El IDF afirma haber llevado a cabo una oleada de ataques sobre Teherán

Teherán Foto de hosein charbaghi en Unsplash

El parte militar israelí apenas ofrece detalles, pero el ataque confirma que la capital iraní ha dejado de ser retaguardia y ya es frente, con el crudo internacional instalado por encima de los 110 dólares.

La ofensiva de este lunes sobre Teherán no es una escaramuza más. Es un salto cualitativo. El Ejército israelí aseguró haber ejecutado una nueva oleada de bombardeos contra “infraestructura del régimen” en la capital iraní, sin concretar objetivos ni balance. Ese silencio operativo no reduce la gravedad del movimiento; la aumenta. Porque cuando una guerra entra en la fase en la que el atacante puede golpear de forma recurrente el corazón político, militar y simbólico del adversario, la discusión deja de ser táctica y pasa a ser estratégica. Y económica. Con el estrecho de Ormuz convertido en el gran factor de estrés global, el mercado ya descuenta que el coste de esta escalada no se medirá solo en destrucción, sino también en energía, inflación y cadenas de suministro.

Golpear la capital

El mensaje israelí fue escueto: una “oleada de ataques” sobre Teherán contra infraestructura del régimen. No hubo, al menos en el primer momento, lista de blancos ni evaluación oficial de daños. Sin embargo, el contexto permite medir mejor el alcance. Associated Press ya había informado en las últimas horas de bombardeos letales sobre Teherán y Eslamshahr, mientras medios iraníes elevaron el tono sobre daños en varios puntos de la capital. En paralelo, medios internacionales recogieron reportes iraníes sobre afectaciones en la Universidad Tecnológica Sharif y cortes de gas en zonas de la ciudad. Lo relevante no es solo el daño material, todavía difícil de verificar de forma independiente, sino la normalización de una nueva realidad: la capital iraní entra en la rutina del ataque aéreo reiterado. Lo más grave es que esa rutina erosiona la noción misma de santuario estratégico. Teherán ya no aparece como centro de mando protegido, sino como un espacio penetrable y, por tanto, vulnerable a una campaña prolongada.

La campaña ya no es puntual

La ofensiva de este lunes encaja en una secuencia mucho más amplia. La propia web del IDF muestra que, en los últimos días, Israel ha venido golpeando de forma sistemática nodos de mando, defensa aérea, producción misilística y aeropuertos militares en Teherán y otras áreas de Irán. El 31 de marzo informó del uso de más de 80 municiones contra infraestructuras del régimen en la capital; el 29 de marzo aseguró haber ejecutado más de 140 ataques en 24 horas sobre arrays de misiles y fuego en el centro y oeste del país; y el 28 de marzo habló de más de 50 cazas operando en varias oleadas contra instalaciones ligadas al programa nuclear y a la producción militar. Además, Israel dijo haber atacado la sede central de la Fuerza Aérea de la Guardia Revolucionaria y el aeropuerto de Mehrabad, al que atribuye funciones logísticas para el envío de armas a proxies regionales. Este patrón revela un objetivo nítido: degradar la capacidad industrial y de coordinación, no solo castigar posiciones aisladas.

El petróleo dicta el precio real

La consecuencia económica es inmediata. El mercado del crudo ha dejado de reaccionar a titulares y ha empezado a poner precio a un riesgo estructural: que el conflicto mantenga interrumpido o amenazado el paso por Ormuz. La Administración de Información Energética de Estados Unidos recuerda que por ese estrecho circularon en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos y a más de una cuarta parte del comercio marítimo global de petróleo. Este dato explica por qué cada oleada sobre Teherán repercute mucho más allá de la región. Este lunes, el Brent cotizaba en 110,74 dólares y el WTI en 111,92, según AP. La Agencia Internacional de la Energía ha sido aún más clara: el impacto definitivo sobre el mercado dependerá no solo de los ataques, sino sobre todo de la duración de las disrupciones en Ormuz. OPEP+ ha respondido con un incremento simbólico de 206.000 barriles diarios para mayo, pero el contraste es demoledor: esa cifra no compensa ni de lejos un cierre prolongado del principal cuello de botella energético del planeta.

La ciudad también es el objetivo

Aquí aparece la dimensión más incómoda de la ofensiva. Incluso cuando Israel presenta los ataques como golpes de precisión contra infraestructuras militares, los efectos se proyectan sobre el tejido urbano y civil de Teherán. El Comité Internacional de la Cruz Roja ha advertido de que las imágenes llegadas de escuelas, hospitales e instalaciones de la Media Luna Roja muestran el “alto precio” que están pagando los civiles, y recuerda que el derecho internacional humanitario exige proteger a la población y a la infraestructura civil. En los últimos días, además, medios y testigos han reportado cortes eléctricos y daños en instalaciones no estrictamente militares de la capital. Ese hecho revela una lógica de presión más amplia: no solo se trata de inutilizar misiles o centros de mando, sino de transmitir a la élite iraní que cada día adicional de guerra incrementa el coste interno. La consecuencia es clara. Una capital con apagones, cortes de gas, campus dañados y sensación de vulnerabilidad permanente es también un frente psicológico. Y ese frente puede ser tan relevante como el militar para forzar decisiones políticas.

La lógica israelí: mando, industria y fatiga

Si se observa la secuencia completa, la lógica israelí resulta inequívoca. Primero, abrir brechas en la defensa aérea. Después, golpear centros de mando. Más tarde, deteriorar la industria que permite regenerar arsenales y sostener el conflicto. El IDF ha descrito con bastante claridad esta arquitectura: ataques contra instalaciones de componentes críticos para motores de misiles balísticos, plantas de ensayo, emplazamientos de defensa antiaérea, centros logísticos, depósitos y cuarteles temporales a los que, según Israel, el régimen empezó a trasladar su estructura de mando tras perder posiciones fijas. El diagnóstico es duro para Teherán: si el adversario puede atacar la fábrica, el almacén y el despacho al mismo tiempo, la reposición se vuelve más lenta, más cara y más visible. Además, la guerra entra en una fase de desgaste industrial. Ya no se dirime solo en el lanzamiento de misiles, sino en la capacidad de reponerlos bajo fuego. Ese cambio importa porque convierte cada noche de bombardeos en una disputa sobre semanas y meses de capacidad militar futura.

Derecho internacional y aislamiento diplomático

La otra batalla se libra en el terreno diplomático. António Guterres ha pedido de forma explícita a Estados Unidos e Israel que detengan una guerra que, en sus palabras, ya provoca un sufrimiento inmenso y consecuencias económicas devastadoras, al tiempo que ha exigido a Irán que deje de atacar a sus vecinos. La idea central de la ONU es que la región se acerca a un punto de ruptura con efectos globales. No es un matiz menor. Cuando Naciones Unidas y el CICR coinciden en subrayar el impacto sobre civiles e infraestructuras esenciales, el foco ya no está únicamente en la legitimidad estratégica del ataque, sino en sus límites jurídicos y políticos. Israel sostiene que está golpeando capacidades que alimentan la amenaza misilística iraní. Sus críticos replican que la expansión de los daños a entornos urbanos y servicios básicos puede agravar su coste reputacional y reforzar la presión internacional. Lo paradójico es que ambos planos avanzan a la vez: cuanto más eficaz parece militarmente la campaña, más compleja se vuelve su sostenibilidad política.