Irán lanza misil Khorramshahr-4 contra aeropuerto Ben Gurión en Israel
Irán informa del lanzamiento del misil Khorramshahr-4 contra el aeropuerto internacional Ben Gurión de Israel, marcando una nueva etapa en la escalada bélica en Medio Oriente. Esta ofensiva, parte de una serie de represalias, reaviva la tensión entre naciones y aumenta la incertidumbre geopolítica.
Un misil balístico capaz de recorrer 2.000 kilómetros y portar una ojiva de hasta 1,8 toneladas ha sido lanzado por Irán contra el aeropuerto internacional Ben Gurión, principal puerta de entrada y salida de Israel, este 5 de marzo de 2026. Según fuentes oficiales de la Guardia Revolucionaria, se trata de la versión Khorramshahr-4, la más avanzada de esta familia de misiles, empleada en lo que Teherán presenta como la decimonovena oleada de ataques contra objetivos israelíes y estadounidenses en la región.
Por ahora, las autoridades israelíes no han confirmado daños directos en el aeropuerto ni en el área metropolitana de Tel Aviv, aunque fuentes militares hablan de interceptaciones parciales y desvíos de tráfico aéreo. Sin embargo, el alcance simbólico y estratégico del ataque es evidente: por primera vez en esta guerra, Irán asegura haber apuntado de forma explícita al corazón logístico y civil del país. En un conflicto que ya se extiende a más de 14 países y ha causado más de 1.200 muertos solo en territorio iraní, cada nuevo misil aumenta el riesgo de descontrol. La consecuencia es clara: la guerra entra en una fase en la que los “límites tácitos” son cada vez más difusos, y donde el margen para el error de cálculo se reduce al mínimo.
Un ataque directo al corazón logístico de Israel
Ben Gurión no es un objetivo cualquiera. Es el principal hub aéreo de Israel, concentra la inmensa mayoría del tráfico internacional de pasajeros y carga, y en los últimos años se ha consolidado también como pieza relevante en la logística militar y de evacuación en situaciones de crisis. Cerrar o degradar su operatividad, aunque sea durante unas horas, tiene un efecto inmediato sobre la conectividad del país y sobre la percepción de seguridad de su población.
En el contexto de la guerra actual, el aeropuerto ya operaba bajo un régimen de alta alerta, con vuelos cancelados, desvíos y restricciones de espacio aéreo que han ido elevándose desde los primeros bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní. El impacto de un misil –aunque finalmente no provoque daños estructurales– introduce un elemento adicional de vulnerabilidad: demuestra que un adversario estatal, con capacidad industrial y misiles de medio alcance, puede apuntar al principal nodo civil del país incluso cuando el sistema defensivo está desplegado al máximo.
Este hecho revela, además, la interdependencia entre seguridad aérea, reputación internacional y economía. Cualquier percepción de riesgo sostenido sobre Ben Gurión obliga a las aerolíneas a replantear sus rutas, incrementa el coste de los seguros y dificulta la llegada de inversión y turismo. Si en 2025 un ataque de los hutíes ya provocó la suspensión temporal de numerosos vuelos internacionales, el salto cualitativo que supone ahora un misil iraní directo al mismo objetivo envía un mensaje inequívoco de escalada.
El misil Khorramshahr-4: potencia, alcance y mensaje
El Khorramshahr-4, también conocido como Kheibar, es la cuarta generación de una familia de misiles balísticos que Teherán ha ido perfeccionando desde mediados de la década pasada. Se trata de un MRBM de combustible líquido, con un alcance estimado de 2.000 kilómetros y una capacidad de carga de entre 1.500 y 1.800 kilos, la más pesada asociada hoy al arsenal balístico iraní. Su diseño está optimizado para combinar una ojiva muy pesada con trayectorias y maniobras pensadas para sortear sistemas antimisiles modernos.
Fuentes militares y analistas apuntan, además, a velocidades de hasta Mach 16 en fase terminal, lo que comprime el tiempo de reacción de las defensas y complica la interceptación. La precisión, en torno a los 10-30 metros CEP según estimaciones occidentales, convierte al Khorramshahr-4 en un instrumento idóneo para golpear infraestructuras críticas como bases aéreas, puertos o grandes nodos logísticos. No es, por tanto, un proyectil “de saturación”, sino un vector pensado para envíos de alto valor estratégico.
Pero el mensaje va más allá de la ingeniería. El nombre “Khorramshahr” remite a una de las batallas más duras de la guerra Irán-Irak, mientras que “Kheibar” alude a una fortaleza judía conquistada en el siglo VII. Teherán no oculta la carga simbólica: cada lanzamiento se presenta como una respuesta histórica a décadas de presión militar y sanciones. En palabras de un comandante de la Guardia Revolucionaria, “estos misiles abren las puertas del fuego sobre quienes pensaban que estaban fuera de nuestro alcance”. Esa narrativa, independientemente de los daños reales, refuerza la idea de que Irán ya juega en la liga de los actores con capacidad de negación de área sobre todo Oriente Medio.
La 19ª oleada: una guerra de desgaste milimetrada
El ataque contra Ben Gurión se inscribe, según Teherán, en la decimonovena oleada de represalias en el marco de la guerra con Estados Unidos e Israel. Fuentes occidentales sitúan el inicio del conflicto abierto en la operación conjunta que acabó con la muerte del líder supremo iraní y destruyó parte de su infraestructura militar y nuclear. Desde entonces, Irán ha respondido con un volumen sin precedentes de misiles y drones dirigidos contra bases estadounidenses, objetivos israelíes y países aliados en la región.
Estimaciones independientes calculan que, en los primeros compases de la campaña, Teherán llegó a lanzar más de 700 misiles balísticos y casi 1.000 drones contra objetivos en Irak, Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos, Arabia Saudí, Jordania e Israel, entre otros. Sin embargo, los intensos bombardeos sobre las llamadas “ciudades de misiles” subterráneas y sobre los lanzadores móviles habrían reducido en torno a un 80% la capacidad de fuego iraní en apenas cuatro días, según datos de la propia coalición.
En este contexto de desgaste acelerado, cada lanzamiento de un Khorramshahr-4 adquiere una dimensión política adicional: implica emplear un recurso escaso, difícil de reemplazar a corto plazo y con gran valor de disuasión. El diagnóstico es inequívoco: Irán quiere demostrar que, pese a los golpes recibidos, conserva suficiente poder de represalia como para amenazar infraestructuras de primer nivel dentro de Israel y forzar a Washington a calibrar mejor el coste de cada nueva operación.
Escudo antimisiles bajo presión y guerra psicológica
Teherán sostiene que varios de los misiles de esta oleada “atravesaron capas sucesivas del escudo antimisiles” israelí, sin aportar pruebas verificables. Hasta el momento, las autoridades de Jerusalén han optado por la opacidad: se habla de interceptaciones parciales, de impactos en “zonas abiertas” y de daños menores, pero sin detallar trayectorias ni tasas de éxito. Esta ambigüedad forma parte de la guerra informativa: reconocer fallos de sistemas clave como Arrow, Honda de David o los THAAD estadounidenses tendría un alto coste reputacional, pero exagerar su eficacia también puede inducir una peligrosa sensación de invulnerabilidad.
Los precedentes son elocuentes. En mayo de 2025, un misil balístico lanzado por los hutíes de Yemen impactó en las inmediaciones de Ben Gurión tras varios intentos fallidos de interceptación, dejando heridos y obligando a suspender temporalmente el tráfico aéreo. Aquella brecha ya evidenció que ningún escudo es perfecto cuando el adversario combina alcance, velocidad y un volumen suficiente de proyectiles.
El ataque con el Khorramshahr-4 reincide en esa línea de fractura. Incluso si el misil hubiera sido neutralizado lejos del objetivo, el simple hecho de que pueda ser dirigido contra el principal aeropuerto del país aumenta la presión psicológica sobre la población y sobre los responsables políticos. En una guerra donde la narrativa –quién parece ganar, quién parece resistir– pesa tanto como el balance estrictamente militar, un vídeo de misiles iraníes elevándose hacia Israel puede ser casi tan dañino como una explosión en la pista.
Riesgos para la aviación, el comercio y los mercados
El impacto inmediato del ataque es la intensificación del caos en la aviación comercial en Oriente Medio. Compañías europeas y asiáticas ya habían reducido o cancelado sus operaciones hacia Israel, el Golfo y parte del Levante, y el riesgo directo sobre Ben Gurión refuerza las decisiones más prudentes. Algunas estimaciones hablan de decenas de miles de vuelos cancelados o desviados en la última semana en toda la región, con costes que se disparan tanto para las aerolíneas como para los pasajeros y las aseguradoras.
El verdadero efecto dominó, sin embargo, se observa en los mercados energéticos y de materias primas. El cierre de facto del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del crudo y gas licuado mundial, ha obligado a recortar producción en varios países del Golfo y ha dejado a miles de barcos varados en la región. El resultado es un repunte brusco del precio del Brent, que ha escalado hasta el entorno de los 84 dólares por barril, con una subida acumulada superior al 20% en un solo mes.
Este encarecimiento del petróleo llega, además, en un momento en que muchos bancos centrales contemplaban iniciar ciclos de bajadas de tipos. Ahora, las subidas de la energía se traducen en nueva inflación y en la posibilidad de retrasar o moderar esas rebajas, encareciendo la financiación para empresas y familias. En otras palabras: cada misil que vuela hacia Ben Gurión tiene su eco, horas después, en las pantallas de los parqués europeos y asiáticos.
Cómo cambia el tablero regional para EEUU y Europa
Para Estados Unidos, el ataque iraní a Ben Gurión es una prueba más de que la campaña de bombardeos sobre Irán no ha logrado, al menos por ahora, neutralizar la capacidad del régimen para proyectar fuerza sobre Israel y sobre bases estadounidenses. La reciente destrucción de la fragata IRIS Dena por un submarino norteamericano, con decenas de muertos a bordo, ya supuso un salto en la implicación directa de Washington. La respuesta iraní, sin embargo, se ha mantenido dentro del patrón de ataques a distancia y guerra asimétrica.
Europa, por su parte, observa con preocupación cómo el conflicto desborda las fronteras tradicionales del golfo Pérsico y golpea directamente infraestructuras de transporte y energía de las que depende. El ataque con drones contra la refinería de Ras Tanura, en Arabia Saudí, provocó un parón temporal y el desvío de exportaciones de propano y butano, con repuntes inmediatos en los mercados. La combinación de riesgo sobre Ormuz, misiles sobre Israel y tensiones en el Cáucaso convierten la crisis en un problema sistémico para el suministro energético europeo.
El contraste con otras crisis recientes resulta demoledor: a diferencia de 2019 o incluso de 2022-2023, cuando el shock energético se limitaba a una zona y una tipología de suministro, el actual episodio afecta simultáneamente a crudo, gas, derivados y rutas comerciales clave. Europa se ve obligada a navegar entre el apoyo político y militar a Israel y la defensa de sus propios intereses económicos, mientras empresas energéticas y operadores logísticos replantean rutas, seguros y contratos a largo plazo.

