Europa encara un nuevo shock energético tras cortar con Rusia
Las críticas de Kirill Dmitriev coinciden con una advertencia incómoda de Bruselas: la UE ha diversificado su suministro, pero sigue expuesta a una crisis prolongada si Oriente Medio tensiona de nuevo el mercado global.
La discusión energética europea ha entrado en una nueva fase. Ya no gira solo en torno a cuánto gas llega desde Rusia, sino a cuánto cuesta sustituirlo en un mercado internacional cada vez más inestable. Ese es el hueco que Moscú intenta explotar.
Kirill Dmitriev, jefe del fondo soberano ruso RDIF y enviado del Kremlin para la cooperación económica, ha vuelto a cargar contra Bruselas al sostener que la UE ha provocado su propia vulnerabilidad al romper con la energía rusa. La Comisión, mientras tanto, ha reconocido un riesgo real: una “perturbación potencialmente prolongada” del comercio energético internacional por la escalada en Oriente Medio.
Lo más grave no es la propaganda cruzada, sino el diagnóstico de fondo: Europa ha reducido su dependencia de Moscú, sí, pero todavía no ha blindado del todo su seguridad energética.
Moscú aprovecha el momento
Kirill Dmitriev no habla solo como gestor del Russian Direct Investment Fund. Desde febrero de 2025 también actúa como enviado presidencial ruso para la cooperación económica exterior, un cargo que le sitúa en la primera línea del mensaje político del Kremlin sobre energía, sanciones y mercados internacionales.
En las últimas semanas ha repetido una idea con distintas formulaciones: Europa habría cometido un error estratégico al renunciar a los hidrocarburos rusos y ahora estaría pagando esa decisión con una nueva ola de volatilidad. Ha llegado a hablar de “tsunami energético”, “colapso” e incluso de una futura petición europea para volver a comprar energía rusa.
Ese discurso persigue dos objetivos. El primero, político: presentar las sanciones y el giro energético europeo como una forma de autolesión. El segundo, comercial: reforzar la idea de que Rusia sigue siendo un proveedor inevitable en un mercado bajo tensión. “Este shock energético expondrá los fallos estratégicos de la UE”, llegó a afirmar Dmitriev en marzo. Sin embargo, el contraste con los datos oficiales europeos resulta demoledor: la UE sí ha diversificado, aunque a un coste elevado y con nuevas dependencias. Ahí reside la clave del debate.
Bruselas enciende la alarma
El aviso de la Comisión Europea no es retórico. El 31 de marzo de 2026, Bruselas pidió a los Estados miembros que coordinen medidas para garantizar el suministro de petróleo y productos refinados ante la volatilidad derivada del conflicto en Oriente Medio y del cierre del estrecho de Ormuz. Días antes, el 23 de marzo, la propia Comisión había reclamado iniciar con tiempo y de forma coordinada la temporada de llenado de gas para el próximo invierno.
Ese matiz es esencial. La UE no está hoy ante un desabastecimiento inminente, pero sí frente a un escenario de tensión prolongada en el que petróleo, diésel, queroseno y gas pueden encarecerse con rapidez. El comisario europeo Dan Jørgensen ha resumido la posición comunitaria en una frase sobria y reveladora: “Debemos estar preparados para una perturbación potencialmente prolongada del comercio energético internacional”.
La consecuencia es clara: Bruselas no admite un fracaso total de su estrategia, pero tampoco presume de invulnerabilidad.
La diversificación que sí ocurrió
La parte más discutible del relato ruso es la afirmación de que la UE no ha diversificado. Los datos oficiales dicen lo contrario. La cuota del gas ruso por gasoducto en las importaciones europeas cayó de alrededor del 40% en 2021 a cerca del 6% en 2025. Si se suman gasoducto y GNL, Rusia representó en 2025 aproximadamente el 13% de las importaciones totales de gas de la UE.
En paralelo, Estados Unidos pasó de aportar el 24% del GNL europeo a comienzos de 2021 a el 60% en el tercer trimestre de 2025, consolidándose como proveedor dominante.
No solo cambió el origen del suministro; también cambió el consumo. Entre agosto de 2022 y enero de 2025, la UE redujo su demanda de gas en un 17%, el equivalente a 70 bcm al año. Además, el bloque mantuvo la disciplina del almacenamiento con el objetivo de llenar las reservas al 90% antes del 1 de noviembre. Este hecho revela que la estrategia europea ha sido eficaz en un punto decisivo: cortar la dependencia estructural de un proveedor que utilizó la energía como arma geopolítica.
El coste del nuevo mapa energético
La diversificación, sin embargo, no ha salido gratis. Europa ha sustituido parte del gas ruso por un sistema mucho más apoyado en el GNL, que exige más transporte marítimo, más capacidad de regasificación y más exposición a la competencia global. La propia Comisión admite que el mercado europeo sigue siendo vulnerable a la volatilidad precisamente por el mayor peso del GNL y por la pugna internacional por esos cargamentos.
En el segundo trimestre de 2025, el GNL ya suponía el 46% de las importaciones de gas de la UE, frente al 54% del gas por tubería. Ese giro cambia la naturaleza del riesgo. Antes, Europa dependía en exceso de una red física conectada a Rusia. Ahora depende más de un mercado mundial en el que un conflicto en el Golfo, una ola de calor en Asia o una interrupción logística pueden alterar los precios en cuestión de días.
La dependencia geográfica se ha reducido; la dependencia del mercado global se ha disparado. El diagnóstico es inequívoco: Bruselas ha ganado autonomía estratégica frente a Moscú, pero no ha conquistado todavía una estabilidad de precios comparable a la de la etapa previa a 2022.
Rusia sigue dentro del sistema
La otra realidad incómoda es que Rusia no ha desaparecido por completo del mix europeo. De acuerdo con los datos comunitarios, el gas y el petróleo rusos no se habían eliminado totalmente entre 2021 y 2025. En el mercado del GNL, además, Moscú conserva una presencia relevante: la cuota rusa del GNL importado por la UE alcanzó el 17,5% en 2024, mientras la Comisión la situó en el 14% en el segundo trimestre de 2025.
Es decir, Europa ha reducido la dependencia, pero aún no ha cerrado la puerta del todo. Por eso Bruselas ha ido endureciendo el calendario normativo. El objetivo comunitario pasa por prohibir las importaciones rusas de gas, tanto por gasoducto como en forma de GNL, con periodos transitorios y un horizonte de eliminación total al cierre de 2027.
El contraste con otras regiones resulta llamativo: mientras Asia sigue comprando energía en función de precio y disponibilidad, la UE ha incorporado un criterio geopolítico y moral que restringe sus opciones. Esa decisión tiene lógica política. También tiene factura económica.
Oriente Medio reemplaza al viejo riesgo
Lo que está ocurriendo en marzo y abril de 2026 demuestra hasta qué punto el foco del riesgo ha cambiado. Durante años, el miedo europeo se concentró en los gasoductos rusos. Hoy la atención se ha desplazado al estrecho de Ormuz, al tráfico marítimo y al suministro de derivados del petróleo.
La Comisión ha insistido varias veces en que los stocks de petróleo siguen altos y que los niveles de almacenamiento de gas se mantienen estables, pero al mismo tiempo ha reclamado coordinación reforzada y preparación para el invierno. Esa combinación de calma táctica y alerta estratégica define el momento actual.
La vulnerabilidad no es homogénea. Los combustibles refinados, el diésel y el queroseno aparecen ya en los documentos oficiales como puntos de atención especial. Y eso tiene una implicación directa: el próximo sobresalto no tendría por qué llegar solo por la calefacción doméstica o por el precio del megavatio, sino por la cadena logística, el transporte y los costes industriales.
Lo más grave es que ese tipo de shock se transmite con rapidez a toda la economía. Europa no está ante una repetición exacta de 2022, pero sí ante una versión distinta del mismo problema: energía más cara, más incierta y con menos margen político para corregirla.
La industria europea vuelve a quedar expuesta
Cuando sube la energía, no solo sube la factura del hogar. Se encarece la producción química, el fertilizante, el transporte pesado, el acero, el papel, la alimentación y buena parte de la industria exportadora. Dmitriev explota esa debilidad al sostener que Europa acabará pagando más inflación y menos competitividad. Su conclusión responde a intereses rusos, pero el mecanismo económico es real.
De hecho, la Comisión admite que el mayor peso del GNL y la competencia internacional aumentan la exposición europea a la volatilidad de precios. El problema ya no es de acceso inmediato al suministro, sino de coste estructural.
Ese riesgo pesa especialmente sobre Alemania, Italia y el conjunto del tejido manufacturero continental, pero también sobre economías como la española, muy dependientes del refino, del transporte y del consumo energético en cadenas turísticas y logísticas. El efecto dominó puede ser conocido: menos margen empresarial, más presión sobre precios finales y más dificultad para que el Banco Central Europeo consolide una desinflación limpia.
La lección del pasado sigue intacta: en Europa, la energía continúa siendo un problema geopolítico antes de convertirse en un dato estadístico.