Washington exhibe poder en Venezuela y relega a la ONU
Covadonga Torres ve en la captura de Maduro una jugada petrolera, un pacto tácito con Rusia y el ensayo general de un nuevo orden hemisférico sin Europa ni Naciones Unidas
La reciente acción de Estados Unidos en Venezuela, que culminó con la detención de Nicolás Maduro, no es solo un golpe de efecto militar. Es, según el análisis de la politóloga Covadonga Torres, la escenificación definitiva de un cambio de época en el hemisferio: la fuerza vuelve a imponerse al discurso, el petróleo a la retórica y los acuerdos entre grandes potencias a las resoluciones de Naciones Unidas.
El objetivo, subraya, es transparente: controlar y reordenar el petróleo venezolano en plena transición energética y en un contexto de reservas menguantes en otros productores. La “narcodictadura” ha sido el marco justificativo; la geoestrategia y la energía, el fondo real. Lo más llamativo, sin embargo, no es la operación en sí —rápida, precisa, casi quirúrgica—, sino el silencio relativo de Rusia, la irrelevancia de la Unión Europea y la ONU, y la emergencia de nuevos actores internos como Delcy Rodríguez y, al otro lado del Caribe, Marco Rubio como rostro político de la ofensiva. La consecuencia es clara: Venezuela deja de ser solo una crisis nacional y pasa a ser el laboratorio de un nuevo modo de intervención y control regional.
Una operación con objetivo declarado
Torres no compra eufemismos. Desde el primer minuto, recuerda, Washington dejó claro su objetivo central: el petróleo. Con más de 300.000 millones de barriles estimados de reservas, Venezuela sigue sentada sobre el mayor yacimiento de crudo probado del planeta, aunque su producción haya caído más de un 60% en la última década por sanciones, corrupción y colapso de infraestructuras.
La novedad no es tanto el fin como los medios. La intervención, ejecutada en pocas horas, combinó inteligencia de señales, drones, ataques de precisión y despliegue limitado de fuerzas especiales. “Tecnología de manual de Oriente Medio aplicada por primera vez a gran escala en el hemisferio occidental”, resume la analista.
La etiqueta de “narcodictadura” sirvió como paraguas narrativo: lucha contra el tráfico de drogas, desmantelamiento de redes criminales, ruptura de vínculos con actores como Hezbollah o Irán. Pero, en paralelo, se activó un segundo relato, menos explícito: recuperar para el bloque occidental un activo energético que en los últimos años había orbitado entre Moscú, Pekín y operadores opacos.
Este hecho revela la lógica de fondo: en un mundo donde el crudo barato empieza a escasear y la transición verde será larga, ninguna gran potencia está dispuesta a dejar “atascado” un almacén de petróleo de esta dimensión en manos de un régimen imprevisible.
Estados Unidos y la guerra del petróleo versión 2026
El movimiento sobre Caracas se inscribe, según Torres, en una nueva fase de la guerra del petróleo. No se trata ya de garantizar solo el suministro, sino de decidir quién se sienta en la mesa de fijación de precios y contratos durante los próximos 10-20 años. En ese tablero, Venezuela ocupa una casilla central.
Washington busca un triple objetivo:
-
Restablecer la capacidad productiva venezolana en niveles cercanos a los 2-2,5 millones de barriles diarios, frente al millón escaso actual.
-
Redirigir contratos y flujos, desplazando paulatinamente a socios incómodos y dando prioridad a compañías occidentales.
-
Utilizar el crudo venezolano como amortiguador geopolítico, permitiendo presionar a otros productores sin disparar el precio global.
La operación militar, vista así, es el punto de partida de un proceso de reconfiguración económica que puede movilizar decenas de miles de millones de dólares en inversiones en la próxima década. No se trata solo de tanques y helicópteros, sino de contratos, refinanciamientos, permisos y arbitrajes que habrán de resolverse en despachos de Houston, Washington y Bruselas.
Lo que está en juego no es solo Venezuela, sino el peso relativo de Estados Unidos en la futura cartografía energética, frente a una Rusia sancionada y una China que busca asegurarse suministros “a precio político”.
Moscú, Washington y los pactos silenciosos
Si algo ha sorprendido a muchos observadores es la ausencia de una reacción rusa estridente. No ha habido amenazas creíbles de respuesta militar, ni movimientos visibles para proteger al aliado caribeño. En la lectura de Torres, esto no es casualidad, sino la huella de un entendimiento previo entre Moscú y Washington.
La hipótesis es sencilla y perturbadora: Rusia habría aceptado cierto grado de pérdida de influencia en Caracas a cambio de garantías en otros frentes —probablemente en Europa del Este, en el régimen de sanciones energéticas o en la arquitectura de seguridad regional—. Se trataría, en términos de ajedrez geopolítico, de sacrificar una pieza periférica para proteger el núcleo del tablero.
No se trata de imaginar grandes pactos formales, sino líneas rojas entendidas y respetadas, acuerdos de no interferencia donde cada potencia asume que el otro tiene derecho a “ordenar su patio trasero” con cierto margen de maniobra. La señal para el resto del mundo es inquietante: las grandes decisiones se toman cada vez más en conversaciones discretas entre pocos, no en foros multilaterales.
La consecuencia para Caracas es doble: pierde su margen de maniobra entre bloques y deja de ser una carta fuerte en la baraja rusa. Para la Unión Europea y la ONU, el mensaje es aún más duro: su papel en esta partida ha sido prácticamente ornamental.
Europa y Naciones Unidas, reducidas a espectadores
Una de las conclusiones más severas de Covadonga Torres tiene que ver con el lugar que ocupan hoy la Unión Europea y Naciones Unidas. La analista subraya que, más allá de comunicados de preocupación y llamamientos a la legalidad internacional, su capacidad de influir en el desenlace venezolano ha sido mínima.
Bruselas arrastra una división interna entre gobiernos más alineados con Washington y otros más recelosos del uso de la fuerza, mientras sus instrumentos reales —sanciones, cooperación, ayuda humanitaria— llegan tarde y con poco impacto directo sobre el equilibrio militar y energético. La ONU, por su parte, no ha podido evitar ni condicionar la intervención, atrapada en la telaraña de vetos del Consejo de Seguridad.
“La UE está quedando desenfocada y la ONU, directamente fuera de plano”, resume Torres con ironía. En un momento en que el orden internacional necesitaría árbitros creíbles, los organismos multilaterales parecen reducidos a comentaristas de lujo, obligados a describir jugadas que no han podido evitar.
El riesgo es claro: si se consolida la percepción de que la legalidad internacional es opcional para quienes tienen suficiente músculo, otros actores —regionales o medianas potencias— pueden verse tentados a aplicar la misma lógica en sus vecindarios.
Delcy Rodríguez, la pieza interna para evitar la guerra total
En el tablero venezolano, la analista sitúa a Delcy Rodríguez como la figura clave para gestionar el día después. No por afinidad ideológica con Washington, sino por su capacidad de controlar parte del aparato chavista, negociar con las Fuerzas Armadas y ofrecer una transición “controlada” que evite una guerra civil o la proliferación de señores de la guerra.
Torres subraya tres elementos:
-
La imposibilidad de organizar elecciones inmediatas con millones de venezolanos en el exilio y sin mínimas garantías logísticas.
-
La presencia de milicias armadas y colectivos, cuyo desarme o integración requerirá años y una combinación de incentivos y coerción.
-
La necesidad de una figura que no sea percibida como marioneta extranjera pero que, al mismo tiempo, acepte la nueva correlación de fuerzas energéticas y de seguridad.
En ese escenario, Delcy Rodríguez aparece como “mal menor funcional”: suficientemente continuista como para evitar un colapso institucional inmediato, pero lo bastante pragmática —según los cálculos de Washington— como para aceptar reconfigurar alianzas y contratos. La oposición clásica, fragmentada y golpeada por años de represión, podría quedar relegada a un papel secundario en esta fase inicial.
Marco Rubio y la batalla del voto hispano
Del otro lado del estrecho de Florida, Torres señala a Marco Rubio como el gran beneficiado político de la operación. El secretario de Estado se ha presentado como rostro visible de la estrategia sobre Venezuela, combinando discurso duro con una narrativa de “defensa de la libertad” destinada al electorado hispano.
En cifras, la apuesta no es menor: se calcula que en Estados Unidos residen más de 2 millones de venezolanos y cerca de 2 millones de cubanos, concentrados en estados clave como Florida, Texas y Nueva Jersey. Para un proyecto político republicano, consolidar ese voto puede marcar la diferencia en unas elecciones reñidas.
La operación en Caracas, la promesa de “acabar con las narcodictaduras” y la puesta en marcha de un proceso judicial contra Maduro funcionan, en este sentido, como mensajes directos a esa comunidad. No solo se trata de política exterior; se trata de electoralismo sofisticado, en el que cada declaración se calibra pensando en exiliados, diásporas y sus redes familiares.
“Rubio no solo está gestionando un expediente de Estado, está construyendo un relato para las urnas”, concluye Torres.
El juicio a Maduro como advertencia global
Más allá de los tanques y las maniobras diplomáticas, el tercer eje de esta jugada será el proceso judicial contra Maduro en tribunales estadounidenses. Covadonga Torres interpreta ese frente como un mensaje con varios destinatarios: la élite chavista, otros líderes del continente y la opinión pública hispana en EEUU.
La investigación, que puede prolongarse durante años, abrirá la puerta a exponer redes de blanqueo, circuitos financieros opacos y conexiones con otros países. Cada documento desclasificado y cada testimonio podrá utilizarse tanto en clave jurídica como política. El objetivo, según la analista, es claro: ejemplaridad.
Para las élites de otros regímenes aliados de Washington, la señal es nítida: los acuerdos de impunidad ya no están garantizados. Para la oposición venezolana, la promesa es ambivalente: se castiga al adversario, pero el control del nuevo reparto de poder no está necesariamente en sus manos. Para el votante hispano, es la prueba visual de que se “hace algo” contra un liderazgo al que muchos responsabilizan de su exilio.
Un movimiento que cierra una etapa y abre otra más incierta
En el marco más amplio, Torres sitúa la intervención en Venezuela como cierre de una década de desgaste: sanciones, diálogos fallidos, reconocimientos diplomáticos a gobiernos interinos, presión regional. Todo lo que no funcionó por las buenas se ha resuelto, finalmente, por las malas.
En paralelo, la analista resta importancia estratégica a otros gestos, como las declaraciones de Donald Trump sobre Groenlandia, que interpreta como maniobras de distracción y presión sin traducción inmediata en hechos, frente al carácter decisivo de lo ocurrido en Caracas.
El diagnóstico, en última instancia, es inequívoco:
-
Estados Unidos ha demostrado que, cuando considera vital un objetivo, sigue dispuesto a actuar al margen de los cauces multilaterales, con rapidez y precisión.
-
Rusia ha asumido el golpe con un silencio que huele a pacto implícito, reforzando la idea de un mundo repartido entre esferas de influencia negociadas por pocos.
-
La Unión Europea y la ONU emergen como actores secundarios, sin capacidad real de condicionar el desenlace.
-
Venezuela se convierte en laboratorio de transición tutelada, con Delcy Rodríguez en el centro y millones de ciudadanos pendientes de si la promesa de estabilidad se traduce en mejoras reales o en una simple redistribución de poder entre élites.
Lo que parece claro es que, tras la captura de Maduro, no se cierra la crisis venezolana. Solo cambia de pantalla: de las calles de Caracas a los tribunales de Nueva York, de los foros multilaterales a despachos donde el petróleo y la seguridad pesan más que cualquier comunicado.