Los millonarios asiáticos vuelven a Suiza: 2,74 billones en busca de refugio
La banca privada helvética capta una nueva oleada de capital del Este en plena era de sanciones, controles y volatilidad geopolítica
Suiza, país de montañas, relojes y discreción bancaria, vuelve a situarse en el centro del mapa financiero global. Los grandes patrimonios asiáticos están desviando miles de millones de dólares hacia Zúrich y Ginebra, en una nueva fase de “huida a la calidad” marcada por el endurecimiento político en Hong Kong, el giro regulatorio en China y el aumento del riesgo de sanciones tras la guerra de Ucrania.
Según fuentes del sector, los activos bajo gestión en la banca privada suiza han alcanzado ya los 2,74 billones de dólares, récord histórico que confirma el atractivo del país como jurisdicción de refugio. Entidades como Vontobel, Julius Baer o Lombard Odier reportan un incremento sostenido de mandatos procedentes del Este, especialmente a través de family offices y estructuras patrimoniales complejas.
La pregunta de fondo es doble: ¿qué hace que Suiza siga ganando terreno frente a otros centros offshore como Singapur o Dubái? ¿Y hasta qué punto este flujo es sostenible en un entorno de mayor escrutinio internacional sobre la ingeniería fiscal y la opacidad financiera?
En un mundo de tipos de interés aún bajos, tensiones geopolíticas al alza y riesgo regulatorio creciente en Asia, los millonarios vuelven a mirar hacia los Alpes para no tener todos los huevos en la misma cesta.
Un récord histórico de patrimonio gestionado
Las cifras hablan solas. Los 2,74 billones de dólares bajo gestión en la plaza suiza suponen, según banqueros consultados, un aumento de entorno al 20% en apenas cinco años. La parte atribuible a clientes asiáticos no deja de crecer: en algunos grandes bancos privados, ya representa entre el 25% y el 35% del total de activos internacionales.
El impulso no procede solo de nuevos clientes, sino de un replanteamiento profundo de las estructuras patrimoniales existentes. Grandes familias de China continental, Hong Kong, Taiwán, India o Indonesia están elevando el peso de Suiza en sus carteras desde el clásico 10%-15% hasta niveles del 30%-40% de su riqueza financiera líquida, según asesores de multi-family offices.
En paralelo, se ha producido un salto cualitativo: menos cuentas personales y más vehículos sofisticados —fundaciones, ‘trusts’, sociedades holding— diseñados para optimizar la sucesión, reducir el riesgo político y facilitar el traslado de residencia en caso de necesidad. En ese terreno, los despachos suizos combinan know-how jurídico, fiscal y financiero difícil de replicar en otras plazas.
El diagnóstico del sector es claro: «la gran riqueza asiática ya no busca solo rendimiento; busca estabilidad en un sistema jurídico predecible». Y ahí Suiza mantiene ventaja.
Del skyline de Hong Kong a los Alpes suizos
El giro no se entiende sin el contexto geopolítico. La Ley de Seguridad Nacional de Hong Kong de 2019 supuso un antes y un después para empresarios y grandes patrimonios de la ex colonia británica. El temor a controles más estrictos sobre la libertad de movimiento de capitales, la posibilidad de investigaciones retroactivas y la erosión gradual del modelo “un país, dos sistemas” ha llevado a muchas familias a acelerar la diversificación fuera de la órbita china.
A ello se suma la percepción de que el clima de negocios en China continental se ha endurecido, con inspecciones fiscales más agresivas, mayor control sobre los gigantes tecnológicos y un uso más intenso de herramientas regulatorias con fines de política industrial. El resultado: una combinación de miedo a perder patrimonio y búsqueda de discreción, incluso entre empresarios oficialmente alineados con Pekín.
Para un número creciente de estos clientes, Suiza ofrece lo que Hong Kong ya no garantiza al mismo nivel: neutralidad política, seguridad jurídica, independencia judicial y un entorno donde los cambios de reglas son graduales y negociados, no abruptos. El traslado de capital es, en muchos casos, silencioso: balances que se reducen en Asia, estructuras que se replican en Zúrich y Ginebra y una parte creciente de la riqueza que pasa a custodia helvética.
El miedo a sanciones y controles: la lección de Ucrania
La invasión rusa de Ucrania en 2022 ha sido otro punto de inflexión. La congelación de activos de oligarcas rusos, el bloqueo de reservas del banco central y las sanciones coordinadas entre Estados Unidos, la Unión Europea y sus aliados han demostrado que la riqueza aparcada en ciertas jurisdicciones puede ser políticamente vulnerable.
Aunque muchos grandes patrimonios asiáticos no se sienten directamente amenazados, sí han extraído una lección: no conviene concentrar todos los activos en jurisdicciones percibidas como alineadas con un solo bloque geopolítico. De ahí que aumente el interés por plazas que, como Suiza, mantienen una tradición de neutralidad, aun con matices y bajo presión internacional.
A ello se añade el temor a un endurecimiento de controles de capital en China ante eventuales crisis internas o tensiones en el estrecho de Taiwán. La combinación de estos factores ha hecho que muchas familias asiáticas consideren imprescindible tener “planes de escape” financieros y personales preparados, con residencia alternativa y patrimonio disponible fuera de su país de origen.
En ese contexto, Suiza funciona como póliza de seguro geopolítica: cara, regulada y menos secreta que en el pasado, pero todavía percibida como un lugar donde la seguridad del derecho de propiedad es prioritaria.
Singapur y Dubái pisan el acelerador, pero Suiza resiste
Suiza no está sola en la carrera. Singapur se ha convertido en el gran rival asiático, con un crecimiento de doble dígito en la creación de family offices y un marco fiscal muy competitivo. Dubái, por su parte, ha intensificado su papel como hub para patrimonios de Oriente Medio, India y Rusia, apoyándose en su posición geográfica y en un entorno regulatorio flexible.
Ambos centros ofrecen ventajas claras: proximidad cultural y horaria a los clientes, posibilidad de combinar residencia fiscal, estructura patrimonial e inversión inmobiliaria en un solo paquete y una percepción de dinamismo que contrasta con la imagen más sobria y madura de la plaza suiza.
Sin embargo, Suiza conserva varias cartas ganadoras:
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Una industria de gestión de activos con décadas de experiencia en multigeneracional,
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Un ecosistema denso de gestores independientes, despachos legales y firmas de inversión especializada,
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Y una marca país asociada a estabilidad que sigue pesando mucho en los comités de inversión familiares.
Lo que se observa no es tanto un reemplazo como una diversificación en tres patas: Singapur para la operativa regional asiática, Dubái como puente hacia África y Oriente Medio, y Suiza como caja fuerte final para el patrimonio de largo plazo.
Qué hace diferente al modelo helvético
Más allá de los tópicos sobre discreción, lo que distingue hoy a la banca privada suiza es una combinación de sofisticación técnica y estabilidad institucional. Los grandes bancos han invertido masivamente en plataformas digitales, análisis cuantitativo y arquitectura abierta de producto, mientras mantienen una estructura de banquero privado “clásico” para las relaciones de mayor tamaño.
La estabilidad jurídica se ha convertido en la nueva ventaja competitiva. Los clientes valoran que los cambios normativos se introduzcan con periodos de transición claros, consultas al sector y previsibilidad. La supervisión de FINMA es percibida como estricta, pero profesional, lo que reduce el riesgo de sorpresas.
A ello se suma una oferta altamente personalizada: desde mandatos ISR (inversión sostenible y responsable) adaptados a sensibilidades asiáticas, hasta productos de capital privado, ‘real estate’ europeo y deuda privada a los que es difícil acceder desde mercados domésticos más cerrados.
En palabras de un banquero: «el secreto bancario ya no es el gancho; lo son la estabilidad, la profundidad de mercado y la sensación de que, pase lo que pase en Hong Kong o Shanghái, su dinero aquí está protegido por otra lógica».
Menos secreto, más cumplimiento: el nuevo marco regulatorio
El relato de una Suiza opaca y hermética pertenece, en gran medida, al pasado. El país se ha adherido al intercambio automático de información fiscal con más de un centenar de jurisdicciones y ha reformado sus leyes para endurecer la lucha contra el blanqueo y la evasión.
Para muchos patrimonios asiáticos, esto no ha sido un freno, sino un incentivo: prefieren un entorno transparente pero predecible a un sistema donde la opacidad pueda convertirse en arma política. El proceso de conocer al cliente (KYC), la trazabilidad de los fondos y la necesidad de justificar el origen del patrimonio se han normalizado entre los ultra ricos, que hoy trabajan con equipos fiscales globales.
La consecuencia es un cambio de perfil: menos capital de origen dudoso y más riqueza empresarial profesionalizada, preocupada por la sucesión, la gobernanza familiar y la filantropía. La banca suiza se ha adaptado ofreciendo estructuras de family governance, fundaciones de interés público y vehículos de impacto donde la reputación pesa tanto como la rentabilidad.
El diagnóstico es inequívoco: Suiza ya no vende secreto; vende orden.
Tipos, presión internacional y reputación
Nada de lo anterior significa que el modelo helvético esté blindado. Suiza afronta varios desafíos:
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La posible intensificación de la presión del GAFI, la OCDE y la UE para limitar aún más determinadas estructuras offshore.
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El impacto de un franco fuerte y de tipos reales aún bajos sobre la rentabilidad neta que puede ofrecer a clientes acostumbrados a retornos de dos dígitos en Asia.
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Y el riesgo reputacional de verse de nuevo asociada, aunque sea marginalmente, a casos de corrupción o capital dudoso procedente de mercados emergentes.
Si en algún momento se cuestionara la estabilidad política interna, o si una crisis bancaria aislada se percibiera como sistémica, la narrativa de “refugio seguro” podría verse dañada. Por ahora, sin embargo, los indicadores apuntan en sentido contrario: incremento de activos, balances saneados y normas prudenciales más estrictas que en los años previos a la crisis financiera de 2008.
En un mundo en el que la volatilidad se ha convertido en norma y las fronteras entre bloques geopolíticos se endurecen, Suiza vuelve a ocupar el lugar que mejor conoce: el de caja fuerte de último recurso. Esta vez, el grueso del metal no llega de la vieja Europa, sino de una Asia que ha descubierto, a golpe de sobresalto político, que incluso los imperios más dinámicos necesitan un refugio lejos de casa.