Irastorza: "Europa sin Estados Unidos NO PUEDE hacer frente a la amenaza de Rusia"
Eduardo Irastorza dibuja un mapa incómodo para Occidente: Estados Unidos sigue siendo la primera potencia militar, pero ya no puede imponer todos los tiempos del tablero global. En su análisis para Negocios TV, el profesor de OBS Business School interpreta los últimos movimientos de Donald Trump como una retirada táctica para ganar margen, no como una demostración de dominio. La presión de China, la guerra de Ucrania, el pulso con Irán y las grietas dentro de la OTAN componen un escenario de menor obediencia internacional. El diagnóstico es duro: Washington conserva poder, pero ha perdido capacidad de intimidación automática.
El retroceso que revela debilidad
Irastorza sostiene que la administración Trump ha tenido que “dar un paso atrás” para no quedar atrapada en varios frentes simultáneos. La lectura encaja con la crisis abierta por el acuerdo preliminar con Irán, que ha dividido al ecosistema conservador estadounidense y ha generado críticas incluso dentro del bloque MAGA. Medios estadounidenses han informado de un choque interno entre la Casa Blanca y figuras republicanas que consideran el pacto una cesión estratégica ante Teherán.
Lo más grave es que esa retirada se produce mientras China refuerza su peso económico y tecnológico. La guerra ya no se decide solo con portaaviones, sino con semiconductores, deuda, cadenas de suministro, energía y capacidad industrial. En ese terreno, Estados Unidos encuentra límites que antes podía disimular.
Irán rompe la disciplina occidental
Oriente Medio concentra el síntoma más evidente de esa pérdida de control. El vicepresidente J.D. Vance advirtió a Israel de que no puede resolver sus problemas de seguridad “a base de violencia” y pidió no sabotear el acuerdo con Irán. También defendió que Trump sigue siendo el principal aliado internacional de Israel, una frase que sonó más a advertencia que a elogio.
La reacción de sectores duros israelíes, entre ellos Itamar Ben Gvir, muestra hasta qué punto Washington ya no ordena el campo con la facilidad de otras etapas. La tensión no está solo entre Estados Unidos e Irán. Está también entre Estados Unidos e Israel.
Ben Gvir y el choque interno israelí
La figura de Ben Gvir ilustra el desplazamiento del debate hacia posiciones más extremas. Tras el acuerdo preliminar con Irán, voces del Gobierno israelí defendieron que Israel no debía quedar vinculado por un pacto que no había firmado y que podía limitar su margen militar. The Times of Israel recogió el choque entre Vance y ministros israelíes contrarios al entendimiento con Teherán.
Este hecho revela una fractura esencial. Trump quiere vender paz; Israel quiere conservar libertad de acción; Irán exige garantías; y Europa teme otra crisis energética. Es una ecuación demasiado inestable para sostenerse solo con comunicados.
Hillary Clinton y el giro inesperado
La política estadounidense también deja movimientos sorprendentes. Hillary Clinton ha elogiado aspectos del plan de Trump para Gaza, en una intervención en Nueva York junto a David Remnick, según medios especializados en política estadounidense e israelí.
El gesto no convierte a Clinton en aliada de Trump, pero sí evidencia que parte del establishment busca una salida pragmática. La lectura es clara: cuando la guerra se enquista, incluso los adversarios políticos empiezan a compartir mínimos diplomáticos. Gaza, Irán y Líbano ya no admiten soluciones puramente ideológicas.
La novena paz de Trump
Irastorza interpreta la diplomacia de Trump como una acumulación de “paces” con valor electoral y estratégico. En Ucrania, el presidente estadounidense ha hablado con Vladimir Putin y con Volodímir Zelenski para explorar una salida, mientras Kiev insiste en que cualquier acuerdo debe respetar su soberanía. The Guardian informó de una conversación de Trump con Putin en la que el mandatario estadounidense se mostró dispuesto a ayudar a poner fin a la guerra.
Sin embargo, la ventana es estrecha. Putin no puede volver con una derrota visible. Zelenski no puede aceptar una paz que legalice la ocupación. Y Trump necesita resultados antes de que el desgaste interno convierta la diplomacia en fracaso.
Europa ante la OTAN 3.0
El punto más sensible está en Europa. La OTAN reconoce que los aliados europeos y Canadá aumentaron su inversión central en defensa en más de 90.000 millones de dólares en 2025, casi un 20% más en un solo año. Pero ese esfuerzo no elimina la dependencia estructural de Estados Unidos.
AP ha informado de que Washington está reajustando capacidades disponibles para crisis de la OTAN —portaaviones, cazas y aviones cisterna— para priorizar el Indo-Pacífico frente a China. El contraste resulta demoledor: Europa aumenta gasto, pero aún no reemplaza músculo estratégico estadounidense.
El paraguas nuclear que no se improvisa
La autonomía europea tiene un límite evidente: la disuasión nuclear. Francia y Reino Unido poseen capacidades propias, pero no sustituyen por sí solas el paraguas estadounidense ni la arquitectura logística, satelital y de mando integrada durante décadas.
Irastorza acierta al plantear la pregunta decisiva: si Washington reduce recursos, ¿puede Europa contener a Rusia sin ayuda plena de Estados Unidos? La respuesta hoy sigue siendo incómoda. Puede resistir más que hace cinco años, pero no puede prescindir sin coste del soporte estadounidense.
Un mundo sin árbitro único
El diagnóstico final es inequívoco. Estados Unidos aún manda, pero ya no arbitra solo. China condiciona la economía, Irán prueba los límites de Washington, Israel desafía la disciplina aliada, Rusia resiste en Ucrania y Europa busca una autonomía que todavía no tiene.
El orden internacional no se está derrumbando de golpe; se está volviendo menos obediente. Y esa transición, precisamente por gradual, puede ser más peligrosa que una ruptura abierta.