Trump, Groenlandia y los nuevos cuellos de botella del poder global
El diplomático Gustavo de Arístegui destaca el Ártico, los estrechos marítimos y las materias primas críticas como ejes de la competición estratégica y compara el enfoque de Trump con una hipotética presidencia de Kamala Harris
El análisis del diplomático español Gustavo de Arístegui sitúa la política exterior de Estados Unidos en el centro de un tablero geopolítico marcado por el deshielo del Ártico, la pugna por los recursos estratégicos y la presión sobre los grandes corredores del comercio mundial. A su juicio, la presidencia de Donald Trump combinó aciertos y carencias, pero introdujo elementos de seguridad que considera relevantes frente a lo que habría supuesto una administración demócrata liderada por Kamala Harris.
Arístegui señala las limitaciones de la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, pero subraya que el documento identifica de forma explícita la presencia rusa y china en territorios como Groenlandia, algo que, a su entender, marca un punto de inflexión.
Su diagnóstico se extiende a los grandes “cuellos de botella” del comercio marítimo, desde el estrecho de Malaca hasta Bab el-Mandeb o el canal de Panamá, y a la creciente competencia por minerales como litio, cobre, uranio y tierras raras.
En este marco, el diplomático plantea que las decisiones de Washington en los próximos años serán determinantes para la estabilidad de la arquitectura occidental de seguridad.
Un diagnóstico matizado de la era Trump
El punto de partida del análisis de Arístegui es una valoración matizada de la política exterior de Donald Trump. El diplomático reconoce deficiencias importantes en el diseño y ejecución de la Estrategia de Seguridad Nacional, pero subraya que el documento supuso un giro respecto a marcos anteriores al introducir, de manera explícita, la competencia entre grandes potencias como eje del sistema internacional.
Según su lectura, la administración republicana incorporó con claridad la idea de que Rusia y China ya no son sólo actores regionales o socios económicos complejos, sino competidores estratégicos directos. Esta formulación, aunque incompleta, habría servido para reorientar la atención hacia escenarios poco visibles en el debate público, como el Ártico o ciertas infraestructuras críticas.
Al mismo tiempo, Arístegui considera que la estrategia no logró dimensionar plenamente la influencia encubierta de potencias emergentes en terceros países, ni el uso de herramientas híbridas —ciberataques, desinformación, presión económica— que han ganado peso en la última década. Su evaluación combina así reconocimiento y crítica: la administración Trump identifica riesgos clave, pero deja flancos abiertos en la respuesta estructurada a esas amenazas.
Una Estrategia de Seguridad con luces y sombras
En el terreno documental, Arístegui califica la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump como un texto “imperfecto pero relevante”. Entre sus carencias sitúa la falta de profundidad en el análisis de ciertas regiones —en especial América Latina y África— y la subestimación de algunos vectores de poder blando, como la competencia tecnológica y normativa.
No obstante, el diplomático destaca que el documento marca “un antes y un después” al mencionar de forma directa la presencia rusa y china en espacios de alta sensibilidad geoestratégica, entre ellos Groenlandia y el Ártico. A su juicio, esta inclusión supone reconocer que la disputa por el control de recursos, puertos y rutas polares forma parte de la arquitectura de seguridad del siglo XXI.
Arístegui interpreta este movimiento como un intento de incorporar a la agenda oficial debates que hasta entonces se consideraban técnicos o marginales, pese a su impacto potencial en la defensa y el comercio. “Lo que antes se veía como geografía extrema o fronteriza pasa a considerarse primera línea de seguridad”, sintetiza en su análisis. En ese sentido, la estrategia introduciría elementos de alerta que otros marcos, según él, habrían tratado con mayor discreción.
Groenlandia y la nueva geopolítica del Ártico
Una de las piezas centrales del planteamiento de Arístegui es Groenlandia, territorio que define como ejemplo paradigmático de la frase “la geografía es geopolítica”. El diplomático recuerda que el deshielo acelerado del Ártico —con estimaciones que apuntan a una reducción superior al 40 % de la superficie de hielo estival en las últimas décadas— abre rutas marítimas que hace apenas una generación se consideraban teóricas.
En ese contexto, la presencia rusa y china en proyectos civiles o semicomerciales en el Ártico adquiere una dimensión estratégica. Arístegui subraya que los accesos al norte permiten acortar hasta un 30 %-40 % ciertas rutas marítimas entre Asia y Europa, al tiempo que facilitan la conexión con bases navales como las de Murmansk, en la península de Kola, que ya operan durante más meses al año gracias al deshielo.
Para el diplomático, que Trump pusiera el foco político en Groenlandia supuso visibilizar la relación entre cambio climático, apertura de rutas y reposicionamiento militar. “Permitir que potencias rivales consoliden posiciones en el Ártico es abrir un corredor directo a sus flotas”, sostiene en su análisis. Desde esta óptica, la política hacia el territorio no puede interpretarse sólo en términos de recursos, sino como parte de una red de puntos de apoyo logísticos y militares en el extremo norte.
Los límites operativos de la flota rusa
El énfasis en el Ártico se entiende mejor, según Arístegui, si se observan los condicionantes geográficos que afronta la Armada rusa. Su despliegue se estructura en torno a varios espacios sometidos a fuertes restricciones políticas y militares: el Báltico, con una presencia intensa de la OTAN; el mar Negro, condicionado por el marco de la convención de Montreux y por la guerra en Ucrania; y el Pacífico, vigilado por Japón, Corea del Sur y Estados Unidos.
En este mapa, el acceso por el norte a través del Ártico y el Atlántico norte adquiere una relevancia creciente. La posibilidad de que Rusia pueda operar con mayor libertad en esa zona, apoyada en rutas cada vez más navegables, se combina con la presencia de infraestructuras críticas, cables submarinos y corredores energéticos que conectan Norteamérica y Europa.
Arístegui subraya que estos condicionantes explican parte del interés ruso por reforzar sus capacidades en el Ártico y modernizar bases como las de la flota del Norte, así como por proyectar influencia en territorios próximos a las nuevas rutas. Desde su punto de vista, la Estrategia de Seguridad Nacional que menciona estos vectores introduce una capa adicional de lectura sobre los movimientos rusos, más allá de los frentes visibles en Ucrania o Siria.
Cuellos de botella del comercio mundial bajo vigilancia
El análisis del diplomático no se limita a la dimensión polar. Arístegui recuerda que buena parte del comercio global sigue dependiendo de un reducido número de pasos marítimos a los que denomina “puntos de estrangulamiento”. Entre ellos cita el estrecho de Malaca, por donde transita en torno a un 25 %-30 % del comercio marítimo mundial y hasta el 60 % del tráfico de gas natural licuado hacia Asia; el estrecho de Bab el-Mandeb, que conecta el mar Rojo con el Índico y concentra aproximadamente un 10 %-12 % del comercio marítimo; y el canal de Panamá, clave para las conexiones entre la costa Este de Estados Unidos, Europa y Asia.
Estos pasos, advierte, son especialmente vulnerables a incidentes locales, inestabilidad política o actos de sabotaje, que pueden provocar perturbaciones rápidas en los flujos comerciales, en los precios del crudo y en las cadenas logísticas. “Pequeñas decisiones locales pueden desencadenar efectos globales desproporcionados”, resume.
Según Arístegui, la Estrategia de Seguridad Nacional y los documentos posteriores han empezado a incorporar estos riesgos de forma más explícita, integrando la seguridad marítima, la lucha contra la piratería, la protección de infraestructuras y la cooperación con Estados ribereños en una misma agenda. En su opinión, la supervisión y protección de estos “cuellos de botella” seguirá siendo una prioridad compartida por Estados Unidos y sus aliados.
La competición por recursos críticos
El tercer eje de preocupación que identifica Arístegui es la competencia por materias primas estratégicas. El diplomático cita el litio, el cobre, el uranio y las tierras raras como ejemplos de recursos que han pasado de ser insumos industriales a convertirse en activos de poder geopolítico. Proyecciones de organismos internacionales apuntan a que la demanda de algunos de estos materiales podría multiplicarse por dos o por tres de aquí a 2035, impulsada por la transición energética, la electrificación del transporte y el desarrollo de tecnologías avanzadas.
En este contexto, la presencia de empresas y consorcios vinculados a potencias globales en países ricos en recursos —desde América Latina hasta África o Asia Central— se interpreta como parte de una estrategia de aseguramiento de suministros. Arístegui destaca que la capacidad para diversificar proveedores, invertir en cadenas de procesamiento y reducir dependencias de un solo actor se ha convertido en criterio central de seguridad nacional.
El diplomático observa que estos elementos han ido ganando espacio en los debates de política exterior estadounidenses, con iniciativas para reforzar acuerdos con socios mineros, crear reservas estratégicas y fomentar la relocalización parcial de procesos de refinado. Todo ello con el objetivo de mitigar el riesgo de interrupciones o de presiones políticas ligadas al control de estos materiales.
Trump, Harris y los escenarios de seguridad
El análisis de Arístegui incorpora también una comparación entre dos posibles enfoques de política exterior estadounidense: el aplicado bajo Trump y el que, hipotéticamente, podría haber adoptado Kamala Harris al frente de la Casa Blanca. El diplomático subraya que no comparte todas las decisiones de la administración republicana, pero considera que su marco estratégico introdujo elementos de seguridad explícitos frente a Rusia y China que, a su juicio, se habrían debilitado con un enfoque diferente.
Arístegui llega a calificar la posible política exterior de una administración Harris como “un auténtico desastre” para la estabilidad internacional, argumentando que un planteamiento menos centrado en la competición entre grandes potencias podría traducirse en una menor capacidad de disuasión y en un aumento de la vulnerabilidad de Occidente frente a actores revisionistas.
Su planteamiento sitúa la discusión en el terreno de la gestión del riesgo y del realismo estratégico, más que en la afinidad ideológica. Según su lectura, lo que está en juego es el grado de prioridad que se otorgue a la contención de amenazas en espacios clave como el Ártico, los estrechos marítimos o los mercados de recursos críticos, en un contexto de compete