riesgo: que un choque táctico se convierta en decisión política y, con un nombre nuevo, la Casa Blanca intente presentar la escalada como un “comienzo” administrativo. La etiqueta, en ese caso, no taparía el problema; lo delataría.