La guerra con Irán aprieta a los grandes deudores del FMI

Fondo Monetario Internacional

El encarecimiento del crudo y del gas no amenaza por igual a todos los países endeudados con el Fondo: los más frágiles son los importadores netos de energía que llegan a este shock con reservas débiles, inflación aún alta y muy poco margen fiscal.

El Brent ha llegado a superar los 119 dólares por barril, el gas europeo se ha disparado y el Estrecho de Ormuz —clave para cerca del 25% del comercio marítimo mundial de crudo— vuelve a ser el cuello de botella que decide cuánto cuesta financiar un país vulnerable. Lo relevante no es solo el precio del petróleo. Lo decisivo es qué economías deben comprar esa energía fuera, pagarla en dólares y hacerlo mientras siguen dependiendo del FMI para sostener su balanza de pagos. Ahí aparecen nombres conocidos: Pakistán, Egipto, Kenia o Bangladesh. Y el diagnóstico empieza a endurecerse.

El barril que cambia las cuentas

Lo más grave de esta crisis es que combina precio, duración e incertidumbre geopolítica. La Agencia Internacional de la Energía ha advertido de que el impacto final dependerá, sobre todo, de cuánto tiempo sigan alterados los flujos por Ormuz. No habla de una tensión puntual, sino de un shock que ya ha obligado a una liberación coordinada de reservas y que el propio organismo describe como la mayor disrupción de suministro en la historia del mercado petrolero global. En paralelo, el FMI admitió el 3 de marzo de 2026 que ya observa interrupciones del comercio, alzas en la energía y volatilidad financiera. Ese encadenamiento es exactamente el que desordena las cuentas de los países más endeudados: sube la factura de importación, se presiona la divisa, reaparece la inflación y el banco central pierde margen para bajar tipos. La consecuencia es clara: un shock energético de estas dimensiones no solo encarece la gasolina; también encarece la deuda, debilita las reservas y enfría el crecimiento en economías que todavía no han reconstruido colchones tras los últimos programas de rescate.

No todos los deudores sufren igual

El error sería medir el riesgo solo por el tamaño del préstamo con el Fondo. El FMI tenía a cierre de febrero un crédito vivo total de 121.216 millones de DEG, pero la exposición real al shock no coincide exactamente con el ranking de deuda. Argentina sigue siendo el mayor deudor, con 41.789 millones de DEG; Ucrania ronda los 10.205 millones; Pakistán, 7.263 millones; Egipto, 6.202 millones; Kenia, 2.804 millones; Angola, 2.527 millones; y Bangladesh, 2.220 millones. Sin embargo, el propio entorno del FMI ya ha señalado dónde aprieta de verdad la crisis: los importadores de energía. En una nota interna difundida el 3 de marzo, el foco se puso en Pakistán, Egipto y Sri Lanka. Este hecho revela la clave del problema: no basta con deber mucho al Fondo; el riesgo nace cuando esa deuda coincide con dependencia energética externa, inflación persistente y acceso frágil a divisas. “Interrupciones del comercio, subidas de la energía y volatilidad financiera” es una frase corta, pero resume con precisión el nuevo escenario.

Egipto, el frente más delicado

Entre los grandes prestatarios, Egipto aparece como uno de los frentes más sensibles. Debe al FMI 6.202 millones de DEG y, aunque el Fondo aún le proyecta un crecimiento del 4,7% en 2026, la realidad política y social es menos cómoda. El Gobierno egipcio anunció el 10 de marzo un alza generalizada de combustibles: la gasolina de 95 octanos pasó a 24 libras egipcias por litro, el diésel a 20,5 libras y la bombona doméstica también subió. Associated Press cifró esas alzas en torno al 15% para la gasolina, 17% para el diésel y 22% para el gas de cocina. El contraste con otras regiones resulta demoledor: Egipto no solo soporta una mayor factura energética, sino que además ve tensionadas otras dos fuentes vitales de divisas, el tráfico por Suez y el turismo, precisamente cuando la guerra vuelve a alterar rutas y percepción de riesgo. El resultado es un círculo conocido: más subsidios o más descontento, más inflación o más ajuste. Y ambos caminos son caros para un Estado que sigue bajo tutela reformista del FMI.

Pakistán vuelve a mirar al Fondo

Pakistán reúne casi todos los ingredientes de una economía expuesta: deuda viva con el FMI de 7.263 millones de DEG a 31 de diciembre de 2025, crecimiento previsto de apenas 3,2% en 2026 y una recuperación todavía demasiado reciente como para absorber otro golpe externo serio. Islamabad estaba ya negociando la revisión de su programa de 7.000 millones de dólares cuando la escalada en Oriente Medio obligó incluso a alterar el formato de las conversaciones con el Fondo. La advertencia llegó desde el propio debate económico paquistaní: el shock energético podía descarrilar la recuperación. El diagnóstico es inequívoco. Un barril más caro obliga a comprar más dólares, presiona la rupia, encarece el transporte y reabre la cuestión de los subsidios en un país donde cualquier desajuste de energía termina filtrándose a los alimentos y al coste de vida. Lo que parecía una estabilización gradual puede convertirse de nuevo en una economía a la defensiva, pendiente de cada revisión del FMI y de cada tramo adicional de financiación. En deudores así, la guerra no entra por la frontera; entra por la factura del combustible.

Kenia y Bangladesh, vulnerabilidad silenciosa

Hay casos menos visibles, pero no menos instructivos. Kenia mantiene préstamos pendientes con el FMI por 2.804 millones de DEG y el Fondo le proyecta para 2026 un crecimiento del 4,9% con inflación del 5,2%. Bangladesh, por su parte, debe 2.220 millones de DEG, afronta una inflación prevista del 8,7% y una población de 175,4 millones. Son cifras que cambian por completo la lectura del shock. No se trata de economías al borde del impago inmediato, pero sí de países donde el petróleo más caro puede frenar la desinflación, deteriorar la balanza por cuenta corriente y obligar a retrasar cualquier alivio monetario. Reuters recogió hace unos días que responsables africanos temen precisamente eso: que el repunte del crudo golpee sectores clave y frene la relajación monetaria. En Bangladesh, además, partir de una inflación ya elevada reduce aún más el margen. La consecuencia es menos visible que en Egipto, pero no menos seria: cuando el coste energético sube sobre una base inflacionista alta, el daño no llega en forma de colapso súbito, sino como erosión lenta del crecimiento, del tipo de cambio y de la capacidad fiscal del Estado.

Ucrania y Argentina, el contraste que importa

El contraste con Ucrania y Argentina ayuda a entender mejor el mapa. Ucrania, con 10.205 millones de DEG pendientes a cierre de 2025, es uno de los mayores deudores del FMI. Argentina, con 41.789 millones, es directamente el mayor prestatario del organismo. Sin embargo, cuando el FMI y los analistas del mercado hablan del nuevo shock energético, el foco no está en ellos, sino en los importadores netos más frágiles. La razón es sencilla: el riesgo que ahora preocupa no es solo el volumen de deuda, sino la combinación entre deuda, dependencia energética y vulnerabilidad externa inmediata. Europa sufre ya el golpe del alza del gas y del petróleo, y el BCE reconoció el 19 de marzo que la guerra con Irán eleva la incertidumbre y alimenta riesgos inflacionistas de corto plazo. Pero incluso con esa presión, el patrón de preocupación cambia cuando se mira a economías con menos red financiera y menor acceso a financiación de mercado. Ese es el verdadero filtro de esta crisis: no quién debe más, sino quién puede resistir menos semanas pagando energía cara en dólares.