Aviones de NORAD hacia Pituffik, amenaza de aranceles de Trump y “líneas rojas” de Dinamarca disparan la tensión en el extremo norte

EPA/MATT CAMPBELL
Estados Unidos militariza Groenlandia mientras Londres dobla tropas en el Ártico

La guerra fría del siglo XXI se juega cada vez menos en Berlín y cada vez más sobre el hielo. En cuestión de horas, Estados Unidos ha anunciado el despliegue de aviones en la base espacial de Pituffik, en el noroeste de Groenlandia, mientras el Gobierno británico confirmaba que duplicará de 1.000 a 2.000 sus marines en el Ártico noruego en los próximos tres años. Todo ello, con un telón de fondo envenenado: la insistencia del presidente estadounidense, Donald Trump, en que Washington debe hacerse con el control de Groenlandia y su amenaza de nuevos aranceles a Europa si la cuestión no se resuelve a su gusto.

La reacción europea no se ha hecho esperar. La ministra de Exteriores británica, Yvette Cooper, ha calificado de “completamente equivocada” la amenaza arancelaria y ha defendido que “el futuro de Groenlandia es una cuestión de groenlandeses y daneses”. Desde Copenhague, el ministro danés Lars Løkke Rasmussen ha marcado “líneas rojas que no se pueden cruzar” y ha recordado a Washington que “las amenazas no son la forma de avanzar”. El resultado es inequívoco: el Ártico ya no es un espacio remoto, sino el nuevo epicentro de una disputa estratégica que mezcla defensa, comercio y soberanía.

 

Pituffik, la bisagra ártica de NORAD

El anuncio más llamativo llegó de la mano de NORAD, el Mando de Defensa Aeroespacial de Norteamérica. El organismo confirmó que aviones estadounidenses llegarán “pronto” a la base espacial de Pituffik, en el noroeste de Groenlandia, para participar en “actividades diversas, planificadas desde hace tiempo”. No se detallan los modelos ni el número de aparatos, pero el mensaje político es claro: Estados Unidos refuerza su huella militar en un territorio danés que considera crítico para su seguridad nacional.

Pituffik —antigua Thule— es uno de los enclaves más sensibles de la red de defensa de EEUU: alberga sensores, radares y capacidades de seguimiento espacial clave para detectar misiles y vigilar el tráfico en el Ártico. La nueva rotación de aeronaves, coordinada con Canadá y Dinamarca, se presenta como una continuación de la cooperación trilateral. Sin embargo, el contexto actual la convierte en algo más: una demostración de presencia física en el mismo territorio que Trump lleva años describiendo como “vital” para Estados Unidos.

NORAD se ha apresurado a subrayar que todas las actividades cuentan con las autorizaciones diplomáticas pertinentes y que el Gobierno de Groenlandia está informado. Pero la simultaneidad con el recrudecimiento de la retórica de la Casa Blanca sobre la “necesidad” de controlar la isla introduce una tensión evidente entre la cooperación aliada y las ambiciones unilaterales de Washington.

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Trump, Groenlandia y la amenaza arancelaria

Lo que en su día se interpretó como una excentricidad —la idea de “comprar Groenlandia”— se ha convertido, bajo la presidencia de Trump, en una línea política sostenida. El presidente ha reiterado que el territorio autónomo danés es “esencial para la seguridad nacional de Estados Unidos”, y ha ido un paso más allá al amenazar con aranceles a países europeos si la cuestión de la soberanía no avanza en la dirección que desea.

Ese giro ha desatado una tormenta diplomática en capitales europeas. La lógica de la Casa Blanca es tan simple como disruptiva: si los aliados no aceptan su visión sobre Groenlandia, Washington está dispuesto a utilizar la palanca comercial para forzar concesiones. Es el mismo guion que ya aplicó Trump en su anterior mandato con el acero, el aluminio o el sector del automóvil, pero ahora aplicado a un asunto que mezcla alianzas militares, territorios autónomos y derecho internacional.

La respuesta de Cooper en la Cámara de los Comunes no deja lugar a dudas: “El uso o la amenaza de aranceles contra aliados de esta manera es completamente erróneo. Es injustificado y contraproducente”, subrayó, antes de recordar que cualquier nuevo arancel dañaría a trabajadores y empresas “a ambos lados del Atlántico”. El mensaje de fondo es claro: Londres no está dispuesto a aceptar que la disputa por una isla ártica se traduzca en una guerra comercial contra Europa.

Cooper dobla la apuesta británica en el Ártico

En paralelo a la crítica a Washington, Yvette Cooper ha anunciado un movimiento de calado en la política de defensa británica: el Reino Unido duplicará el número de marines desplegados en el Ártico noruego, pasando de 1.000 a 2.000 efectivos en un plazo de tres años. El refuerzo vendrá acompañado de nuevos ejercicios en el Atlántico Norte a lo largo de 2026, en coordinación con aliados de la OTAN.

La ministra enmarca esta decisión en una estrategia coherente: “Ya sea sobre Groenlandia, sobre aranceles o sobre la seguridad ártica en general, somos claros en nuestras posiciones, firmes en nuestros principios y constantes en nuestro compromiso con la defensa de los intereses del Reino Unido”, afirmó.

Este incremento de presencia británica responde a varias lógicas simultáneas:

  • Apoyo a Noruega y a la OTAN en el flanco norte, frente a una Rusia que ha reactivado infraestructuras militares a lo largo de su costa ártica.

  • Mensaje a Estados Unidos, mostrando que Londres toma en serio la seguridad del Ártico sin aceptar cambios unilaterales en la soberanía de Groenlandia.

  • Señal a Copenhague y Nuuk de que el Reino Unido está dispuesto a respaldar, con tropas y no solo con palabras, el statu quo en la región.

El resultado es inequívoco: el Ártico se consolida como espacio prioritario para la política de defensa británica, al mismo nivel que el Báltico o el Indo-Pacífico.

Las “líneas rojas” de Dinamarca

Desde Copenhague, el ministro de Exteriores Lars Løkke Rasmussen ha optado por una mezcla de firmeza y contención. Por un lado, ha recordado que Dinamarca tiene “líneas rojas que no se pueden cruzar” en relación con cualquier intento de adquirir Groenlandia. Por otro, ha evitado escalar verbalmente el conflicto con Washington, insistiendo en que “las amenazas no son la forma de hacerse con un territorio” y en que no tiene intención de alimentar una crisis abierta.

Rasmussen ha dejado claro que no será Dinamarca, sino toda Europa, quien responda si Estados Unidos llega a activar nuevos aranceles en represalia por la negativa a transferir soberanía. Es un matiz importante: el asunto deja de ser un choque bilateral y se convierte en un problema entre Washington y la Unión Europea en bloque, con implicaciones para el comercio de bienes por valor de cientos de miles de millones de euros anuales.

Al mismo tiempo, el ministro ha agradecido explícitamente el apoyo de socios como el Reino Unido y ha subrayado la importancia de mostrar a Estados Unidos que la unidad europea no es negociable cuando se trata de integridad territorial. La conclusión es evidente: Copenhague quiere evitar una ruptura con su aliado histórico, pero también dejar claro que Groenlandia no entra en la lista de activos disponibles.

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Entre cooperación y disuasión: el equilibrio imposible

La situación actual en el Ártico destapa una contradicción incómoda. Por un lado, la arquitectura de seguridad de la región descansa sobre cooperación estrecha entre Estados Unidos, Canadá, Dinamarca, Noruega y el resto de socios de la OTAN. Ejercicios conjuntos, vigilancia compartida y coordinación en rescate y operaciones bajo condiciones extremas son el pan de cada día.

Por otro, el intento de la Casa Blanca de reabrir la cuestión de la soberanía sobre Groenlandia introduce un elemento de desconfianza que erosiona esa misma cooperación. ¿Cómo compatibilizar operaciones conjuntas en Pituffik con una presión política abierta para cambiar el estatus de la isla? ¿Hasta qué punto pueden los aliados europeos aceptar un aumento de presencia militar estadounidense sin que parezca que están allanando el camino a un cambio de bandera en el mapa?

El dilema es especialmente agudo para Dinamarca, que debe equilibrar:

  • su condición de aliado estrecho de Estados Unidos en la OTAN;

  • su responsabilidad sobre la defensa exterior de Groenlandia, territorio autónomo con apenas 56.000 habitantes;

  • y su necesidad de mantener la confianza de la población groenlandesa, que ve con recelo cualquier negociación que se haga sin contar con su voz.

La ecuación es frágil, y cada nuevo movimiento —un despliegue, una declaración, una amenaza arancelaria— puede inclinarla hacia la cooperación o hacia la confrontación.

Lo que se juega Europa en el hielo

Más allá de los gestos inmediatos, la escalada en Groenlandia y en el Ártico plantea una cuestión de fondo para Europa: ¿puede el continente permitirse una brecha estratégica con Estados Unidos precisamente en el extremo norte, donde Rusia y China también incrementan su huella?

La respuesta no es sencilla. Por un lado, renunciar a la alianza atlántica sería, en términos de seguridad, un salto al vacío. Por otro, aceptar sin resistencia que un aliado utilice amenazas comerciales y presión política para alterar fronteras de facto sentaría un precedente que va contra los principios fundacionales de la UE.

En este contexto, movimientos como el refuerzo británico en Noruega, el respaldo explícito a las “líneas rojas” danesas y el recordatorio de que la soberanía de Groenlandia solo puede decidirse entre groenlandeses y daneses forman parte de una estrategia más amplia: marcar límites claros a la vez que se mantiene abierta la puerta a la cooperación estructural con Washington.

El Ártico, con sus temperaturas extremas y su deshielo acelerado, se ha convertido en un termómetro fiable de la geopolítica global. Y lo que está midiendo ahora mismo es una tensión creciente entre ambición estadounidense, resistencia europea y una carrera militar que se acelera sobre el hielo.