La expiración del tratado New START deja a Estados Unidos y Rusia sin topes jurídicos

Guterres lanza una alarma global: ONU insta a EEUU y Rusia a reactivar diálogo nuclear

Guterres lanza una alarma global: ONU insta a EEUU y Rusia a reactivar diálogo nuclear

La alerta ya no es técnica ni reservada a expertos en defensa. El propio António Guterres ha puesto palabras a lo que muchos diplomáticos temían: por primera vez en más de medio siglo, el mundo se queda sin ningún límite jurídicamente vinculante sobre los arsenales nucleares estratégicos de las dos mayores potencias atómicas. La expiración del tratado New START a medianoche marca lo que el secretario general ha descrito como “un momento grave para la paz y la seguridad internacionales”. El tratado, firmado en 2010 y en vigor desde 2011, mantenía a Estados Unidos y Rusia acotados a 1.550 cabezas nucleares estratégicas desplegadas y 700 sistemas de lanzamiento —misiles, submarinos y bombarderos— con un techo de 800 lanzadores totales. Sin ese corsé, ambos países quedan liberados formalmente para ampliar y modernizar sus arsenales sin controles verificables. Lo más preocupante, subraya Guterres, es el contexto. La arquitectura de control de armas heredada de la Guerra Fría —del SALT al INF— está prácticamente desmantelada, mientras las nueve potencias nucleares conocidas acumulan unas 12.000 cabezas y modernizan sus sistemas. La consecuencia, advierte, es clara: el margen de error se estrecha y el riesgo de una escalada por accidente, cálculo erróneo o gesto político imprudente es el mayor en décadas.

El fin del New START y sus implicaciones

El tratado New START no era un acuerdo menor ni simbólico. Fue el último gran instrumento de control de armas entre Estados Unidos y Rusia, pactado en Praga en 2010 para suceder al START I de 1991 y al SORT de 2002. Establecía límites cuantitativos —1.550 cabezas, 700 vectores desplegados, 800 lanzadores— pero también algo más valioso: un sistema intrusivo de verificación, con intercambio de datos, notificaciones y hasta 18 inspecciones presenciales al año.

Con su expiración, desaparecen a la vez los topes y la transparencia. Ninguna de las partes estará obligada a notificar movimientos, reconversiones o nuevas plataformas. A corto plazo, ambas han insinuado que mantendrán “cierta prudencia” y no se lanzarán de inmediato a un auge desbocado. Pero la experiencia histórica es contundente: cuando se retiran las barandillas jurídicas, el incentivo para ganar ventaja militar termina imponiéndose.

Guterres lo ha resumido en una frase que tendrá recorrido en las cancillerías: “La disolución de décadas de avances no podría llegar en peor momento”. No solo por la guerra en Ucrania, sino por la acumulación de frentes abiertos en Oriente Medio, el auge de tecnologías hipersónicas y la entrada de nuevos actores nucleares en el tablero.

Un vacío jurídico sin precedentes

Lo que comienza ahora es un vacío normativo sin equivalente desde finales de los años sesenta. Desde la entrada en vigor del primer START, hace más de 30 años, siempre ha existido algún tratado que limitaba de forma verificable los arsenales estratégicos de Washington y Moscú. A eso se sumaban el INF —desmantelado en 2019— y otros acuerdos regionales y temáticos.

Ese entramado redujo el número total de cabezas nucleares desde más de 70.000 en la década de 1980 a algo más de 12.000 en 2026, según estimaciones de institutos como SIPRI y la Federación de Científicos Americanos. Hoy, sin embargo, la tendencia se ha invertido: el número de cabezas en arsenales militares activos vuelve a crecer y algunos países, como China, incorporan alrededor de 100 nuevas cabezas al año.

La desaparición de cualquier techo verificable entre las dos grandes potencias introduce una incógnita sistémica. Incluso si en el corto plazo no aumentan significativamente sus desplegados, el mero hecho de que puedan hacerlo sin que la otra parte lo sepa con precisión erosiona la confianza estratégica y multiplica el peso de los escenarios de “peor caso” en los planes militares.

Riesgo nuclear en aumento

La advertencia de Guterres no es retórica. Desde el propio sistema de Naciones Unidas y think tanks especializados se insiste en que el riesgo de uso de un arma nuclear —intencional o accidental— es el más alto desde la Guerra Fría.

Hay varios factores. Primero, la guerra en Ucrania ha normalizado la referencia al uso de armas nucleares tácticas en discursos oficiales rusos y en la respuesta de aliados occidentales. Segundo, proliferan incidentes militares cercanos —drones, cazas, submarinos— en zonas donde operan fuerzas de múltiples potencias. Tercero, los sistemas de mando y control se vuelven más complejos, combinando inteligencia artificial, ciberoperaciones y satélites vulnerables.

En ese contexto, la ausencia de canales sólidos de comunicación y de acuerdos que definan qué está permitido y qué no en el terreno nuclear aumenta la probabilidad de malentendidos. Como recuerdan expertos en control de armas, basta un error de interpretación en una madrugada tensa para desencadenar una cadena irreversible.

Guterres lo plantea en términos muy directos: “La posibilidad de una catástrofe por error humano o fallo de cálculo es intolerable, pero crece día a día si no actuamos”, ha venido repitiendo en sus intervenciones. El mensaje está claro: el problema ya no es teórico, sino operacional.

El papel crucial de Washington y Moscú

Pese al auge de otros actores, la realidad es que Estados Unidos y Rusia concentran alrededor del 90% de las armas nucleares del planeta. Se estima que Moscú posee unas 5.400 cabezas y Washington unas 5.100, aunque no todas están desplegadas; en torno a 3.900 forman parte de arsenales operativos listos para su uso.

El diagnóstico es inequívoco: sin un entendimiento mínimo entre ambas capitales, no hay régimen de control de armas posible. De hecho, la mayor parte de las reducciones históricas se han producido por acuerdos bilaterales entre Washington y Moscú, que luego han servido de referencia —y presión indirecta— para el resto.

El contraste con épocas anteriores resulta demoledor. Durante la Guerra Fría, incluso en los momentos de máxima tensión, se mantenían canales técnicos estables y se negociaban mecanismos de verificación. Hoy, el diálogo nuclear está prácticamente congelado, contaminado por la guerra en Ucrania, las sanciones y la retórica interna en ambos países.

Guterres reclama restaurar esa lógica mínima de corresponsabilidad entre las dos potencias. El mensaje implícito es incómodo: si Washington y Moscú no se sientan a negociar, nadie más puede sustituirlos.

La tentación de la carrera armamentística global

Sin límites verificables, la dinámica más probable es la de una competencia silenciosa pero sostenida. Cada parte tenderá a suponer que la otra está ampliando su capacidad —o preparándose para hacerlo— y reaccionará en consecuencia. Ese “juego de espejos” fue la matriz de las carreras armamentísticas del pasado.

Hoy, además, el tablero es más poblado. Nueve países disponen de armas nucleares y al menos tres —China, India y Pakistán— incrementan de forma sostenida sus arsenales. A eso se suma la modernización de vectores hipersónicos, misiles de crucero de largo alcance y drones estratégicos, que pueden reducir los tiempos de reacción a minutos.

La consecuencia es clara: cualquier aumento de capacidad en Washington o Moscú se leerá en Pekín, Nueva Delhi o Islamabad como una señal a la que responder. Incluso aliados como Francia o el Reino Unido podrían verse presionados a revisar sus doctrinas para no quedar rezagados.

En términos económicos, un nuevo ciclo de rearme nuclear supone inversiones de decenas de miles de millones al año solo en mantenimiento y modernización —Estados Unidos ya destina alrededor de 60.000 millones de dólares anuales a sus fuerzas nucleares—, recursos que se desvían de otras prioridades en plena era de transición energética y crisis social.

China y las potencias emergentes en el nuevo tablero

El vacío que deja New START no se limita al eje Washington-Moscú. China aparece cada vez más como el tercer vértice de un triángulo nuclear en formación. Según cálculos de SIPRI, Pekín habría alcanzado ya unas 600 cabezas y podría situarse en torno a 1.500 hacia 2035 si mantiene el ritmo actual.

Hasta ahora, Pekín ha rechazado entrar en un marco de control de armas similar al de Estados Unidos y Rusia, alegando que su arsenal es mucho menor. Pero a medida que se reduce esa brecha, aumentará la presión —y el interés propio— para algún tipo de fórmula tripartita.

Otras potencias emergentes, como India y Pakistán, observan este juego con recelo. Cualquier percepción de que los grandes se otorgan carta blanca para expandir sus capacidades puede alimentar su propio rearme y complicar escenarios regionales ya frágiles, desde Cachemira hasta la península de Corea.

En paralelo, actores como Corea del Norte o Israel siguen fuera de cualquier régimen de transparencia. La erosión del orden jurídico nuclear beneficia especialmente a quienes basan su influencia en la ambigüedad y la imprevisibilidad.

La ONU y las potencias medias: última línea de contención

Ante este panorama, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y un grupo creciente de potencias medias intentan ocupar el espacio que dejan las grandes. Países europeos, latinoamericanos y asiáticos han impulsado en los últimos años el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, respaldado por más de 120 Estados, aunque sin la participación de las potencias atómicas.

Guterres trata de articular ambas dimensiones: la del realismo estratégico —aceptar que las armas nucleares seguirán existiendo durante años— y la del ideal normativo de largo plazo —avanzar hacia su eliminación—. Por eso su llamada actual se centra en un objetivo inmediato y acotado: reactivar el diálogo entre Washington y Moscú para acordar un marco sucesor de New START que recupere límites verificables y, a medio plazo, abra la puerta a otros actores.

Al mismo tiempo, la ONU busca movilizar a las potencias medias para que eleven el coste político de cualquier expansión rápida de arsenales. Las resoluciones de la Asamblea General no son vinculantes, pero sí configuran el clima de opinión y ofrecen cobertura a quienes, dentro de los propios países nucleares, defienden mantener cierto control.