Fujimori gana Perú por 49.641 votos y abre una legislatura límite

Keiko Fujimori

La líder conservadora logra el poder en su cuarto intento con el 50,135% de los votos, mientras Roberto Sánchez denuncia irregularidades y amenaza con judicializar el resultado.

49.641 votos separan a Keiko Fujimori de Roberto Sánchez en una de las elecciones más ajustadas de la historia reciente de Perú. La candidata conservadora ha sido confirmada como presidenta electa tras alcanzar el 50,135% de los votos válidos frente al 49,865% de su rival izquierdista, según el conteo completo de la ONPE. La victoria cierra tres semanas de incertidumbre, pero abre una fase mucho más delicada: la de gobernar un país fracturado, con alta desconfianza institucional y ocho presidentes en la última década.

Una victoria mínima

El resultado deja una fotografía política extremadamente frágil. Fujimori obtuvo 9.223.396 votos, frente a los 9.173.755 de Sánchez. La diferencia, inferior a 0,3 puntos porcentuales, convierte su llegada al poder en una victoria legalmente sólida, pero políticamente estrecha.

Lo más grave para la estabilidad institucional es que el margen no cierra la disputa, sino que la prolonga. Sánchez ya ha rechazado reconocer el resultado y ha cuestionado el voto exterior, clave para el vuelco final del escrutinio. Ese voto de peruanos en el extranjero, que superó los 307.000 sufragios, favoreció de forma clara a Fujimori, con alrededor del 65% de apoyo.

El retorno del fujimorismo

La victoria devuelve al fujimorismo al poder 25 años después de la caída de Alberto Fujimori, expresidente peruano y padre de Keiko, condenado por corrupción y violaciones de derechos humanos. Ese legado sigue siendo el principal activo y el mayor lastre de la nueva presidenta.

Fujimori gana en su cuarto intento, tras perder en 2011, 2016 y 2021. Este hecho revela una persistencia política inusual en América Latina, pero también una polarización estructural: para millones de votantes representa orden; para otros, la sombra de una etapa autoritaria. El contraste explica por qué su triunfo no equivale todavía a una reconciliación nacional.

Un país agotado

Perú afronta la nueva etapa con una economía relativamente resistente, pero con una política devastada por la inestabilidad. En apenas una década, el país ha acumulado nueve jefes de Estado, una rotación incompatible con reformas profundas en seguridad, inversión, infraestructuras o lucha contra la informalidad.

La consecuencia es clara: cada Gobierno empieza casi desde cero. Los gabinetes duran poco, las prioridades cambian y la ejecución pública se resiente. En ese contexto, Fujimori no hereda solo una victoria ajustada; hereda un Estado fatigado, una ciudadanía desconfiada y una oposición que llega al nuevo ciclo denunciando fraude.

El voto exterior decide

El elemento más sensible del resultado ha sido el voto exterior. Sánchez reclama que se excluyan esos sufragios por supuestas irregularidades en el procesamiento de actas consulares. Sin embargo, las autoridades peruanas han defendido que los procedimientos aplicados respondieron a incidencias técnicas y no alteraron la validez del recuento.

El diagnóstico es inequívoco: la elección se resolvió fuera de Perú tanto como dentro. Lima y la diáspora impulsaron a Fujimori; las zonas rurales e indígenas sostuvieron a Sánchez. Esa fractura territorial anticipa un mandato con dos velocidades: una capital más alineada con la agenda de seguridad y mercado, y un interior más escéptico ante el nuevo poder.

Mayoría no significa estabilidad

Fuerza Popular parte con ventaja parlamentaria, pero eso no garantiza gobernabilidad. En Perú, la relación entre Ejecutivo y Congreso ha sido durante años una maquinaria de bloqueo, censuras, vacancias y pactos efímeros. La aritmética puede favorecer a Fujimori; la cultura política, no necesariamente.

Su agenda de orden, seguridad y control migratorio puede tener respaldo inicial, especialmente en ciudades golpeadas por la criminalidad. Sin embargo, cualquier intento de concentrar poder reactivará el antifujimorismo. El margen de maniobra será estrecho: si actúa con dureza, crecerá la protesta; si actúa con lentitud, perderá el relato de autoridad que le dio la victoria.

El riesgo económico

La principal incógnita para empresas e inversores no es quién ganó, sino cuánto durará la estabilidad. Perú necesita recuperar previsibilidad regulatoria, acelerar proyectos mineros, reducir conflictividad social y sostener la confianza en su moneda. Una judicialización prolongada del resultado podría retrasar nombramientos, presupuestos y señales económicas clave.

La proclamación oficial por el Jurado Nacional de Elecciones está prevista para el 3 de julio, y la investidura para el 28 de julio. Hasta entonces, el país vivirá una transición marcada por recursos, movilizaciones y negociación política.

La prueba inmediata

Fujimori llega al poder con una legitimidad formal incuestionable, pero con una legitimidad política que deberá construir día a día. Su primer reto será evitar que una victoria de 50,135% se interprete como un mandato absoluto. El segundo, demostrar que el fujimorismo puede gobernar sin reproducir los excesos que lo convirtieron en una fuerza tan temida como votada.

El Perú no ha votado calma. Ha votado una salida mínima a una crisis máxima. Y esa diferencia, de apenas 49.641 votos, puede marcar todo el mandato.