Estados Unidos e Irán se la juegan en Ginebra en la tercera ronda nuclear
La tercera ronda de negociaciones nucleares indirectas entre Estados Unidos e Irán arrancó este jueves en Ginebra bajo una presión diplomática y militar sin precedentes. El encuentro, mediado por el ministro de Exteriores de Omán, Badr Albusaidi, se celebra apenas días después de que Donald Trump utilizara su discurso sobre el Estado de la Unión para reiterar que “no permitirá que Teherán posea un arma nuclear” y deslizar la posibilidad de un ataque si fracasa la vía diplomática. Las conversaciones llegan tras dos rondas previas —la primera en Mascate y la segunda también en la ciudad suiza— que concluyeron con “buen progreso” técnico pero sin acuerdo político. Mientras Washington mantiene el mayor despliegue militar en Oriente Medio en décadas, Irán insiste en que su programa nuclear es exclusivamente civil y reclama un levantamiento sustancial de sanciones. El resultado de estas jornadas puede marcar la diferencia entre un frágil compromiso de contención o un choque directo con consecuencias imprevisibles para la región y la economía mundial.
Una tercera ronda bajo máxima presión
Esta tercera ronda en Ginebra no es un encuentro más en el largo expediente nuclear iraní. Llega tras semanas de escalada: ataques previos contra instalaciones atómicas de Irán, amenazas cruzadas y un despliegue de medios navales y aéreos estadounidenses que los propios mandos del Pentágono describen como el mayor desde 2003. La sensación de “última oportunidad” impregna los pasillos de los hoteles en los que se alojan las delegaciones.
Las conversaciones siguen siendo indirectas: los equipos de Washington y Teherán no se sientan en la misma mesa, sino que intercambian mensajes a través de la delegación omaní en su misión permanente en la ciudad. Este formato ralentiza los avances, pero permite que ambos preserven un mínimo margen político ante sus opiniones públicas.
Sobre la mesa hay una ecuación conocida: limitaciones verificables al programa nuclear iraní a cambio de alivio de sanciones que ahogan una economía que encadena caídas de hasta el 10% del PIB en los años de máxima presión estadounidense, según estimaciones de organismos internacionales. El problema es que las posiciones de partida están hoy más alejadas que cuando se firmó el acuerdo de 2015: Washington reclama incluir misiles y presencia regional; Teherán quiere garantías de que esta vez el pacto no saltará por los aires con el próximo giro político en la Casa Blanca.
El papel discreto pero clave de Omán
En un conflicto dominado por los gestos de fuerza, Omán vuelve a jugar la carta de la discreción. El sultanato fue ya el canal secreto que abrió la puerta al acuerdo nuclear de 2015 y hoy repite papel como mediador técnico y político. Badr Albusaidi ha reconocido “buen progreso” en las dos primeras rondas celebradas entre Mascate y Ginebra, especialmente en la identificación de objetivos compartidos y parámetros técnicos.
Ese lenguaje diplomático se traduce en algo concreto: los equipos han empezado a aterrizar en papel escenarios de enriquecimiento, volúmenes de uranio, número de centrifugadoras operativas y protocolos de inspección del OIEA. Se trata de variables altamente sensibles para Teherán, que ve en cada límite un símbolo de soberanía, y para Washington, que teme dejar resquicios hacia una capacidad de ruptura rápida.
La ventaja de Omán es doble. Por un lado, mantiene canales fluidos tanto con Irán como con Estados Unidos y las monarquías del Golfo. Por otro, carece del peso geopolítico que convertiría cualquier gesto en una victoria o una derrota simbólica. Este bajo perfil le otorga credibilidad ante unos negociadores acostumbrados a la teatralización. “Nuestra tarea es construir puentes técnicos que luego los políticos decidan cruzar o no”, ha resumido un diplomático omaní implicado en el proceso.
Trump endurece el discurso pero apela a la diplomacia
El discurso de Donald Trump ante el Congreso ha dibujado con crudeza el marco de estas conversaciones. El presidente aseguró que preferiría una solución diplomática, pero subrayó que no permitirá a Irán adquirir un arma nuclear, evocando explícitamente la posibilidad de una acción militar si la negociación se encalla.
La tensión entre mensaje y medios es evidente. Mientras la Casa Blanca habla de “oportunidad histórica”, el Departamento de Defensa ha enviado un portaaviones de última generación y varios grupos de combate adicionales a la región, junto con sistemas antimisiles y unos 15.000 efectivos de refuerzo, según fuentes aliadas. Este hecho revela que la estrategia de Washington combina el clásico “hablar con una mano y mostrar el garrote con la otra”.
En paralelo, el equipo de Trump ha lanzado un intenso mensaje hacia Israel y los socios del Golfo: el objetivo, aseguran, no es repetir el acuerdo de 2015, que muchos en la región consideraron demasiado laxo, sino arrancar concesiones adicionales en misiles y actividad regional iraní. La consecuencia es clara: cuanto más ambicioso es el paquete de demandas, más difícil resulta vender internamente en Teherán cualquier cesión.
“No buscamos cambio de régimen, pero sí un cambio de comportamiento verificable y duradero”, repiten en Washington. La frase suena moderada, pero desplegada sobre el terreno se traduce en una presión que roza la línea roja de la confrontación directa.
Las verdaderas capacidades nucleares de Irán
En el centro del pulso está la pregunta clave: ¿qué tan cerca está Irán de la bomba? Los informes recientes del OIEA señalan que, pese a los avances tecnológicos, no hay pruebas concluyentes de que Teherán haya decidido construir un arma nuclear, aunque sí ha acumulado suficiente material enriquecido como para reducir drásticamente los plazos en caso de dar el paso.
El acuerdo de 2015 limitaba el enriquecimiento al 3,67% de pureza, muy por debajo del umbral del 90% necesario para uso militar. Tras la ruptura del pacto, Irán llegó a producir uranio enriquecido por encima del 20% y experimentar con niveles superiores, lo que disparó las alarmas en Occidente. La propuesta que circula ahora en Ginebra pasa por aceptar un enriquecimiento simbólico —en torno al 5%— a cambio de reducir y diluir las reservas acumuladas, bajo supervisión reforzada del organismo nuclear de la ONU.
Para Teherán, renunciar por completo al enriquecimiento es inasumible, tanto por razones tecnológicas como de prestigio. Para Washington y sus aliados, aceptar demasiada flexibilidad abre la puerta a un escenario en el que Irán pueda situarse a pocos meses de un “tiempo de ruptura” si decide abandonar el acuerdo. El contraste con otras crisis nucleares, como la norcoreana, resulta demoledor: Pyongyang cruzó el umbral y hoy negocia desde la disuasión; el objetivo declarado en Ginebra es evitar que Irán alcance ese punto de no retorno.
Riesgos de escalada militar en Oriente Medio
Lo que se negocia en Suiza se siente, sobre todo, en el Golfo Pérsico. En los últimos meses, Estados Unidos ha atacado instalaciones nucleares iraníes y desplegado activos navales en torno al estrecho de Ormuz, mientras Irán ha respondido con ejercicios de fuego real y amenazas veladas a bases y aliados estadounidenses.
Ormuz es mucho más que un punto en el mapa: por este estrecho transita alrededor del 20% del petróleo y del gas natural licuado del mundo, según distintos análisis energéticos. Cualquier interrupción sostenida podría llevar el barril del crudo muy por encima de los 110 dólares, según calculan casas de análisis internacionales, con un impacto directo en inflación y crecimiento global.
El diagnóstico es inequívoco: una ruptura en Ginebra no se quedaría en declaraciones. Los escenarios que manejan los servicios de inteligencia incluyen desde ciberataques contra infraestructuras energéticas hasta ataques de milicias aliadas de Irán en Irak, Siria o el Líbano contra intereses estadounidenses e israelíes. A diferencia de crisis anteriores, la región llega a este punto tras un ciclo de guerras y protestas internas que ha erosionado la capacidad de contención de muchos gobiernos árabes.
Impacto en mercados energéticos y aliados
Los mercados han interiorizado que el expediente iraní es, sobre todo, un riesgo energético. En las últimas semanas, el incremento de tensión ha coincidido con un aumento de las cargas de crudo iraní hasta niveles no vistos desde antes de la reimposición de sanciones, superando en algunos momentos los 2,3 millones de barriles diarios, según datos de seguimiento marítimo.
Ese volumen, que se dirige en más de un 80% a Asia, convive con la incertidumbre sobre su sostenibilidad. Si la negociación avanza, podría regularizarse mediante un alivio gradual de sanciones; si fracasa, se expondría a una interrupción abrupta. Para la Unión Europea, que importa cerca de un 10% de su crudo desde el Golfo de forma directa o indirecta, la combinación de conflicto en Ucrania y tensión en Ormuz dibuja un mapa de vulnerabilidad evidente.
Los aliados regionales mantienen una postura ambivalente. Israel presiona para que cualquier acuerdo incluya límites estrictos al programa de misiles y a la presencia iraní en Siria y Líbano; las monarquías del Golfo temen tanto un Irán nuclear como una guerra que desestabilice sus economías. El resultado es un coro de mensajes públicos de apoyo a la diplomacia, acompañado de un intenso trabajo de lobby para endurecer el texto final.
Qué puede pasar si fracasa la negociación
Un fracaso en Ginebra no significaría el fin inmediato de la diplomacia, pero sí marcaría un punto de inflexión. Lo más probable sería una espiral de escaladas calibradas: más sanciones secundarias, sabotajes encubiertos, operaciones cibernéticas y, quizá, nuevos ataques contra instalaciones nucleares y militares iraníes.
Teherán ha advertido de que respondería a cualquier agresión ampliando su radio de acción: ataques a bases estadounidenses, lanzamiento de misiles contra objetivos en Israel o el Golfo, e incluso amenazas creíbles de cierre temporal del estrecho de Ormuz. El contraste con 2012-2013 resulta revelador: entonces, la combinación de sanciones y diplomacia llevó a un acuerdo; hoy, el nivel de desconfianza es mayor, la región está más armada y el margen de error, mucho menor.
Para Washington, una operación militar podría generar un apoyo interno inmediato, pero conllevaría el riesgo de una guerra larga y costosa en términos humanos, financieros y políticos. Para Europa y Asia, la perspectiva de un choque en el principal chokepoint energético del planeta es, sencillamente, una pesadilla macroeconómica. De ahí que muchos diplomáticos definan estas rondas como “el último intento serio de mantener el problema iraní en el terreno de los megavatios y no de los megatones”.