Irán dice que Europa “merece perder Groenlandia” por su hipocresía

Irán dice que Europa “merece perder Groenlandia” por su hipocresía

El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, acusó a la Unión Europea de actuar con doble rasero frente a Estados Unidos y llegó a afirmar que Europa “merece perder Groenlandia” por su supuesta hipocresía. El mensaje, difundido en X, conecta dos líneas de fractura: la crisis del acuerdo nuclear iraní y el choque entre Bruselas y Washington por el intento de Donald Trump de hacerse con el control de la isla ártica a golpe de tarifas y presión militar.

Un tuit que golpea donde más duele

Araghchi aprovechó el momento más delicado de la crisis de Groenlandia para lanzar su ofensiva verbal. Mientras la UE denunciaba un “peligroso espiral descendente” por la amenaza de Trump de imponer aranceles crecientes del 10% al 25% a los países europeos que se oponen a la venta o anexión de la isla, el jefe de la diplomacia iraní decidió apuntar al flanco moral de Bruselas.

En un mensaje en X difundido por medios internacionales, el ministro acusó a la Unión de haber “obedecido fielmente” a Trump cuando se trataba de endurecer sanciones contra Irán y, ahora, descubrir súbitamente la defensa del derecho internacional cuando el territorio en juego es europeo.

La frase más llamativa fue la que ha encendido titulares: Europa merece perder Groenlandia. No es una amenaza literal, sino una metáfora hiriente: si el continente toleró que Washington rompiera el acuerdo nuclear y volviera a hundir la economía iraní, ahora estaría cosechando el “blowback” de esa docilidad en forma de embestida estadounidense sobre un territorio estratégico clave.

Lo más significativo no es solo el tono, sino el ángulo: Araghchi no se limita a denunciar a EE.UU., sino que sitúa a la UE como corresponsable de un orden internacional que se aplica con distinta vara según quién viole las reglas. Ese es el corazón del conflicto narrativo.

La herida abierta del acuerdo nuclear

Para entender el dardo iraní hay que volver a 2015. El JCPOA, firmado por Irán, las potencias europeas, Estados Unidos, Rusia y China, debía limitar el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento gradual de sanciones. Diez años después, el acuerdo está oficialmente muerto tras el anuncio de Teherán del 18 de octubre de 2025, coincidiendo con la fecha en la que debían desaparecer las últimas restricciones.

La ruptura comenzó en 2018, cuando Trump abandonó unilateralmente el pacto y reimpuso, en un solo día, sanciones contra más de 700 personas y entidades iraníes, en la mayor acción de este tipo realizada por la OFAC. La UE prometió entonces salvar el acuerdo, pero en la práctica el comercio se desplomó: en 2019, el intercambio entre ambas partes cayó un 71,5% interanual, hasta dejar la relación económica reducida a la mínima expresión.

Intentos como el mecanismo de pagos INSTEX, creado en 2019 para sortear parcialmente las sanciones estadounidenses, apenas procesaron operaciones testimoniales y terminaron siendo desmantelados. Para Teherán, este fracaso es la prueba de que Europa nunca estuvo dispuesta a asumir costes reales para defender el JCPOA frente a Washington.

La vuelta de todas las sanciones de la ONU y de la UE en septiembre de 2025, tras la activación del mecanismo de snapback por parte de Francia, Alemania y Reino Unido, cerró el círculo: el comercio europeo con Irán ronda hoy los 4.500 millones de euros, apenas una quinta parte de lo que era en 2017, el último año completo de aplicación efectiva del acuerdo.

De Crimea a Groenlandia: comparaciones incómodas

La ironía de Araghchi con Groenlandia no aparece en el vacío. En Moscú, la portavoz de Exteriores, Maria Zajárova, ya había instado a la UE a reaccionar ante las ambiciones de Trump sobre la isla “como hizo con Crimea” en 2014, sugiriendo que el bloque aplica estándares distintos cuando el presunto agresor es Rusia o es Estados Unidos.

Irán recoge esa línea argumental y la adapta a su propio expediente. Cuando Washington se retiró del JCPOA y atacó instalaciones iraníes, la UE evitó hablar de violaciones flagrantes de la Carta de la ONU, optando por comunicados cuidadosamente ambiguos. Analistas han calificando esa actitud como una forma de “vasallización” estratégica respecto a la Casa Blanca.

Ahora, sin embargo, Bruselas y las capitales europeas se movilizan para desplegar tropas en Groenlandia, congelar la ratificación de un acuerdo comercial con EE.UU. y preparar medidas de respuesta ante unos aranceles que podrían alcanzar los 93.000 millones de euros en intercambio transatlántico.

El contraste, subrayan voces críticas en Teherán, es demoledor: cuando quien sufre las sanciones es Irán, Europa apela a la “responsabilidad compartida”; cuando el territorio amenazado es danés, se habla de soberanía “no negociable”. Para muchos gobiernos del Sur Global, que observan a la UE como autoproclamado guardián del “orden basado en reglas”, esta asimetría alimenta la percepción de un club que defiende principios universales… salvo cuando chocan con intereses propios o con los de Washington.

Una Europa entre la firmeza y la subordinación

La acusación iraní llega en un momento especialmente frágil para la imagen de la UE. Tras años proclamando su ambición de “autonomía estratégica”, el bloque ha terminado reimplantando prácticamente todas las sanciones nucleares contra Irán pocos días antes de que, según el propio JCPOA, debieran caducar.

Los gobiernos europeos justifican la decisión por el incremento del enriquecimiento de uranio —hasta niveles del 60%— y por el cierre de facto de la cooperación plena con la Agencia Internacional de la Energía Atómica tras los bombardeos de instalaciones iraníes el pasado junio. Desde esta óptica, la UE actuaría no por deferencia a Washington, sino por convicción de que Teherán ha incumplido de forma grave sus compromisos.

Sin embargo, para Araghchi y buena parte de la élite iraní, la secuencia es otra: Europa primero fue incapaz de proteger el espacio económico generado por el JCPOA frente a las sanciones extraterritoriales estadounidenses, y después se alineó con el “máxima presión 2.0” impulsado por la nueva Administración Trump y respaldado por Israel.

La consecuencia es clara: la UE corre el riesgo de aparecer en Oriente Próximo menos como actor soberano y más como amplificador jurídico de las decisiones de Washington. De ahí que una sola frase sobre Groenlandia pueda hacer tanto daño. No se trata solo del Ártico, sino de la credibilidad de todo un proyecto político que lleva décadas presentándose como alternativa al “derecho del más fuerte”.

Groenlandia, nuevo epicentro del pulso con Washington

La crisis ártica es el telón de fondo que permite a Teherán afinar su mensaje. Desde principios de enero, Dinamarca y varios aliados europeos han desplegado contingentes en Groenlandia como parte de la operación Arctic Endurance, concebida para disuadir a Trump de cualquier aventura de anexión. Para el 19 de enero, Copenhague había enviado ya 200 soldados adicionales, además de los efectivos permanentemente estacionados en la isla, mientras Francia, Alemania, Suecia y otros socios sumaban decenas de militares y aviones a la misión.

La respuesta estadounidense ha sido elevar la presión: el presidente ha anunciado aranceles del 10% a partir del 1 de febrero sobre las importaciones procedentes de los países que participan en la operación, con la amenaza de subirlos al 25% en junio si no se avanza hacia un “acuerdo para la compra total de Groenlandia”.

Bruselas, por su parte, ha advertido de un “peligroso espiral descendente” y estudia represalias comerciales, mientras líderes europeos hablan abiertamente de “nuevo colonialismo” y de un ataque directo a la soberanía danesa y groenlandesa.

En este contexto, la frase de Araghchi funciona como espejo deformante: si la UE está dispuesta a arriesgar una guerra comercial y desplegar tropas para proteger una isla ártica, ¿por qué no asumió un coste similar cuando se trataba de preservar un acuerdo avalado por el Consejo de Seguridad de la ONU y por su propia diplomacia durante una década? Esa es la comparación incómoda que Irán quiere fijar en la opinión pública internacional.

La respuesta en Bruselas y el cálculo de Teherán

Hasta ahora, las instituciones europeas han evitado responder directamente al comentario de Araghchi. No ha habido desmentidos ni réplicas públicas de alto nivel: la prioridad declarada de la Comisión y del Consejo es mantener la unidad frente a Trump y contener la crisis de Groenlandia.

Ese silencio, sin embargo, no implica indiferencia. En Bruselas preocupa que el ataque de Teherán se sume a un relato que ya explotan otros actores —de Moscú a Pekín— para pintar a la UE como potencia selectiva en su defensa de la legalidad internacional. Rusia ha aprovechado la ocasión para subrayar que, si la anexión de Groenlandia por parte de EE.UU. es inaceptable, entonces el precedente de Crimea obliga a aplicar el mismo estándar a todos.

En Teherán, el cálculo es más amplio que un simple gesto de indignación. Tras la ruptura formal del JCPOA y la reinstauración completa de sanciones de la ONU, Irán necesita reconstruir su margen de maniobra diplomático. La crítica frontal a la doble moral europea sirve para dos objetivos: consolidar el mensaje interno de resistencia frente a Occidente y cortejar a un Sur Global que se siente cada vez menos representado por el eje transatlántico.

El riesgo para la UE es que, en esa batalla por el relato, cada silencio y cada matiz diplomático se interpreten como confirmación de la tesis iraní.