Un pequeño navío se alejó a toda velocidad tras el estallido que perforó un tanque de crudo y provocó un vertido a 30 millas de la costa kuwaití

Explosión contra un petrolero frente a Kuwait agrava la tensión en el Golfo

EPA/CHAMILA KARUNARATHNE

Un petrolero fondeado frente a las aguas de Kuwait ha sufrido una explosión en su costado de babor, con fuga de crudo al mar y entrada de agua, en un nuevo incidente que alimenta la tensión en una de las rutas energéticas más sensibles del planeta. Según el centro británico United Kingdom Maritime Trade Operations (UKMTO), el capitán del buque reportó un “gran estallido” y la presencia de una pequeña embarcación que abandonó la zona inmediatamente después. Pese a la violencia del suceso, el barco no se incendió y toda la tripulación ha resultado ilesa. El ataque se ha producido a unas 30 millas náuticas (unos 56 kilómetros) al sureste de Mubarak Al Kabeer, fuera de las aguas territoriales kuwaitíes, en plena escalada militar en el Golfo Pérsico.

El incidente llega en un momento de máxima tensión militar en el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, donde en los últimos días se han registrado otros ataques y advertencias formales a la navegación comercial. Hace apenas cuatro días, un petrolero fue atacado frente a la península de Musandam, en el estrecho, con al menos cuatro heridos y la evacuación completa de los 20 tripulantes, según el Centro de Seguridad Marítima de Omán.

Aunque por ahora ninguna autoridad ha atribuido la autoría de la explosión frente a Kuwait, el contexto es inequívoco: la región acumula incidentes contra buques energéticos desde el mar Rojo hasta el Golfo de Omán, con proyectiles, drones, lanchas rápidas y minas lapa utilizados indistintamente por actores estatales y milicias aliadas. UKMTO lleva meses advirtiendo de “actividad militar significativa” y de un aumento de situaciones de riesgo —desde interferencias de GPS hasta acercamientos agresivos de embarcaciones armadas— en el Golfo, el mar Arábigo y el estrecho.

Este hecho revela un patrón inquietante: los petroleros ya no son daños colaterales, sino objetivos deliberados en una pugna geopolítica que busca presionar a las grandes potencias energéticas y a los clientes asiáticos que dependen del crudo del Golfo. Cada ataque, aunque no cause víctimas, sube un peldaño más la escalada y alimenta el riesgo de un incidente mayor entre estados.

Un modus operandi que inquieta a las navieras

Los detalles facilitados por UKMTO apuntan a un modus operandi que las navieras conocen bien desde los ataques de los últimos años en el mar Rojo y el golfo de Omán: un petrolero detenido o navegando a baja velocidad, un estallido localizado en el casco y una pequeña embarcación que se aproxima y se aleja rápidamente.

Aunque los investigadores deberán determinar si se usaron explosivos adosados al casco, un dron de superficie (USV) o un artefacto lanzado desde proximidad, la descripción encaja con técnicas de sabotaje de baja firma diseñadas para dificultar la atribución. La ausencia de fuego apunta a una carga explosiva calibrada para perforar el tanque sin provocar una deflagración masiva del petróleo almacenado, reduciendo el riesgo de que el propio ataque se convierta en incontrolable.

Las compañías navieras consultadas por los analistas de riesgo ya llevan meses ajustando sus protocolos: más guardias en cubierta, cámaras térmicas, radares de superficie y ejercicios de “citadel” —refugio de la tripulación en zonas reforzadas del buque—. Sin embargo, lo más grave es que, pese a estas inversiones, un pequeño bote con explosivos puede seguir acercándose a un casco de más de 200 metros de eslora sin ser interceptado. El contraste con los recursos desplegados por las armadas occidentales en la zona resulta demoledor: la protección total de cada buque es, sencillamente, imposible.

Riesgo ambiental en un corredor energético clave

La consecuencia inmediata del ataque es un vertido de crudo en una zona de alta sensibilidad ambiental y económica. Las primeras imágenes y reportes hablan de una mancha visible alrededor del petrolero, aunque por ahora se desconoce el volumen exacto de fuga. En pecios similares en el mar Rojo, pequeñas perforaciones han llegado a liberar entre 500 y 2.000 toneladas de hidrocarburos, suficientes para afectar playas y bancos de pesca a decenas de kilómetros si no se controla a tiempo.

El área del Golfo donde ha ocurrido el incidente se encuentra en el corredor que conecta las terminales kuwaitíes y saudíes con el Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor de una cuarta parte del petróleo que se mueve por mar en el mundo y cerca de una quinta parte del consumo global de crudo y productos derivados. Cualquier contaminación prolongada puede obligar a desviar rutas, ralentizar operaciones de carga y descarga y encarecer aún más los seguros ambientales.

Las autoridades marítimas de la región deberán coordinar ahora barreras de contención, buques de apoyo y equipos de dispersión. Pero el diagnóstico es inequívoco: cada ataque a un petrolero en el Golfo es también un ataque a la frágil estabilidad ecológica de sus aguas poco profundas, donde un vertido se dispersa más lentamente que en aguas abiertas y se concentra con facilidad en las costas.

El papel de Kuwait y la respuesta internacional

Aunque la explosión se produjo fuera de las aguas territoriales de Kuwait, el incidente golpea directamente la imagen de seguridad del país y de sus terminales petroleras. Mubarak Al Kabeer es un punto clave para el tráfico de crudo kuwaití, y cualquier percepción de vulnerabilidad puede traducirse en sobrecostes inmediatos en los fletes que parten o pasan cerca de sus instalaciones.

Kuwait se ve así obligado a reforzar la coordinación con las armadas de Estados Unidos, Reino Unido y los socios del Consejo de Cooperación del Golfo, que ya patrullan la zona en el marco de diferentes misiones de protección del tráfico comercial. El incidente añade presión para que se intensifiquen las escoltas puntuales, se amplíen las zonas de exclusión alrededor de los petroleros fondeados y se despliegue más inteligencia sobre posibles células que operen con lanchas rápidas en aguas internacionales.

A nivel diplomático, el ataque puede reavivar el debate en la Organización Marítima Internacional (OMI) sobre la clasificación del Golfo como zona de “alto riesgo de guerra”, algo que tiene una consecuencia clara: primas de seguro más elevadas, costes de financiación mayores para los armadores y, en última instancia, un recargo en el precio que pagan los importadores de crudo. Para un país como Kuwait, que depende de los hidrocarburos para más del 90% de sus ingresos de exportación, el impacto reputacional no es un detalle menor, sino un factor estructural.

Mercado petrolero: nervios a flor de piel

Cada incidente en el Golfo se traduce en movimientos inmediatos en los mercados de petróleo, aunque los daños físicos sean limitados. El ataque al petrolero de Musandam y la explosión frente a Kuwait se producen mientras el Estrecho de Ormuz vive su momento más delicado en décadas, tras ataques y amenazas cruzadas que han llegado a provocar subidas de hasta 10 dólares por barril en cuestión de días en episodios recientes.

Los analistas recuerdan que alrededor del 20 % del petróleo y del gas natural licuado (GNL) que consume el planeta cruza por esta región, buena parte con destino a Asia —China, India, Japón o Corea del Sur—, lo que convierte cada explosión en el Golfo en un riesgo sistémico más que local. Si los ataques se generalizan o se percibe que un actor está dispuesto a bloquear rutas, los precios podrían dispararse por encima de los 100–120 dólares el barril, reavivando presiones inflacionistas en economías ya debilitadas.

Por ahora, el mercado suele descontar que los daños serán puntuales y controlables, pero el goteo de incidentes erosiona esa premisa. Lo más grave, subrayan las casas de análisis, es que la línea que separa un acto de sabotaje aislado de una campaña sostenida es muy fina, y el tiempo de reacción política suele ser más lento que la velocidad de reacción de los operadores financieros.

La seguridad marítima, al límite en el Golfo

La explosión frente a Kuwait vuelve a poner a prueba un sistema de seguridad marítima que funciona al borde de su capacidad. UKMTO y otros centros regionales reciben diariamente reportes de acercamientos sospechosos, drones sobrevolando buques, interferencias de posicionamiento y avisos de armadas que realizan ejercicios o maniobras en canales estrechos.

Para las navieras, el cálculo es frío: más riesgo implica más coste. Las pólizas de seguro “war risk” ya se han encarecido tras los ataques en el mar Rojo y el estrecho de Ormuz; los armadores repercuten ese coste en los fletes; y, al final de la cadena, el consumidor europeo o asiático paga carburantes y productos más caros. El contraste con las promesas políticas de estabilidad y libre tránsito resulta evidente.

Este hecho revela además una vulnerabilidad estructural: pese a la presencia permanente de la Quinta Flota de Estados Unidos y de buques europeos, los ataques de baja intensidad son extremadamente difíciles de prevenir. Un pequeño bote que se acerca a un petrolero fondeado puede confundirse con un pesquero o un servicio de suministro hasta que es demasiado tarde. Las armadas pueden disuadir acciones de alto perfil, pero no pueden blindar cada casco ni vigilar cada milla de mar las 24 horas del día.