EEUU recoloca su flota y estrecha el cerco sobre Cuba
El Pentágono mueve el USS Iwo Jima y el USS San Antonio al Atlántico norte y mantiene 12.000 militares en la región en plena crisis con Venezuela
El Departamento de Defensa de Estados Unidos ha activado una nueva fase de su estrategia en el Caribe. Lejos de un repliegue, el Pentágono ha decidido redistribuir parte de sus fuerzas navales, desplazando buques de asalto anfibio históricos hacia el Atlántico norte y manteniendo un músculo militar nada desdeñable en la zona.
Los movimientos del USS Iwo Jima y del USS San Antonio hacia aguas cercanas a Cuba han encendido las alarmas en La Habana, que ve en esta maniobra un refuerzo del cerco naval, no una simple rotación de rutina. Al mismo tiempo, unos 12.000 militares estadounidenses siguen desplegados entre el Caribe meridional y el entorno de Puerto Rico, listos para operar sobre rutas clave.
El mensaje es claro: tras la intervención en Venezuela y el endurecimiento de las sanciones, Washington no quiere abandonar el tablero, sino reconfigurar su presencia para maximizar presión con menos exposición.
Un movimiento que reordena el tablero
El relato oficial habla de un “ajuste operativo” destinado a optimizar recursos tras los picos de tensión en Venezuela. En la práctica, el reposicionamiento de buques anfibios desde el Caribe sur hacia el Atlántico norte supone redibujar el mapa de presión sobre la región.
Durante los últimos meses, la presencia naval estadounidense se había concentrado en el arco que va desde las costas venezolanas hasta el este del Caribe, en un despliegue pensado para respaldar operaciones de interdicción marítima y proyección rápida de tropas. Ahora, el Pentágono desplaza parte de ese peso hacia aguas más cercanas a Cuba y al estrecho de Florida, en una franja de apenas 150 kilómetros entre La Habana y Cayo Hueso.
El mensaje implícito es doble. Por un lado, se envía una señal de que la fase más intensa de las operaciones vinculadas a Venezuela entra en modo consolidación, con menor necesidad de presencia masiva al sur. Por otro, se refuerza la capacidad de control sobre rutas de suministro, tráfico mercante y espacio aéreo alrededor de la isla caribeña, en un momento en que las sanciones sobre el petróleo y el comercio siguen vigentes.
Lejos de ser un repliegue, el movimiento recuerda a una redistribución de fichas en un tablero de ajedrez: menos piezas a la vista en un flanco, más capacidad de amenaza en otro.
El papel del USS Iwo Jima y el USS San Antonio
Los nombres escogidos no son casuales. El USS Iwo Jima y el USS San Antonio son mucho más que dos buques de gran porte; simbolizan la capacidad de proyección expedicionaria de Estados Unidos. El primero, un buque de asalto anfibio de más de 40.000 toneladas, puede transportar helicópteros, vehículos y centenares de infantes de Marina. El segundo, un buque de transporte anfibio de la clase San Antonio, está diseñado para desembarcos rápidos y operaciones combinadas aire–mar.
Su desplazamiento desde el Caribe meridional hacia el Atlántico norte tiene una lectura clara para cualquier Estado mayor: Estados Unidos mantiene la posibilidad de lanzar operaciones anfibias o de evacuación en plazos muy cortos tanto sobre Cuba como sobre otras islas del entorno, mientras conserva alcance suficiente sobre Venezuela y el arco centroamericano.
A nivel simbólico, la presencia de estos cascos cerca de Cuba resucita recuerdos que en La Habana nunca han desaparecido: desde la Crisis de los Misiles de 1962 hasta ejercicios navales más recientes en los que se simulaban bloqueos y escenarios de contingencia. La diferencia, hoy, es que el contexto incluye además sanciones, bloqueo financiero y presión sobre flujos energéticos.
La mirada desde La Habana: cerco, no reajuste
Para el Gobierno cubano, la narrativa del “ajuste operativo” carece de credibilidad. Desde La Habana, el reposicionamiento de los buques anfibios se percibe como una escalada cualitativa: menos barcos en el sur, pero más cerca de sus aguas y de sus principales rutas comerciales.
El refuerzo al norte implica un mayor control sobre el estrecho de Florida, corredor por el que pasan no solo mercancías, sino también buena parte del tráfico migratorio irregular y de los flujos financieros y logísticos que el régimen intenta mantener abiertos pese al embargo. En ese contexto, cada radar, cada patrulla aérea y cada casco adicional se interpreta como un ladrillo más en el muro del cerco.
Cuba, con una economía golpeada por años de restricciones y una dependencia creciente de combustible y ayuda externa, teme que este nuevo despliegue sirva para endurecer aún más el control sobre el petróleo sancionado, las importaciones críticas y cualquier intento de diversificación comercial con terceros países.
Aunque el Gobierno cubano evita entrar en detalles operativos, la lectura estratégica es inequívoca: “no es un retiro, es un reencuadre de presión”. Y se analiza cuidadosamente qué margen queda para maniobrar sin provocar una escalada que nadie puede permitirse.
Venezuela, sanciones y el eco en el Caribe
El movimiento naval no puede entenderse sin el contexto venezolano. El despliegue inicial masivo en el Caribe meridional respondió a la intervención directa en Venezuela y a la captura de objetivos clave, incluido el liderazgo político del país, en un operativo que reconfiguró el equilibrio de fuerzas en la región.
Con esa fase aguda ya superada, Washington ajusta su postura: mantiene presencia suficiente para garantizar la seguridad de las rutas de exportación de crudo, supervisar el cumplimiento de las sanciones y respaldar, llegado el caso, operaciones adicionales sobre infraestructuras energéticas. Pero ya no necesita el mismo volumen de buques concentrados frente a la costa venezolana.
La reubicación al norte, sin embargo, lanza un mensaje claro a otros actores de la región: la “ventana venezolana” no es una excepción, sino un aviso. Quien se mueva en contra de los intereses de Estados Unidos —en materia de petróleo, tráfico ilícito o alianzas estratégicas— tendrá que hacerlo bajo el radar de una flota capaz de pivotar en cuestión de días entre diferentes escenarios de intervención.
En este tablero, Cuba aparece como pieza clave: no solo por su valor simbólico, sino por su papel como nodo político en una red que incluye a Caracas, Managua y otros aliados incómodos para Washington.
12.000 militares y un mensaje a la región
Pese a la reducción de medios en el Caribe sur, el dato que más llama la atención a los observadores es otro: alrededor de 12.000 militares estadounidenses permanecen desplegados en la región, entre bases, buques y destacamentos avanzados. No es una cifra de guerra abierta, pero sí un volumen suficiente para operaciones de alta intensidad limitada.
Este contingente permite mantener patrullas constantes en rutas clave, operaciones de inteligencia y ejercicios conjuntos con aliados como Colombia o algunos socios caribeños. Además, actúa como disuasión visible frente a cualquier intento de terceros —desde potencias extrarregionales hasta organizaciones criminales— de aprovechar el aparente “vacío” tras el reacomodo en Venezuela.
Para los países del entorno, el mensaje está cargado de ambigüedad: por un lado, se ofrece seguridad adicional frente a amenazas transnacionales; por otro, se recuerda que la capacidad de intervención estadounidense sigue intacta. En un Caribe que concentra un porcentaje creciente del tráfico global de contenedores y de hidrocarburos, esa presencia se convierte en factor estructural del negocio… y de la política.
Como en toda maniobra de alta tensión, el mayor peligro no es necesariamente una decisión deliberada, sino el error de cálculo. Un incidente con un barco pesquero, un avión que cruza una línea no reconocida, un ejercicio militar interpretado como provocación… El historial del Caribe está lleno de episodios en los que un malentendido pudo haber prendido la mecha.
Con buques anfibios capaces de transportar miles de soldados y decenas de aeronaves operando cerca de aguas cubanas, la gestión de la comunicación militar —los canales de desconflicción, las reglas de enfrentamiento, los protocolos de aviso— será tan importante como la propia disposición de fuerzas.
La experiencia reciente en otros teatros muestra que una sobrerreacción política ante un incidente menor puede desencadenar dinámicas difíciles de revertir. En un contexto de sanciones cruzadas, presión económica y desconfianza histórica, el margen para la improvisación es mínimo.
Para La Habana, el reto consiste en mostrar firmeza sin caer en provocaciones. Para Washington, mantener la presión sin cruzar la delgada línea que separa la disuasión de la escalada. Y para el resto de la región, evitar quedar atrapados en una espiral que desvíe recursos de la verdadera urgencia: reconstruir economías golpeadas por crisis encadenadas.
Qué puede pasar ahora en el estrecho de Florida
El estrecho de Florida se consolida, una vez más, como termómetro de la relación entre Estados Unidos y Cuba. Con más activos navales al norte y una presencia militar aún robusta en el sur, la zona se convierte en el punto donde convergen seguridad, energía, migración y política interna.
En el corto plazo, es previsible un aumento de vuelos de reconocimiento, patrullas conjuntas con Guardia Costera y ejercicios navales de alta visibilidad. En paralelo, se reforzarán los controles sobre cargueros y petroleros que operan en la zona, especialmente aquellos vinculados a países bajo sanciones.
A medio plazo, el escenario se bifurca en dos posibilidades. En la primera, el despliegue se consolida como presencia disuasoria de larga duración, con episodios puntuales de tensión pero sin ruptura del statu quo. En la segunda, alguna combinación de incidentes, decisiones políticas y deterioro económico en la región podría empujar hacia una nueva crisis caribeña, menos ideológica que la de los años sesenta, pero igual de peligrosa para la estabilidad regional.
Por ahora, lo único claro es que el movimiento del USS Iwo Jima y del USS San Antonio no es un simple ajuste logístico. Es la declaración de que Estados Unidos piensa seguir escribiendo, con buques y sanciones, la hoja de ruta del Caribe en 2026. Y que Cuba vuelve a estar, una vez más, en el centro del radar.