La guerra deja 40 activos energéticos devastados en Oriente Medio

Agencia Internacional de la Energía

La AIE alerta de un shock peor que las crisis de los años 70 y mantiene sobre la mesa nuevas liberaciones de crudo mientras el estrecho de Ormuz sigue asfixiando al mercado.

Al menos 40 activos energéticos han quedado “grave o muy gravemente” dañados en nueve países de Oriente Medio desde el inicio del conflicto, según ha advertido este 23 de marzo de 2026 en Canberra el director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Fatih Birol. La fotografía ya no habla de tensión geopolítica, sino de destrucción física de oferta: campos de petróleo y gas, refinerías y oleoductos fuera de servicio, un mercado con pérdidas de 11 millones de barriles diarios y 140 bcm de gas, y el Brent rondando los 112 dólares. Lo más grave es que la AIE no descarta nuevas intervenciones con reservas estratégicas, pero admite que el verdadero desenlace depende de una sola variable: reabrir Ormuz.

Un mapa de daños que ya no es puntual

El dato de los 40 activos energéticos dañados no es una cifra retórica. Revela un salto cualitativo en la crisis: el mercado no está descontando un riesgo, sino absorbiendo un shock material de infraestructuras. Birol ha precisado que la destrucción afecta a nueve países y golpea segmentos críticos de la cadena energética, desde campos de producción hasta refino y transporte. Eso significa que, incluso aunque cese la escalada militar, la restauración del suministro no sería inmediata. Recuperar un oleoducto, recomponer una instalación de gas o devolver capacidad operativa a una refinería exige semanas o meses, no comunicados diplomáticos.

Ese es el punto que cambia el análisis. Durante los primeros días del conflicto, el mercado todavía podía pensar en un episodio agudo pero reversible. Ahora, en cambio, el diagnóstico es otro: la oferta está siendo erosionada sobre el terreno y la elasticidad de sustitución es mínima. La consecuencia es clara: cuanto más se prolongue esta destrucción, más probable será que el problema deje de ser exclusivamente de precios para convertirse también en uno de acceso, reparto y prioridad de suministro entre regiones y sectores.

Ormuz, el cuello de botella que puede romper el mercado

El estrecho de Ormuz vuelve a demostrar por qué sigue siendo el gran punto de fractura del sistema energético mundial. En 2025 transitaron por allí casi 20 millones de barriles diarios, equivalentes a alrededor del 25% del comercio marítimo mundial de petróleo. Además, el paso concentra cerca del 19% del comercio global de GNL, con Qatar y Emiratos como actores esenciales. La vulnerabilidad no es nueva; lo nuevo es que la guerra ha reducido los flujos a una fracción de los niveles previos al conflicto iniciado el 28 de febrero de 2026.

El contraste con otras crisis resulta demoledor. No existen rutas alternativas suficientes para reemplazar Ormuz a corto plazo. La AIE calcula una capacidad de desvío de apenas 3,5 a 5,5 millones de barriles diarios, muy lejos del volumen habitual que cruza ese corredor. Dicho de otro modo: el sistema dispone de algún margen técnico, pero no de una red paralela capaz de neutralizar el golpe. Por eso Birol insiste en que la reapertura del estrecho es la condición decisiva. Sin ella, cualquier otra medida será un parche caro, limitado y transitorio.

Reservas récord, alivio limitado

La respuesta más contundente de la AIE hasta ahora ha sido histórica. El 11 de marzo, sus 32 países miembros acordaron liberar 400 millones de barriles de reservas de emergencia, la mayor actuación colectiva desde la creación del organismo en 1974. Aun así, el mensaje oficial dista de ser tranquilizador: los países miembros conservan más de 1.200 millones de barriles en reservas públicas y otros 600 millones en stocks industriales obligatorios, pero la propia agencia subraya que la magnitud del problema excede la capacidad de una respuesta puramente defensiva.

Birol, además, ha evitado fijar una línea roja de precio para futuras intervenciones. “No hay un nivel específico”, vino a decir, porque la decisión dependerá de las condiciones del mercado y de la consulta con los gobiernos. Ese matiz es importante. Significa que la AIE no quiere ser rehén de una cifra concreta del Brent, sino de la evolución real de la oferta, los inventarios y la logística. Sin embargo, también revela que las reservas estratégicas no son una solución estructural: amortiguan el golpe, pero no reconstruyen activos destruidos ni reabren pasos marítimos bloqueados.

Un shock mayor que los precedentes

La frase de Birol condensa la gravedad del momento: “Esta crisis son dos crisis del petróleo y una del gas juntas”. La comparación no es menor. El director de la AIE sostiene que el impacto actual ya supera el efecto combinado de las dos grandes crisis petroleras de los años 70 y de la invasión rusa de Ucrania. En términos operativos, la pérdida estimada de 11 millones de barriles diarios y 140 bcm de gas sitúa al mercado ante una perturbación simultánea de crudo, combustibles refinados y gas natural.

Este hecho revela otro elemento clave: la crisis no golpea un único vector energético. La AIE ya ha llegado a describir la situación como la mayor disrupción de suministro en la historia del mercado petrolero, con el tránsito por Ormuz prácticamente paralizado y los precios del crudo por encima de 100 dólares. Lo más delicado es el carácter acumulativo del daño. Primero desaparece volumen; después sube el seguro marítimo; más tarde se tensiona el refino, y finalmente se encarecen diésel, queroseno y GLP. El mercado entra así en una espiral donde cada eslabón transmite presión al siguiente.

Asia tiembla primero, Europa no sale indemne

El primer impacto recae sobre Asia, y los datos lo explican con crudeza. La AIE estima que el 80% del petróleo que cruza Ormuz tiene como destino mercados asiáticos, y que China e India absorbieron juntas el 44% de las exportaciones de crudo que pasaron por ese estrecho en 2025. Japón y Corea del Sur figuran también entre los más expuestos. El contraste con Europa puede inducir a error: el continente recibe directamente solo una parte limitada del crudo que pasa por Ormuz, pero sigue muy expuesto al precio internacional y a la competencia por el gas licuado.

De hecho, la propia AIE calcula que el gas que transita por Ormuz equivale a algo más del 7% de las entradas totales de GNL en Europa, mientras que para Asia representa alrededor del 27% de sus importaciones. A eso se suma un efecto menos visible pero igual de corrosivo: por ese corredor pasa aproximadamente un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes, unos 16 millones de toneladas. La consecuencia es evidente. El shock no solo amenaza carburantes y electricidad; también puede filtrarse a alimentos, transporte y cadenas industriales, con especial dureza para las economías más endeudadas y vulnerables.

La factura para hogares y empresas

Cuando una crisis energética entra en fase de transmisión, el coste termina aterrizando sobre familias y empresas. La AIE reconoce que la tensión es especialmente severa en diésel, combustible de aviación y GLP, y por eso ya ha pasado del diagnóstico a la gestión de demanda. En un informe publicado el 20 de marzo, el organismo enumeró 10 medidas inmediatas para reducir el consumo y proteger la asequibilidad, desde teletrabajo y reducción de límites de velocidad hasta más transporte público, menos vuelos evitables y cambios temporales en usos industriales del GLP.

No es un detalle menor que la AIE recuerde que el transporte por carretera concentra alrededor del 45% de la demanda mundial de petróleo. Ahí está el margen de ajuste más rápido. La agencia sostiene además que cerca de 40 países ya estudian o aplican respuestas de emergencia para amortiguar el golpe al consumidor. Lo relevante no es solo qué se haga, sino cómo. El organismo insiste en que las ayudas deben ser selectivas y fiscalmente sostenibles, porque las subvenciones generales alivian a corto plazo pero multiplican el coste presupuestario y distorsionan la señal de escasez. El diagnóstico es inequívoco: la crisis ya ha salido del mercado mayorista y ha entrado en la economía real.