El fin de New START desata una nueva carrera nuclear

El fin del tratado New Start: ¿un preludio a una nueva era de tensión nuclear?

La expiración del último gran tratado entre Washington y Moscú abre un vacío jurídico inquietante en plena escalada geopolítica y tecnológica

El tratado New START, eje del control de armas nucleares entre Estados Unidos y Rusia durante más de una década, ha llegado a su fin en el peor momento posible: con guerras abiertas, tensión en alza y una carrera tecnológica que avanza más rápido que la diplomacia. La desaparición de este marco, que limitaba a 1.550 ojivas estratégicas desplegadas por país, elimina el último cortafuegos formal entre los dos mayores arsenales del planeta.
Expertos como Fernando Moragón y Luis Rodrigo de Castro coinciden en que el escenario que se abre es una “caja de Pandora” para la seguridad global: más margen para rearmarse, menos transparencia y un incentivo claro para aumentar el gasto militar. Estados Unidos ha dejado pasar las ofertas de prórroga de Moscú; los organismos internacionales observan, pero apenas reaccionan.
La consecuencia es inequívoca: el mundo entra en una fase sin reglas claras, con potencias que se reacomodan, nuevos actores como Irán o China reclamando su espacio y una industria armamentística que huele negocio. La pregunta es si todavía queda tiempo para evitar que este vacío se convierta en el prólogo de una nueva Guerra Fría… con tecnologías del siglo XXI.

El vacío nuclear que deja el fin de New START

El tratado New START no era solo un documento técnico: era el último andamio jurídico que sujetaba el edificio del control nuclear entre Washington y Moscú. Al limitar las cabezas nucleares desplegadas y los vectores estratégicos, y al mantener un régimen de inspecciones mutuas, imponía al menos un mínimo de previsibilidad en una relación plagada de desconfianza.

Con su expiración, ese andamio desaparece. Ya no hay techo formal para el número de misiles desplegados, ni obligación de notificar movimientos o modernizaciones. Lo más grave es que se rompe también la rutina de transparencia: las visitas a bases, los intercambios de datos, los canales técnicos que funcionaban incluso en momentos de tensión política.

Moragón y Rodrigo de Castro advierten de una paradoja peligrosa. “Nadie quiere una guerra nuclear, pero todos se sienten más seguros con más armas”, resumen. Sin un marco vinculante, cada capital tenderá a protegerse aumentando su capacidad de segundo golpe y su arsenal de disuasión. Es el clásico dilema de seguridad: lo que un país ve como defensa, el otro lo interpreta como amenaza.

De paraguas jurídico a caja de Pandora estratégica

Durante años, New START funcionó como paraguas jurídico que contenía, al menos en parte, la tentación de la carrera armamentística. Su fin, sin embargo, convierte ese paraguas en una caja de Pandora estratégica. Los presupuestos de defensa, ya al alza, tienen vía libre para seguir creciendo: la OTAN supera ya incrementos anuales cercanos al 8%-10% en varios socios, mientras Rusia destina alrededor de un 6% de su PIB a gasto militar directo e indirecto.

Los expertos señalan que la desaparición del tratado elimina también un argumento para frenar al lobby armamentístico. Donde antes había límites cuantificados, ahora solo hay “necesidades de seguridad” interpretables a conveniencia. Cada nueva amenaza —real o percibida— se traduce con más facilidad en nuevos contratos, nuevos programas y nuevos sistemas de armas.

Este hecho revela el núcleo del problema: sin corsé jurídico, la inercia económica y corporativa gana peso frente a la prudencia estratégica. La industria ofrece respuestas rápidas —más misiles, más plataformas, más escudos— a inseguridades complejas que exigen diplomacia y acuerdos. Y en ese escenario, el incentivo para detener la espiral es cada vez menor.

Lobby militar y presupuestos en estado de excepción

La pregunta que sobrevuela todas las mesas de análisis es sencilla: ¿quién gana realmente con el fin de New START? La respuesta, en buena medida, pasa por la industria de defensa. Empieza a hablarse de programas de modernización que pueden superar fácilmente los 500.000 millones de dólares en una década, sumando nuevas plataformas estratégicas, submarinos, bombarderos y sistemas de mando y control.

Moragón y Rodrigo de Castro subrayan que los grandes contratistas han encontrado en el “vacío normativo” un argumento de oro: sin límites, cualquier incremento se puede justificar en nombre de la disuasión. En paralelo, los parlamentos aprueban presupuestos “excepcionales” en un clima emocional marcado por conflictos en Europa del Este, Oriente Medio y el Indo-Pacífico.

La consecuencia es clara: la lógica de mercado empuja hacia la acumulación, no hacia el desarme. A más tensión, más contratos; a más contratos, mayor resistencia a cualquier acuerdo que implique congelar o reducir arsenales. De este modo, el fin de New START no solo abre un espacio sin reglas: crea también poderosos interesados en que ese espacio siga sin regular.

Washington entre urnas, Israel e Irán

Para Carlos Paz, analista político, la falta de voluntad de Washington para renovar o sustituir New START tiene una explicación de fondo: Estados Unidos vive atrapado entre prioridades internas y presiones externas. Con elecciones en el horizonte y una polarización extrema, el coste político de aparecer “blando” en seguridad es altísimo.

Al mismo tiempo, la presión de Israel para contener a Irán añade una capa de complejidad. Tel Aviv ha dejado claro que no tolerará un Irán nuclear y empuja a Washington a mantener una posición de máxima firmeza. El control iraní sobre el Estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20% del petróleo comerciado por vía marítima, convierte cualquier incidente en un riesgo inmediato para la economía global.

En ese tablero, renovar un tratado bilateral con Rusia puede parecer secundario frente a las urgencias de Oriente Medio. Pero el diagnóstico es inequívoco: al descuidar la arquitectura nuclear con Moscú, Estados Unidos suma inestabilidad estratégica en un momento en el que ya está al límite de su capacidad de gestión de crisis.

Irán como chivo expiatorio y válvula de escape

La presencia de fuerzas estadounidenses en el Golfo Pérsico no es nueva, pero el contexto actual la hace especialmente sensible. Según Adrián Zelaia, presidente de Ekai Group, la Casa Blanca busca mantener una posición de fuerza que le permita presionar a Irán sin verse arrastrada a un conflicto abierto. Para ello necesita, paradójicamente, una excusa diplomática que justifique no ir más allá de las amenazas y las sanciones.

Irán, por su parte, ha insinuado vías de compromiso que excluyen el capítulo de los misiles balísticos, ofreciendo negociar sobre aspectos nucleares civiles y ciertas garantías de inspección. Es una forma de abrir una puerta de salida a la crisis sin renunciar a instrumentos que considera esenciales para su disuasión regional.

Lo paradójico es que el fin de New START debilita la posición moral y política de Washington a la hora de exigir a otros países que limiten sus programas. Cuando la principal potencia nuclear decide vivir sin corsé jurídico con Moscú, resulta más difícil exigir a Teherán, o a cualquier otro, que se someta a controles estrictos. El mensaje que reciben muchas capitales es claro: “las reglas son para los demás”.

China se resiste al juego a tres bandas

El otro actor clave en este tablero es China. Washington ha defendido en los últimos años la idea de un tratado trilateral que incluya a Pekín junto a Estados Unidos y Rusia. Sobre el papel, la propuesta parece lógica: no tiene sentido hablar de control nuclear de forma creíble sin incluir a la potencia que más rápido está modernizando su arsenal. En la práctica, sin embargo, China rechaza entrar en un marco que percibe diseñado para frenarla.

Pekín argumenta que sus fuerzas estratégicas siguen lejos de las de Washington y Moscú, y que cualquier acuerdo que congele la situación actual consolidaría una desventaja estructural. Mientras tanto, continúa desplegando nuevos silos, submarinos y vectores de largo alcance, con estimaciones que apuntan a que podría duplicar su número de cabezas nucleares en menos de diez años si mantiene el ritmo actual.

Esta negativa complica aún más el paisaje. Sin China en la mesa, Estados Unidos tiene menos incentivos para atarse de manos con Rusia; Moscú, a su vez, utiliza el ascenso chino como argumento para explicar su propio rearmamento. El resultado es un triángulo de desconfianza en el que cada actor mira a los otros dos como potencial fuente de amenaza.

Hipersónicos, armas tácticas y el regreso del lenguaje de la Guerra Fría

Mientras los tratados caducan, la tecnología corre por delante de la diplomacia. Rusia ha anunciado y probado misiles hipersónicos capaces, en teoría, de superar sistemas antimisiles y reducir drásticamente los tiempos de reacción. Estados Unidos responde acelerando la modernización de sus vectores, y ambos trabajan en sistemas autónomos, armas tácticas avanzadas y plataformas duales que difuminan la frontera entre lo convencional y lo nuclear.

La ausencia de New START agrava este escenario. Sin obligaciones de notificación ni límites cuantitativos, las pruebas y despliegues se vuelven más opacos. La tentación de recurrir a armas tácticas en escenarios regionales —bajo la premisa de que serían “limitadas”— crece, y con ella el riesgo de escaladas no previstas.

El lenguaje recuerda cada vez más al de la Guerra Fría: “ventana de vulnerabilidad”, “paridad estratégica”, “capacidad de primer golpe”. La diferencia es que hoy el tablero es mucho más complejo: hay más actores, más tipos de armas y menos canales estables de comunicación. La suma de factores hace que cualquier error o malentendido tenga un potencial de devastación aún mayor que hace treinta o cuarenta años.

¿Queda espacio para una nueva arquitectura de control?

La gran cuestión es si este escenario es irreversible. Algunos expertos apuntan a que el propio vértigo de la carrera —presupuestos disparados, riesgos tecnológicos, presión de la opinión pública— podría forzar a las potencias a sentarse de nuevo a negociar en cuanto se haga evidente que el coste marginal de cada nueva arma supera el beneficio estratégico.

Otros son menos optimistas. Señalan que el mundo de hoy no es el de dos superpotencias y un puñado de aliados, sino un mosaico de actores con capacidad nuclear o umbral: potencias regionales, Estados en crisis, incluso el riesgo de proliferación no estatal. En ese contexto, reconstruir una arquitectura de control similar a la de finales del siglo XX exige un esfuerzo diplomático sin precedentes, en un momento en el que la confianza mutua está en mínimos.

Lo único claro es que el tiempo juega en contra. Cada año sin marco jurídico consolidado es un año en el que se disparan los presupuestos, se prueban nuevas armas y se normaliza un lenguaje de amenaza que muchos creían superado. El fin de New START no es un capítulo cerrado; es la primera página de un libro que aún está por escribir. La incógnita es si se redactará en despachos diplomáticos… o en medio de una crisis que nadie logró contener a tiempo.